El relator que se convirtió en atracción y obsesión de las redes

Marcelo Stiletano
Marcelo Stiletano LA NACION
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19 de junio de 2018  • 19:16

"Relatores eran los de antes". La frase nostálgica, casi un lugar común entre quienes aborrecen la manera actual de narrar fútbol por TV, adquirió otro tinte esta mañana con la aparición en la TV Pública, al frente de la transmisión que hizo la TV Pública del partido entre Colombia y Japón, acompañado por Carlos Ares y Román Iucht como comentaristas. El cordobés José Luis Romero, con muchos años de transmisiones de Radio Nacional en su provincia sobre las espaldas, protagonizó ayer un hecho curioso: con un estilo que la mayoría tildó de antiguo, recurriendo a varias palabras, giros y muletillas, que sus colegas desterraron hace mucho tiempo, se transformó en atracción y obsesión de las redes sociales durante buena parte del martes.

El relato de Romero fue una novedad hasta para quienes lo calificaron de anacrónico. Usó palabras que el lenguaje del fútbol conserva hoy sólo en los libros de historia, como "esférico" en lugar de pelota. Narró la mayoría de las acciones como si las reconstruyera desde el análisis una vez terminadas en vez de seguirlas en tiempo real. Recurrió a frases que forman parte de un acervo que en estos días sólo se rescata desde el homenaje o la sátira, como aquélla del "guardameta nipón frente al embate cafetero". Definió a los jugadores japoneses como los "samuráis azules" o los "hijos del sol naciente".

Se le objeta a Romero tal vez con alguna exageración cierto engolamiento en su manera de relatar. El cordobés no es un narrador arcaico, por más que tenga la vieja costumbre radiofónica de arrastrar hasta el límite cada "erre". Hay generaciones enteras de simpatizantes maduros que comparten buena parte de ese lenguaje y están cansados de los latiguillos de los relatores se jactan de una supuesta "frescura" cuando en realidad confunden desprejuicio con vulgaridad o directo mal gusto.

El problema de Romero es otro. En su afán de contar una acción completa del juego de una sola vez, como si su relato fuese la primera versión de una crónica escrita o de un cuento, perdía de vista al jugador que llevaba la pelota o se detenía en una alternativa inesperada o abierta a la discusión. Por lo general, su voz llegaba con retraso a la resolución de la jugada, algo que no tiene efecto alguno en el relato radiofónico, pero no funciona en TV frente a la evidencia incuestionable (y anticipada) de la imagen.

La aparición de Romero, toda una rareza, tiene otro efecto. En contraste deja todavía más a la vista la mayor carencia del modo más difundido de relatar fútbol que tiene la TV del Mundial: gritón, estentóreo, excesivo, redundante, chauvinista. Un hincha que relata agiganta a la fuerza su fervor en las ocasiones del triunfo, pero a la hora de la derrota se hunde más de la cuenta en el desconsuelo y corre el riesgo de exagerar cualquier reproche. Además, corren siempre el riesgo de quedar sin su instrumento esencial de trabajo. Por el excesivo fervor que expuso sin necesidad en los días previos, Sebastián Vignolo narró con voz muy dañada el último tramo del partido entre la Argentina e Islandia el sábado pasado.

Será por todo eso que extrañamos en este Mundial otra clase de relato. Más rico en lenguaje, menos enfático y desaforado, vibrante en el acompañamiento a nuestros colores pero ajeno a cualquier desmesura, agudo y exacto en la observación de las acciones y la identificación de los jugadores. Extrañamos en TV voces como las de Mariano Closs, Miguel Simón, Gustavo Cima, figuras de la pantalla en mundiales previos.

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