El fútbol patas para arriba

Román Iucht
Román Iucht MEDIO:
Quizás haya llegado el tiempo de que los que toman decisiones dejen de jugar al distraído
Crédito: Sebastián Domenech
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24 de febrero de 2015  • 13:55

La imagen de Gustavo Alfaro, aturdido y tendido en el piso, no es novedosa. Esta vez le tocó al entrenador de Tigre, pero la lista apesta y espanta por lo extensa. Como en un parte médico, el fútbol colecciona heridos con cortes en la cabeza, golpes en la espalda, traumatismos varios y conmociones frente a la explosión de pirotecnia.

En este engendro inexplicable de torneo con 30 equipos y partidos amontonados uno encima del otro, quizás haya llegado el tiempo de que quienes deben tomar algunas decisiones dejen de jugar al distraído.

El técnico del Matador prefirió seguir exponiéndose a la cobardía de algún energúmeno, que amparado en el anonimato, quiso ser más protagonista que los verdaderos actores. Su supuesta valentía no hizo más que poner sobre la superficie, la fragilidad jurídica en la que esta inmerso el fútbol argentino.

Cuando Alfaro dice "por un idiota no pueden pagar cuarenta mil", está obviando que ese estúpido que se multiplica en todas las canchas, es representante de un fútbol violento, con sus particulares reglas de hostilidad y sobre todas las cosas, con sus propios resortes de impunidad. Hasta hace un tiempo, el fútbol especulaba con su destreza a la hora de calibrar la mira. Los últimos episodios confirman que ese detalle de puntería tampoco resulta definitivo.

Ya no se trata tan solo de los barras, "hinchas de la hinchada" cuyo único interés les permite hacer del fútbol una unidad de negocio. La violencia no se ubica solamente en un para-avalanchas, ni tiene que ver con clases sociales. La idea de que en un estadio "vale todo" porque al final "todo pasa" se reinventa con nuevas formas cada fin de semana. Es tan cierto que la sociedad entera vive tiempos de impaciencia y reacciones destempladas, como que el fútbol tiene sus propios males, los cuales fueron creciendo en los últimos tiempos, favorecidos por la ausencia de rigor en la simple y sencilla aplicación de las leyes.

Ese estúpido que se robó una parte del espectáculo rosarino, lejos de ser denunciado por aquellos que estaban a su alrededor y que tenían la fantástica oportunidad de demostrar que estaba solo y no los representaba, fue amparado por la multitud que confundió ser delator con ser un hincha genuino cuyo interés es la salud deportiva de su club. No sorprende. En ese coliseo romano en el que se transforman los estadios cada fin de semana, la gente pide ganar aunque cueste sangre e injusticia en los fallos arbitrales si eso implica ser favorecidos. Estas son las reglas y lejos de rebelarse, todos las aceptan.

Para completar el bochorno, los jueces, en este caso Ceballos pero vale el ejemplo para todos, deslindan las responsabilidades que le corresponden por ser la máxima autoridad y le transfiere la decisión final al agredido. El rigor que aplica ante una protesta hacia su investidura de parte de los jugadores, no se pone de manifiesto a la hora de tomar otra clase de decisiones mucho más importantes.

Imaginen a un ciudadano decidiendo la suerte de un reo, pasando por encima de un magistrado. Imaginen que esa víctima en estado de conmoción, asuma el poder que le fue entregado a un juez a partir de su supuesto "saber y entender". Inadmisible. Patético y ridículo.

Solo desde la aplicación de la ley, que implica la quita de puntos, suspensión de estadios y expulsión de los agresores, algo de la calma perdida hace tiempo, podrá volver al fútbol argentino. Las leyes están ahí, esperando, solo hace falta que se las ponga en práctica. Mientras tanto, los supuestos actos de coraje de quienes deben acatar y los de cobardía de aquellos que deben decidir, continuarán poniendo al juego patas para arriba.

El estado, la política, la dirigencia, la policía, la justicia, los deportistas y parte del periodismo deberán juntarse y aportar cada uno lo suyo. Parecen demasiados actores y con intereses variados, como para lograr algo productivo en el corto plazo.

Todo seguirá igual. Hasta el próximo bochorno. Hasta la próxima víctima. Hasta el próximo estúpido.

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