El gran desafío de Zárate: evolucionar para intentar ser ídolo de Boca

Fuente: LA NACION - Crédito: Daniel Jayo
Pablo Lisotto
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17 de mayo de 2019  • 08:37

Una vez que las revoluciones se calmaron y todo volvió a la normalidad en su organismo, Mauro Zárate habrá tenido tiempo de analizar todo lo que vivió en la última semana, interpretar si asimiló bien los insultos en Liniers y el aliento en la Bombonera y si fue acertada o no la forma de celebrar su gol de penal, al fin y al cabo el tercero de la definición.

Desde que se supo que Boca y Vélez se enfrentarían en los cuartos de final de este parche organizativo bautizado Copa de la Superliga , Zárate fue uno de los protagonistas más buscados. Y anoche, en la Bombonera, los hinchas xeneizes lo mimaron desde que anunciaron su nombre por los altoparlantes. El "Olé, olé olé olé, Mauro, Mauro", se hizo escuchar con fuerza en varios tramos del encuentro.

Crédito: @BocaJrs

Mientras tanto, el delantero jugó su propio partido personal frente a su exclub. En el primer tiempo metió un tiro libre en el travesaño, participó activamente en las jugadas ofensivas, le reclamó a los hinchas más aliento con gestos ampulosos y se peleó con varios excompañeros por una diferencia de centímetros en la ejecución de un tiro libre a favor de los de Liniers. En el complemento apenas apareció (como el resto de sus compañeros), y en la definición, acertó su remate y lo gritó con ganas cuando vio la pelota en el fondo de la red: varios golpes de puño al aire, con bronca, la boca bien abierta gritando el gol y una seguidilla de trompadas a su pecho, a la altura del escudo azul y oro. Luego, declaró: "Pasó el equipo grande".

¿Le alcanza a Mauro Zárate todo lo que hizo, antes y durante el partido con Vélez, para ser ídolo de Boca? Definitivamente no. Sin embargo, gracias a sus actuaciones anteriores, sus goles y asistencias y lo de anoche, construyó una buena base para edificar un vínculo que puede crecer. Contra su exclub mostró rebeldía, actitud, presencia, carácter y fortaleza ante la adversidad. No debe ser sencillo jugar un partido con todo un estadio insultándolo, y mucho menos cuando esa misma gente es la que lo vio nacer futbolísticamente. No solo eso. En las últimas semanas los fanáticos más encolerizados le dijeron que su esposa se iba a morir de cáncer y que le iban a incendiar la casa con su hija adentro. Por el delito de traición.

El delantero de Boca salió airoso de esa prueba. Aunque después de lo de anoche, y de que su esposa Natalie Weber ignorara el paso de su marido por el conjunto de Liniers en un posteo que realizó en una de sus redes sociales, el vínculo con el Fortín se rompió en mil pedazos.

Pero ahora debe dar vuelta la página. Soltar y enfocarse en Boca. El número 19 puede crecer todavía más como futbolista, y gravitar más en el plantel que conduce Gustavo Alfaro. Sobre todo si comprende la importancia de saber jugar en equipo y evita esos ataques de egoísmo con el balón en los pies, situaciones de las cuales él resulta el más perjudicado y que generan murmullos reprobatorios entre sus compañeros y en las gradas.

Fuente: LA NACION - Crédito: Daniel Jayo

La decisión (cada día menos entendible) de Guillermo Barros Schelotto de no haber hecho ingresar a Zárate en la final de América frente a River y sí a Ramón Ábila, lesionado, ante el pedido de cambio de Darío Benedetto en el entretiempo, impide responder si Mauro hubiera tenido la rebeldía y desfachatez suficiente para bancar la parada y sostener el 1 a 0 ante el Millonario en una definición de Copa Libertadores en Madrid, como sí tuvo para jugar su partido contra los chicos de Vélez en unos cuartos de final de una Copa local, en la Bombonera, y gritarles en la cara a los jugadores de Vélez un gol de penal. "Me extraña y me duele lo de Mauro porque somos excompañeros. Me parece que hay cosas que no van", dijo en el vestuario un afectado Matías Vargas, figura del Fortín. "Velez es grande sin ayuda de los árbitros. Te hubieras golpeado el pecho en la final en Madrid, desagradecido y fracasado", pegó José Luis Chilavert desde su cuenta de Twitter.

El hecho trasciende a Zárate. Emocionalmente afectado por los continuos traspiés frente a River en recientes situaciones decisivas (semifinales Sudamericana 2014, Octavos de final Libertadores 2015, final Supercopa Argentina 2018 y final Copa Libertadores 2018), Boca atraviesa un período de reconstrucción, en donde por momentos quiere convencerse desde de la dialéctica que aquello es historia pasada. Decirlo para creerlo. Los resultados que cosechó el equipo desde que asumió como DT Gustavo Alfaro acompañan ese transitar, aun cuando las victorias frente a Rosario Central, en la final de la Supercopa de hace 16 días, y la de anoche frente a Vélez, por los cuartos de final de la Copa de la Superliga, hayan sido mediante definiciones por penales después de igualar 0 a 0 en los 90 y 180 minutos respectivos de juego.

En ese contexto, la unificación del mensaje en las declaraciones de Benedetto, Zárate, el presidente Daniel Angelici y su candidato Christian Gribaudo ("El único grande") apuntan a fortalecer esa fragilidad que lo llevó a Boca a tropezar con la misma piedra una y otra vez desde 2014 hasta hoy. Sabrá Zárate, y los demás, hasta donde alimentar ese juego mediático, que importa poco y nada cuando la pelota comienza a rodar.

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