El fútbol argentino se roba el tiempo y calidad de vida

Marcelo Gantman
Marcelo Gantman PARA LA NACION
Miles de hinchas, con la frustración de ir dos veces en vano al Monumental
Miles de hinchas, con la frustración de ir dos veces en vano al Monumental Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
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26 de noviembre de 2018  • 16:00

El fútbol argentino ya atenta contra la calidad de vida de las personas. Las agendas familiares, sociales y deportivas son rehenes de las zigzagueantes decisiones que se programan y desprograman en función de, en este caso, la final de la Copa Libertadores 2018. En otras ocasiones de otros partidos. El fútbol tira a la cancha todo su peso específico y dinamita el ritmo de vida del resto de la sociedad.

La zona de influencia del estadio Monumental concentra a decenas de clubes donde cientos de deportistas amateurs desarrollan sus actividades y competencias. La doble programación del segundo River-Boca, en sábado y domingo para finalmente nunca consumarse, canceló o postergó competencias de hockey, vóley, rugby y un gran número de disciplinas que quedan en suspenso por un partido que toma por asalto cualquier fecha del calendario. En la cuenta también entran aquellos que, un día por lluvia y otro por violencia salvaje, tuvieron que ir dos veces a la cancha. O directamente no ir porque el descalabro organizativo del fútbol argentino, certificado por la Conmebol en hojas membretadas, ya no permite reorganizar la vida privada de la gente.

El "efecto mariposa" de esta accidentada final llegó hasta Uruguay: Peñarol suspendió el domingo los festejos que tenía previstos por su bicampeonato, dado el interés que despierta la Copa Libertadores en su comunidad. Se sabe: Huracán y San Lorenzo tuvieron que cancelar el clásico. El fútbol argentino contra sí mismo. "No traten de entenderlo" dirían en la AFA. Hasta acá una primera final, y otra doblemente cancelada se han llevado minutos, horas y días de nuestro precioso tiempo, sin ningún tipo de compensación emocional. Es curioso como en momentos de atención limitada, de un esfuerzo ciclópeo para captar el interés de las personas, se toma con tanta naturalidad que el tiempo libre de los argentinos sea maltratado y desvalorizado como pocas veces se ha visto.

Una nueva programación de esta segunda final, si se llegara a jugar en River, en Buenos Aires, o en algún lugar de la Argentina, volverá a alterar la vida de las personas. Lo que tiene que curar el fútbol argentino es que las metáforas recuperen su sentido: si una final entre Boca y River "paraliza" al país, la idea siempre fue que eso no fuera literal. Ahora lo es.

El derrumbe del fútbol argentino destruyó hasta las palabras. Las expresiones no significan nada. "Desdramatizar el fútbol" es una de ellas. El horizonte perdido es que el fútbol tenga su justo drama. Porque sin drama, sin alegría, sin tristeza y sin incertidumbre, no hay deporte. La otra cáscara sin contenido en su interior es otro gran común: "El fútbol es la cosa más importante entre las menos importantes". No acá. Minimizar y licuar el impacto que tiene el fútbol en la Argentina es parte del equívoco. Su trascendencia y su influencia en la vida cotidiana lo desmienten a cada rato.

Era importante como pasatiempo, distracción y hasta como forjador de identidades familiares y sociales. Ahora es una molestia. Obstruye el ritmo diario de la gente que quiere ser feliz con sus pequeños mundos. Incluso aquellos que quieren serlo mirando fútbol. Y ahí está, el propio fútbol, con sus medidas de seguridad que sólo aseguran desmanes, haciendo sus mejores esfuerzos para impedirlo todo.

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