El fantasma de Madrid es para toda la vida... y también es el pasado

Ariel Ruya
Ariel Ruya LA NACION
Wilmar Barrios y Exequiel Palacios, en un duro cruce de la final en el Santaigo Bernabéu
Wilmar Barrios y Exequiel Palacios, en un duro cruce de la final en el Santaigo Bernabéu Fuente: AP - Crédito: Andrea Comas
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2 de agosto de 2019  • 07:42

Es imposible escapar a la trampa. Del (supuesto) éxtasis interminable, del (supuesto) trauma sin final. La vida sigue, por fortuna. La final más grande de todos los tiempos a nivel clubes -eso fue la traumática y conmovedora noche de Madrid- solo puede replicarse en una hipotética misma instancia. Las semifinales de la Copa Libertadores, si llegan a darse -esa vocación tan nuestra de sortear escollos antes de superarlos-, será una buena medida de saber de qué estamos hechos. Desde la organización, luego del bochorno. Desde el juego, con otros actores. Y, sobre todo, desde la mística sagrada: el fantasma del Bernabéu es para toda la vida, sí, puede ser, pero también es el pasado. River y Boca son inmensos para quedarse estancados en un punto fijo, maravilloso y desgarrador.

Es lo atrapante del fútbol, de la vida: espiar el futuro. Marcelo Gallardo se hubiera ido, Gustavo Alfaro no habría arribado. El Muñeco tiene al poder de la ambición como un prólogo de su trayectoria: después de bailar entre las nubes, baja y vuelve a intentarlo. Alfaro tiene la magnífica posibilidad de transformarlo todo en un contexto que precisa de su sabiduría.

Y en el mientras tanto, no se olvidan de su esencia. Espiar la hipótesis de una semifinal -a principios de octubre, una eternidad en el fútbol-, sería un pecado para dos equipos que están poniendo, apenas, la segunda marcha. Pocos partidos, algunos refuerzos: nada más alejado de la realidad que estos River y Boca será el superclásico del futuro. Hay, eso sí, un clásico en el camino, confirmadísimo: el 1° del mes próximo, en el Monumental, por la Superliga. Justo días después de los cuartos de final.

Cerro Porteño es un buen equipo y eliminó a San Lorenzo, el impacto más grande de los octavos de final. Lo dirige Miguel Russo, campeón de la Libertadores con un Boca de salón, el de Román Riquelme de 2007. Liga Deportiva Universitaria de Quito no solo juega en los 2800 metros sobre el nivel del mar: además, es dirigido por el uruguayo Pablo Repetto, que bajo el mando de Independiente del Valle superó por 3 a 2 a Boca en la Bombonera y alcanzó la final de la Libertadores de 2016. Perdió con Atlético Nacional, pero dejó su huella: también había eliminado a River en el Monumental.

La obsesión Libertadores

La Libertadores es una obsesión para los equipos argentinos, al límite que suelen despreciar el campeonato local. Y para la sociedad -medios, hinchas, el sistema mismo-, es una obsesión el encuentro entre millonarios y xeneizes. Como si no ocurriera nada más importante durante buena parte de la temporada. La obsesión invisible.

¿Cuándo se cruzarán en la Libertadores? ¿Cuándo sería el encuentro en la Copa Argentina? Son los clubes que marcan la agenda, los más grandes, los más poderosos. Y en los últimos años -un poco por ellos, un poco por el resto-, les sacaron una diferencia mayúscula a los otros tres gigantes. ¿Qué les queda a los demás? ¿Todo lo que ocurrirá de aquí en más será una carrera contra el tiempo hasta los próximos superclásicos? La ansiedad marea, desenfoca, encapsula la lógica.

Por fortuna, Gallardo y Alfaro -a diferencia de algunos dirigentes-, baja línea clara y convincente: River y Boca son modelos para armar. El campeón todavía no despega, pero su carácter lo convierte en el más peligroso. El finalista atropella, con más recursos y figuras, a tono con su candidatura. Tienen 10 partidos -uno, el de Núñez- en el trayecto, antes de la hipótesis de la semifinal. Que la histeria no atropelle a la razón.

Por: Ariel Ruya
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