El repentino fracaso de Passarella

Claudio Mauri
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19 de diciembre de 2001  

El destino se había encargado de advertirle que no era el elegido cuando Parma se fijó primero en Carlo Ancelotti para un equipo que ya venía descarrilando. Pero horas antes de estampar la firma apareció la oferta irresistible de Milan y Ancelotti dejó el hueco para quien esperaba detrás de él: Daniel Passarella , que cumplía su viejo anhelo de volver como técnico al medio que tanto lo había marcado como jugador y persona. No sólo buena parte del pensamiento futbolístico del Káiser incorporó los principios del calcio en su etapa de recio y goleador zaguero; también se sintió un privilegiado por el progreso en el status social que adquirió durante la estada de seis años entre Florencia (Fiorentina) y Milán (Inter).

Desde que en 1990 comenzó su carrera de entrenador en River, Passarella siempre puso en su horizonte profesional una incursión en el competitivo calcio . Lo que seguramente nunca imaginó es que la espera y la ilusión iban a ser mucho más extensas que la experiencia misma. La crisis que arrastraba Parma, y que él no pudo corregir, se lo consumió en sólo 42 días y en una decena de partidos.

Era una aventura de riesgo asumir con la temporada comenzada y en un plantel diezmado que él no había elegido ni preparado. Algunos dirán que fue al lugar inadecuado en el momento inoportuno. Sin embargo, estos condicionantes integran las generales de la ley en la vida de los técnicos, quienes habitualmente son convocados para apagar incendios, no para completar una exitosa obra que otro deja inconclusa.

Hacían faltan soluciones inmediatas y reinstalar un clima de confianza. Pero Passarella nunca encontró los hombres y el sistema para evitar esa inercia desmoralizante en la que una derrota trae otra derrota. Es cierto que la familia Tanzi, dueña del Parma, prefirió interrumpir el crecimiento deportivo que desarrolló en la década del 90, ciclo en el que un club sin historia se codeó con la burguesía futbolística de Italia, para capitalizarse económicamente. Por 86.000.000 de dólares le vendió a Juventus el corazón del equipo: el arquero Buffon y el defensor Thuram ; otros órganos vitales negociados para superar los US$ 100.000.000 en transferencias fueron Sergio Conceiçao y Amoroso . Y no llegaron refuerzos de garantía, más allá de la expectativa que podían generar el japonés Nakata -el Káiser no lo tuvo muy en cuenta- o el arquero Frey .

A medida que se sucedían los resultados adversos, Passarella intentó todo: desde la rotación de gran parte del plantel hasta las modificaciones en el esquema, ya sea con línea de cuatro, con tres defensores, con cuatro mediocampistas, con laterales-volantes, con dos o un solo delantero. No pudo esquivar el repentino fracaso, justo en el ambiente que él tanto admira y que es reacio a darle una segunda oportunidad al extranjero que no se glorifica en el resultado.

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