El malvado Marcelo Gallardo, un colega sacatécnicos

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Tan reflexivo como abatido, Alfaro se retira de la Bombonera
Tan reflexivo como abatido, Alfaro se retira de la Bombonera Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
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24 de octubre de 2019  • 00:01

Si Boca le ganaba a Atlético Tucumán aceleraba en la persecución de Racing, pero perdió 2 a 1 en la Bombonera y la ilusión del primer tricampeonato de la historia se desvaneció cuando amanecía 2019 y se desperezaba el ciclo de Gustavo Alfaro. Si Boca derrotaba al descendido Tigre se quedaba con la Copa de la Superliga, pero perdió 2 a 0 en Córdoba. Si Boca superaba a Almagro avanzaba en la Copa Argentina, pero perdió por penales contra el equipo de la Primera Nacional y se despidió prematuramente. Si Boca vencía a Racing en la fecha pasada defendía la punta de la Superliga, pero perdió otra vez en la Bombonera y ya no está solo arriba. Si Boca eliminaba a River de la Copa Libertadores de América no solo llegaba a la final, sino que especialmente disfrutaba de un desahogo imprescindible para evitar el derrumbe. Para dejar de sufrir. Pero perdió. Porque perdió.

Los cinco guantazos no son comparables, aunque ahora todos demuelen con la fuerza de un huracán embravecido. Otra rendición en las narices del archirrival, algo así como la maldición en su punto más extremo. Como si no pudiese resistirse a un destino de desdicha si River se cruza en su camino, nunca en su centenaria historia Boca se ha sentido tan sometido por el rival que le saca urticaria. Y por Marcelo Gallardo, el general en las cinco capitulaciones xeneizes en los mano a mano. En febrero de 2016 se marchó Rodolfo Arruabarrena, raído por las eliminaciones en la Copa Sudamericana 2014 y en la Libertadores 2015. Guillermo Barros Schelotto dijo adiós al término de 2018, arrumbado tras la Supercopa argentina y la final de Madrid. Alfaro se anota como la nueva víctima del sacatécnicos del barrio de Núñez.

Cuando Alfaro desembarcó en Boca, cuando se sentó frente a los reflectores más enceguecedores del fútbol argentino, primero se sometió a un juicio quemero para defenderse del cartelito de traidor que le colgaron en Huracán. Si hasta recitó el artículo 88 de la Ley de Contrato de Trabajo que guardaba en un bolsillo de su saco. Apenas intentó desembarazarse de una desvinculación que decoloró su discurso, se sumergió en la selva xeneize. "Boca juega la Copa Libertadores para ganarla y la tiene que ganar. Por eso digo que Boca no tiene purgatorio, es cielo o infierno. Es a todo o nada", dramatizó en las entrañas de la Bombonera aquel 3 de enero. Con la herida abierta, a poco más de tres semanas del apocalipsis en Madrid, hasta se atrevió a vaticinar que tendría una bala de plata. Todavía ni había dirigido una práctica y ya se lo había devorado la feroz coyuntura boquense.

Fue Alfaro el que confesó que esta revancha con River se trataría del partido de su vida, directamente para tutearse con la tragedia deportiva. Y lo ganó, vaya ironía. Fue Alfaro el que admitió que ni Wanchope Ábila ni Tevez estaban plenos, pero igual apostó por ellos en un partido sin retorno. Tal vez temeroso de que sus concesiones lo torturasen en noches de insomnio, precipitó la salida. Se cansó, se agotó y se despidió: "Me siento orgulloso de haber estado en Boca". Al calvario le quedan seis partidos por la Superliga: "Quiero terminar con estos jugadores los partidos que nos faltan y después irme a mi casa y recuperar mi vida". Vaya si ha sufrido durante estos nueve meses. El 'ladrón de ideas', como alguna vez se autodefinió, de repente se quedó vacío. "En el fútbol los fracasos no existen; para mí, fracaso es traicionar mis convicciones", advertía cuando no se imaginaba de qué se trataba el ardor xeneize. Pero en la medianoche del martes olfateó que no valdría la pena prolongar el martirio. El riesgo de no poder mirarse al espejo hubiese sido demasiado. Ya había sacado a Almendra, el más lúcido, para partir al equipo..., mientras Tevez completó los 90 minutos.

Quizás se trató de un presagio cuando Boca se convirtió en el club N° 13 en la carrera de Alfaro. Él propuso las reglas. "Los entrenadores nos vamos poniendo semana a semana la soga al cuello y cada tanto alguien tira la cuerda y ahorca a un entrenador. La competencia siempre la vivo con dos ojos: con uno miro pensando que el domingo es el último partido que voy a dirigir a mi equipo y con el otro pienso que me voy a quedar toda la vida"... No lo dijo ahora, se lo confesaba a LA NACION en una entrevista en 2003. Y el día de su presentación en Boca..., le dio una vuelta de cuerda más a su pescuezo: "Si algo le falta a mi carrera es ganar una Copa Libertadores". Se encarceló y se tragó las llaves. Ahora, en su casa, intentará digerirlas.

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