El superclásico del catenaccio

Ezequiel Fernández Moores
Daniele De Rossi
Daniele De Rossi Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastian Domeneches
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3 de septiembre de 2019  • 23:59

Daniele De Rossi, debutante en el superclásico, faltó el domingo por primera vez al derby romano. No pudo ver a los "Irreductibles", ultras de Lazio, llegando al estadio con saludos romanos y coros antisemitas. Y, ya dentro del Olímpico, rindiéndole homenaje a su líder Fabricio Piscitelli, "Diabolik", asesinado el 7 de agosto pasado con un disparo en la cabeza en el Parque de los Acueductos, en Cinecittá, territorio enemigo de napolitanos y albaneses en la distribución de cocaína. "No le creas si se muere, porque es capaz de renacer", decía un cartel gigante, con el rostro sonriente de Diabolik. "Descansa en paz Fabricio", decía otro cartel que los ultras de Roma, el exequipo de Rossi, dedicaron al líder enemigo. Lazio y drogas eran negocios de Piscitelli. También homenajes a Mussolini y autoadhesivos que decían que Ana Frank, judía, "es de Roma". El domingo, los ultras de Lazio permanecieron la primera etapa en silencio, enojados porque los jugadores no enviaron sus condolencias a la familia de Diabolik. Sucede también en el Primer Mundo. El fútbol, a veces, acorta distancias.

El clásico Lazio 1 vs. Roma 1, además de dos goles, tuvo seis tiros en los palos. Roma, inferior, jamás se refugió sin embargo en su área. Fue un derby en línea con un informe de nuestra Superliga que ubicó a la Liga de Italia como la que tiene más tiempo efectivo de juego (57 minutos) entre las Ligas top de Europa. Mejor que Alemania, Francia e Inglaterra (56 minutos) y España (54). No hay dinero como antes y Juventus hegemoniza con ocho títulos seguidos. Pero es un mérito para un calcio que lucha todavía para abandonar su cultura histórica del catenaccio, el cerrojo defensivo elevado décadas atrás a la categoría de arte por la selección italiana y sus equipos más poderosos. Ese mismo informe de la Superliga adjudicó a nuestro campeonato un tiempo efectivo de juego neto de 52 minutos. La media bajó a 49 en el superclásico, interrumpido además por 42 fouls y diez amonestados. Hubo paz en tribunas sin visitantes, pero el campo fue pura batalla. Sin goles, sin tiros en los postes, con mínimas jugadas de peligro y con un Boca que casi renunció al arco rival. Catenaccio criollo. Gustavo Alfaro eligió en ataque a corredores aptos para defender y dejó en el banco a los que juegan mejor. "También el juego -escribe el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su libro "Buen entretenimiento"- queda sometido a la producción".

Las decenas de cámaras de TNT, Fox y Torneos, incluidas steady cam, pole cam y drone, la primera trasmisión con ultra definición en 4K y la nueva cuota de 580 pesos mensuales del pack fútbol (enumeración del newsletter de Deportea) sofisticaron todo menos el juego. Y ello pese a que los planteles subieron cotización: 171,5 millones de dólares (River) y 113 millones (Boca). Como sus camisetas que publicitan a Turkish Airlines y a Qatar Airways. Sin embargo, la emoción más intensa del relato televisivo fue el recorrido del nuevo autobús blindado de Boca. Ahora sí cuidado por la policía y, valga la ironía, estacionado luego delante del arco. Si apelamos a metáforas más actuales, Boca puso un cepo, como el que, justo dos horas antes del superclásico, fue anunciado por el gobierno para la compra de dólares. River lleva cinco años de trabajo y "nosotros -justificó Alfaro su cepo- renovamos cada treinta días el plazo fijo". En días de corrida cambiaria, sonó a metáfora a destiempo. Es un plazo fijo que, eso sí, por ahora está dando buenos dividendos, aunque el fútbol, sabemos, es algo más que una cuenta de banco. Mostaza Merlo, DT del Racing campeón del 2001 también caliente, prefería decir "paso a paso".

La pobreza del superclásico confirmó lo que escribió el mismo domingo Jonathan Wilson en The Guardian. Que hoy "un partido de la Liga argentina o brasileña sorprende por su baja calidad". El artículo lamentaba la quiebra de dos clubes históricos del fútbol inglés (Bury y Bolton) y advertía que la gran riqueza actual de las "marcas globales" que dominan la Premier League contrasta con una desigualdad creciente que afecta ante todo a las Ligas del Tercer Mundo. El fútbol sin lujos y de batalla de nuestras canchas, es cierto, comienza a complicar a De Rossi. Su apuesta por Boca es amor a la pasión del fútbol. Pero, a los 36 años, al italiano le está resultando difícil jugar así. A lo otro, ultras o barras, está más acostumbrado. También a las crisis políticas. La propia Italia busca estos días formar nuevo gobierno tras la derrota sorpresiva del vicepremier Matteo Salvini. Hace solo un año, el hombre fuerte de la derecha era hasta atracción en el Festival de Cine de Venecia. El Festival abrió la última semana. El domingo de superclásico argentino, y de derby romano, en Venecia sobresalió un afiche de un cerdo enorme. Desde lo alto del Lido, el cerdo miraba con aire de superioridad. Anteojos de sol y bikini. Parado sobre un fajo de billetes. Era el cartel que presentaba a The Laundromat, una comedia negra sobre los dineros sucios de los Papeles de Panamá. Cuentas offshore de ricos y poderosos, algunas de las cuales, hoy ya se sabe, alimentan la riqueza obscena del fútbol. Y también su pobreza.

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