El país de las muñecas

Japón y su variado mundo femenino: ejecutivas y obreras, modernas y tradicionales, oficinistas y labradoras, reales e irreales
Hugo Caligaris
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24 de junio de 2002  

YOKOHAMA, Japón.– Después de un mes mirando futbolistas velludos, ¿podemos, antes de que sea tarde y a pesar de Ingmar Bergman, hablar de esas mujeres? En Japón, donde no es cierto que sigan yendo dos pasos detrás del hombre, las hay muy diferentes: ejecutivas y obreras, modernas y tradicionales, oficinistas y labradoras, reales e irreales, y si bien es cierto que aún no termina la pelea por la igualdad en campos tan sensibles como el de los salarios también es verdad que la presencia activa de la mujer aumenta día a día: ellas componen el 40% de la impresionante fuerza laboral que despliega esta nación, una de las primeras potencias del mundo.

Por otro lado, Japón se llama a sí mismo con orgullo “el país de las muñecas”, por la variedad artesanal que ostenta en este terreno y por el carácter inclusive ritual y simbólico que les ha dado, en el curso de su larga historia, a lo que en otras partes no son más que objetos inanimados con los que se puede jugar a gusto.

De las “muñecas” de carne y hueso, de las de paño y aún de las de madera hablaremos en las líneas que siguen.

Con kimono y con sombrilla . Una mujer vestida de paisana y caminando por Florida parecería parte de una campaña promocional. Pero el tradicional kimono no se lleva en el barrio de Ginza como disfraz, sino con absoluta naturalidad y sin tomar en cuenta la edad. Comentamos en otra nota que hemos visto jovencitas de kimono en las canchas de fútbol.

En un bar distinguido de Tokio, no es infrecuente ver a dos amigas, una con su bello traje folklórico y otra con ropa occidental, tomando el té. El kimono es una prenda elegante, pero compleja: lleva muchísimos accesorios, y por su escasa practicidad va perdiendo terreno, pero todavía está lejos de ser una rareza.

Cuando hay sol, en cambio, casi todas abren sus sombrillas: aquí el bronceado es de mal gusto. Los hombres -adscribimos con énfasis- aprecian las espaldas que parecen inmaculadas hojas de papiro.

Muñequitas celulares . El teléfono celular es la bandera de las adolescentes japonesas, y lo llevan siempre en la mano. Los largos viajes en subte, en tren o en escalera mecánica no les resultan aburridos gracias a sus teléfonos. Casi no los usan para hablar, sino para sacar fotos (que coleccionan si fueran estampillas) y para prenderse a sus jueguitos de video. La nueva generación de celulares también viene provista de reloj, pero es inútil abordar a una muchacha cuando está sumida en sus misterios: no le da a uno ni la hora.

Muñecas de colección . Son las muñecas propiamente dichas, inmortalizadas en materiales diversos por los exquisitos artesanos del país y exhibidas en el Museo de las Muñecas de Yokohama. Para dar una idea de la variedad, citaremos algunas de las clases de muñecas (y también de muñecos) que se siguen haciendo en Japón: las kokeshi, cilíndricas y de madera; las ichimatu ningyo, llamadas así por el actor del 1600 Ichimatu Samokawa y porque “ningyo” quiere decir muñeca. Son las de finalidad más primaria. Es decir, sirven para que las niñas jueguen.

Los gozatu ningyo, en cambio, son samuráis decorativos, que se muestran en los grandes festivales. Las bunraku ningyo son maravillosas criaturas articuladas. Las kamo ningyo, son de madera, y las ukiyo ningyo representan a personajes del pueblo, como pastoras, vendedoras, soldados y deportistas. Por último, las mitsuore ningyo se pueden arrodillar, sentar, parar y acostar y son, por lo general, bastante rellenitas, al revés que sus modelos de la vida real: las japonesas de hoy detestan la grasa y exhiben una figura en la que los kilos se cuentan en números negativos.

Las dueñas del teatro . Las mujeres son reinas y reyes en el teatro Takarazuka, de Tokio. Ellas hacen los papeles femeninos y también los masculinos en todas las comedias musicales que presentan, en un estilo fuertemente influido por Broadway. La sala tiene capacidad para 2069 personas, ni una más ni una menos, y presenta varias funciones por día, pero jamás se consigue una entrada si no es reservándola con un mes de anticipación.

Por tanto, fue en el fondo ingenuo el disgusto de este cronista al intentar conseguir una localidad para el día. “Solde out” (“Todo vendido”, en inglés a la japonesa), insistía la señorita de la boletería. El cronista sacó su credencial y declaró que quería hacer una nota sobre el imponente Takarazuka. “¡Ah! -se impresionó la señorita-. En ese caso, espere un momento”. Diez minutos después se presentó otra mujer de mayor edad. “Solde out”, repitió, cuando el cronista creía haberse salido con la suya. Posiblemente no hayan caído bien sus pantalones: el 99% del público son mujeres.

Niñas en peligro . En todas las ciudades japonesas que conocimos, a nuestro equipo le llamó la atención la cantidad de colegialas con sus serafuku (uniformes escolares) que se ve todos los días por la calle, incluso los domingos, cuando no hay clases. Brindan un espectáculo encantador, pero no siempre inocente. Muchas adoptan poses impropias para su edad, y acortan sus faldas al límite del decoro.

Las autoridades están tan preocupadas por esta costumbre que en ciudades como Osaka la policía ha llegado a exhibir en los trenes afiches en los que se ve a una pareja de espaldas. El, un hombre bien trajeado, y ella, una niña con su serafuku. Debajo, la leyenda: “Los enjo kosai son prostitución, y pueden ser multados hasta con 10.000 yenes”.

Para comprarse ropa de moda, las pequeñas acuden al llamado enjo kosai, o “citas de ayuda económica”. Suelen dejar sus números en las cabinas telefónicas, y en un nivel oficial se sospecha que la yakuza, la mafia japonesa, está involucrada en este fenómeno escabroso. Lo es, incluso, en los casos en que no se llega al sexo por vía directa: algunos compran a buen precio la ropa interior de las colegialas.

Muñecas angelicales . Pero nos llevaremos de Japón más el ángel de sus mujeres que la imagen del comercio carnal, próspero a toda edad aquí, y desmedidamente multiplicado. La dulzura, la amabilidad de las japonesas tal vez no tengan paralelo. Una noche, muy tarde, mirábamos nuestra guía del país viajando de pie en tren, de Tokio a Yokohama. Una señora de ojos vivaces, en tanto, saltaba con ellos de su libro a la guía, de modo que se la ofrecimos para que pudiera hojearla a gusto. Se entabló una de esas conversaciones gestuales que resultan a veces más cálidas que las que se conforman con palabras. En un momento, ella se paró y nos ofreció su asiento. Fue rechazado, pero en cambio aceptamos otros regalos: el pañuelo y una sonrisa. En esa mujer, que jamás sabrá cuánto recordaremos su gesto, pensamos al escribir esta nota.

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