El sainete promete nuevas convulsiones

Cristian Grosso
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23 de diciembre de 2009  

Para un mal año, el peor final. Un cierre lógico. Hay que retroceder 90 años, sí, 90 años, hasta 1919, para encontrar una temporada con seis derrotas de la selección. Quizá vuelva a pasar mucho tiempo para que se repita una temporada tan traumática, improductiva y alarmante como la que acaba de cerrar la Argentina. O quede como un mojón imborrable. Entre los seis tropiezos (Bolivia, Ecuador, Brasil, Paraguay y España, antes de esta caída en Cataluña) aparecen el martillazo del 1-6 en la altura de La Paz, el 1-3 ante el scratch en Rosario, que cortó un invicto de 16 años como local por las eliminatorias, y hasta un revés sin precedente ante el combinado catalán. La selección volvió a pasearse por el gran escenario mundial para desacreditar aún más su imagen resquebrajada.

En 1919, el conjunto albiceleste perdió en cinco ocasiones con Uruguay y la restante derrota fue con Brasil. Ahora, en días de rebote mediático potenciado por mil, la raquítica selección de Diego Maradona transitó sus frescas huellas de anarquía. El equipo de Johan Cruyff, en el debut del holandés como entrenador y también sin horas de entrenamiento, se impuso porque se apoyó en una ventaja básica: tuvo un plan y lo ejecutó con la complicidad del toque como búsqueda. Los ensayos permanentes, las convocatorias a discreción y los hábitos imprevisibles mantienen al equipo atornillado al espanto.

Entre la potencialidad de las figuras albicelestes y el aprovechamiento colectivo brota nítidamente el desarticulado gerenciamiento de los recursos. Maradona puede administrar a Lionel Messi, el mejor jugador del mundo, y a un lote que se codea con la elite, como Higuaín, Mascherano, Milito, Tevez o Agüero; sin embargo, ninguno es capaz de replicar en la selección las producciones que ofrece en sus clubes. Una responsabilidad directa del entrenador: su mensaje no es claro, la propuesta no es convincente o, directamente, no los conmueve ni los compromete.

La negativa calificación se afirma en otros datos que también invitan a la desconfianza. ¿Por qué creer que algo cambiará? Casi queda invocar a la providencia o, peor, darles entidad a ridículas cábalas o coincidencias del destino. Por ejemplo, la inverosímil conformación del cuerpo técnico, envuelto en un circo constante, ya harta. Reclama bisturí. Ahora es el turno del affaire Bilardo-Mancuso. Si la ilógica domina los bordes de este equipo, la credibilidad hace tiempo se declaró en fuga. Detrás de la clasificación, se alertó que sería una candidez creer que se iba a aprovechar la experiencia. Que se podría construir un proyecto real entre tanto sainete. A la selección la esperan más convulsiones y episodios vergonzantes. Al impulso de personalidades contestatarias, la Argentina elige las paredes para darse de frente.

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