El antihéroe alejado de la demagogia

Pizzi sufrió varios contratiempos y está a tiro de la gloria con una premisa: el respeto
Ariel Ruya
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26 de noviembre de 2013  

No es para tanto, pero nuestro fútbol es así: la paciencia es un valor en desuso. Si no le gana a Arsenal, Juan Antonio Pizzi se va de San Lorenzo. Abril de 2013. La caída ante Racing por 4-1 en el Nuevo Gasómetro, más un par de tropiezos anteriores, provoca algo más que murmullos: si no gana en Sarandí, se despide. O lo despiden. Poco tiempo: el ingreso al club se produce en octubre del año anterior, un 0-0 con Godoy Cruz a modo de presentación. No pasa nada, al final. Nada malo: el Ciclón arrolla de contraataque, se impone por 3-1 y el DT se mantiene.

No es para tanto, pero Juan Antonio es un caballero. Entiende el contexto y no se aferra al sillón. El pequeño gran equipo de Sarandí otra vez, como un fantasma. Octubre de 2013. San Lorenzo es derribado con una formidable lección de efectividad en la final de la Copa Argentina. Un 3-0 que deja heridas: el DT ofrece su renuncia, un cheque en blanco para que los dirigentes hicieran lo que quisieran. Si desean que se vaya, se va. Atrás quedan la (injusta) eliminación de la Copa Sudamericana contra River y el consuelo hecho trizas en una noche lluviosa de Catamarca. Hace años que San Lorenzo no seduce con su propuesta, pero los resultados son los resultados. Sigue. Entre otras certezas: en su escritorio tiene firmado un contrato por dos temporadas más, inusual voto de confianza. Un despido frustrado, una renuncia rechazada. Y una vuelta olímpica a la vuelta de la esquina.

Juan Antonio Pizzi es un antihéroe. El entrenador más audaz del campeonato. Ofrece al viento el viejo refrán de la manta corta. Es un hombre de bien fuera del campo: no abundan tipos como él. Se equivoca algunas veces con los cambios, dicen. Perdió el ascenso a primera con Rosario Central en la temporada 2011

2012 con tres derrotas en serie y una promoción en cero contra San Martín, de San Juan, recuerdan. Construyó desde las derrotas (tuvo varias dolorosas, como aquel 3-0 con Argentinos, dirigido por Ricardo Caruso Lombardi, un enemigo íntimo) un protagonismo excluyente. San Lorenzo es líder por Nacho Piatti, por Pipi Romagnoli, por el pibe Correa, por Pichi Mercier, sí, está bien. Pero sobre todo, por la mano confianzuda del conductor. Un tipo mirado de reojo, extrañamente.

Los hinchas lo siguen midiendo. Los mismos que aplaudieron a Caruso Lombardi por haberlo salvado del abismo (con la complicidad de Banfield, claro) no lo disfrutan, a pesar de estar primero. De haber alcanzado la final de la Sudamericana. De haber ganado la mayoría de los clásicos. El plantel, en su momento, entre tanto retoque por aquel anhelo de la triple corona, lo observaba con recelo. El que juega hoy no va mañana. El desgaste, sin embargo, jamás llegó.

Se lesionó el goleador, Martín Cauteruccio. Se lesionó el reemplazante, el pibe Verón. No hubo reemplazo: se arregla con el piberío (Correa, Villalba, Kannemann, Navarro), los experimentados (Mercier, Romagnoli) y el mejor de todos: Nacho Piatti. Va a examen todos los días: si Buffarini puede jugar de número 4, si falló con la llegada del arquero Cristian Alvarez. O cómo debió superar el encierro de Pablo Migliore, un caso policial impensado, extraña situación en un plantel. O cuando separó al uruguayo Aguiar, una pequeña crisis interna. Pizzi construye un equipo atrevido, es el líder impensado y todavía debe seguir dando respuestas a todo. Ese cambio. Ese partido. Esa frustración. Y cómo entrar en el corazón del hincha despreciando la demagogia.

Piatti, con un esguince

Ignacio Piatti sufrió un esguince leve en el tobillo izquierdo, aunque jugaría el domingo con Estudiantes, en el Bajo Flores. El Ciclón puede salir campeón si gana y, además, si Newell’s pierde, y Lanús y Arsenal no ganan.

Por: Ariel Ruya

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