En Avellaneda, los hinchas tuvieron su fiesta aparte

Alrededor de 40.000 simpatizantes vivieron el título en la cancha; delirio en el Obelisco
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28 de diciembre de 2001  

Ese cilíndrico duende de hormigón late, vibra, se conmueve. Camino a la cancha de Racing el movimiento es el de un domingo futbolero: banderas, caos de tránsito, vendedores ambulantes, pero... no hay partido. En Liniers están los privilegiados, los que sacrificaron cuerpo y alma durante la venta de entradas. Aquí, en Avellaneda, nadie se resigna por no participar directamente de la consagración. Al contrario, la pantalla gigante es un túnel imaginario, virtual, que transporta a los fanáticos hasta Vélez.

Son cerca de 40.000 personas convocadas en una especie de consuelo. La pantalla es pequeña, apenas de 6,3m por 4,8m, pero es compensada por la potencia del audio, unos 48.000 watts en cada uno de los dos sectores de parlantes que llevan a los oídos racinguistas los relatos de la TV. Está colocada en la tribuna visitante.

El clima es el de un domingo habitual: hay bengalas, bombos, estandartes y se acompaña el ritmo de lo que ocurre en Liniers. Se celebra la salida del equipo, se escucha cada canto proveniente de Vélez y se lo acompaña. “Que de la mano, de paso a paso...”, agasajan al desde hoy prócer Reinaldo Carlos Merlo.

Explotan con el gol de Central e ignoran el vendaval de River; deliran con el cabezazo de Loeschbor y enmudecen momentáneamente con la estocada de Chirumbolo, ese apellido extraño con la camiseta de Vélez.

A pesar de la recomendación de preservar el césped, llegada desde la voz del estadio, se multiplican los invasores del terreno de juego. “Si total no hay partido que suspender”, piensan y saltan alambrados para correr, arrodillarse y esperar el final.

Y 35 años evaporados en esa promesa, de rodillas yendo de arco a arco; en ese treintañero corriendo desnudo (¡sí, sólo tenía puestas medias y zapatillas!); en esa pareja fundiéndose en apasionados besos en el centro de la cancha; en el pibe que guarda pasto bendito en una bolsita que irá derechito a su museo, en los portadores de esa bandera larguísima que dan la vuelta olímpica en medio de la espesa niebla que producen las bengalas.

Se esfuman también las épocas de burlas sufridas. Hay descargas contra Boca, River e Independiente, el vecino odiado, al que se lo recuerda con un ataúd con la sigla CAI, que va de mano en mano. También, una bandera gigante que propone la leyenda “Vamos por la gloria”.

Lástima el desborde de algunos que no se conforman con la genuina emoción y quieren más y más..., y eso significa forzar las puertas de la utilería y saquear (¡término tan tristemente actual!) la ropa deportiva.

Hay fiesta en Liniers, delirio en Avellaneda y... en el mismo Obelisco, ya padrino de cuanta celebración masiva tenga lugar. Epicentro de corbatas, maletines y bocinazos que aturdieron la avenida 9 de Julio, con unos 8000 académicos alrededor del ícono porteño.

Pero en la casa Académica, en Mozart y Corbatta, el jueves se alarga y miles siguen estoicos en la cancha; hay muchos otros que se suman luego de su excursión por Liniers. Mientras, la noche se consume y la disfonía general apenas puede con algunos balbuceos cuando en la pantalla se rememoran los goles de esta campaña. Racing es el universo que reúne al pueblo más feliz, al que no se despega en ese abrazo furioso, de reencuentro, con la alegría.

El éxtasis llegó a Ushuaia

A varios puntos del país se extendió la celebración académica. Con el canal de Beagle de fondo, Ushuaia fue el escenario elegido para el festejo de unos 200 hinchas de Racing. La caravana de autos recorrió la austral ciudad argentina y desembocó frente al puerto.

En Salta, los racinguistas coparon la plaza 9 de Julio y hasta tuvieron apoyo de hinchas de Boca, felices por la no consagración de River.

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