Eran los peores, son los mejores

Daniel Arcucci
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27 de junio de 2002  

SAITAMA, Japón.- Y al fin, en este Mundial, que era el de las sorpresas y que fue el del escándalo, terminó imponiéndose la historia. Tan pesada y tan inapelable como la camiseta de Brasil y como sus individualidades, que necesitarían de un abecedario completo para ser bautizadas, porque no todo pasa por la Fórmula R . No tienen a Pelé, claro; ni a Garrincha ni a Jairzinho, por supuesto; tampoco a Zico y ni siquiera a Romario. Sin embargo, allí están, en la séptima final de su inigualable historia mundialista y gracias al aporte de algunos nombres -más de uno- que le hacen honor a tanta prosapia.

Allí están Rivaldo, Roberto Carlos, Cafú, Ronaldinho o Marcos con su talento, su pegada, su experiencia, su explosión o su seguridad, trascendiendo más allá de las tácticas -todavía se lo acusa a Felipão de un excesivo pragmatismo- y también más allá de las polémicas -jugadores como ellos no necesitan de compasivos arbitrajes para ganar-. Allí está Ronaldo, además y por encima de todos, haciendo posible lo imposible, cambiando dos años (los últimos) de sufrimiento por un mes de felicidad. Allí está Brasil, otra vez, ahora a la caza del récord mayor, el que podría volverlo definitivamente único: el pentacampeonato.

Si fuera posible aislar el presente y el pasado reciente de esa historia que lo avala, bien podría decirse que este Brasil de Ronaldo es sólo una más de las tantas sorpresas que deparó este campeonato. ¿Quién se animaba a darlo como candidato, por alguna otra razón que no fueran sus antecedentes ya algo lejanos, cuando toda esta cuestión del primer mundial del siglo era sólo una promesa y los favoritos respondían a otros colores? ¿Quién se animaba a elegir a Ronaldo, entonces un lesionado en busca de su recuperación definitiva, como el jugador más desequilibrante y más distinto de esta Copa del Mundo?

Tras la victoria sobre Turquía, Scolari contó, con mucha gracia, un encuentro suyo con su colega alemán Rudi Völler tras el sorteo del Mundial, en diciembre pasado. Entonces, se saludaron como dos condenados a muerte a los que sólo les quedaba una posibilidad de perdón: ser finalistas. Ambos cargaban sobre sus espaldas con el peso de dos campañas tan duras como discutidas y habían llegado a la gran cita esquivando la habitual puerta grande que sus equipos conocían: lo habían hecho entrando por la ventana. Se saludaron afectuosamente y se dijeron que, en una de ésas, por las vueltas del fútbol, tal vez se reencontraran en Yokohama, para jugar la final. De los grandes, de los pesos pesados de América del Sur y de Europa, eran los peores; nadie se arriesgaba a la temeridad de afirmar, entonces, que podrían ser los mejores. Hoy lo son y nadie puede quitarles el placer de la revancha.

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