Escándalo

Corea es una fiesta porque está haciendo historia: llegó a las semifinales al vencer a España en los penales (5 a 3), tras igualar sin goles; pero todo quedó superado por otra página negra del Mundial: el arbitro Ghandour no convalidó dos legítimos tantos españoles
(0)
23 de junio de 2002  

GWANGJU, Corea del Sur.– Este Mundial que se empecina en invertir papeles también se fagocitó a España y puso a Corea del Sur en las semifinales. Ya hay que rendirse ante la evidencia de la realidad, frente a un estado de situación que hace aparecer como posible lo que no estaba en los cálculos de nadie. Y como siempre, sin reparar demasiado en los pormenores de la cuestión, un pueblo entero se sumerge de buena gana en un éxtasis que se prolonga.

Pero, claro, sería mucho más fácil poder hablar de este tipo de hechos históricos si se presentaran diáfanos, completamente exentos de maleza. Y la actuación del árbitro egipcio Gamal Ghandour en los cuartos de final de ayer, que ganó Corea 5-3 por penales ante España (0-0 en los 120 minutos), fue un acto fallido más en una lista ya demasiado larga en lo que va de la Copa del Mundo.

La historia insiste en ponerles a los españoles algún obstáculo insalvable cuando les llega la hora de la verdad. Un palmarés que mastica el sabor amargo de no haber logrado aún ir más allá de los cuartos de final ahora tiene que padecer otro sabor: el de la injusticia. Es una verdadera lástima por varios motivos. Uno de ellos no tiene que ver con la suerte de España, sino con el que resultó beneficiado por los dislates arbitrales; es que en el camino previo, Corea había demostrado que poseía recursos como para seguir abriéndose paso por sí solo en el certamen. Que no los haya podido ratificar ante un equipo español firme y aguerrido no le invalidaba los sueños, porque el fútbol suele ofrecer puertas abiertas cuando parecen haberse acabado. La que encontró, además de la vía de los penales, tuvo que ver con la ayuda extra de la no convalidación de dos tantos legítimos de su rival.

Ante una marea roja incansable en el aliento hacia su equipo, España salió con la actitud del boxeador que se toma un tiempo de estudio antes de poner en práctica lo planeado. Los coreanos, como si descansaran en la convicción de que a la larga terminarían imponiendo su resto físico y la insistencia de su ataque, eligieron la paciencia, pero de a poco fueron constatando que necesitarían algo más que eso para superar a un bloque cada vez más convencido.

Cuando España hizo pie, cuando se dijo a sí misma que tenía registrados y bajo control los parámetros rivales, fue por más. Y se adueñó del juego. Tuvo, para eso, un par de pilares fundamentales: Hierro atrás, leyendo el partido con solvencia, y en el medio, además del fervor de Baraja y de Helguera, un Joaquín que por la derecha abrió surcos entre los coreanos cada vez que se lo propuso.

El conjunto de Guus Hiddink no tenía mucho que ver con el de imagen avasallante de otros partidos. Estaba confundido y, además, Ahn y Seol no aparecían. Incluso, esa velocidad temible que tantas veces les sirvió para sacar ventajas no entraba a tallar por el prolijo dispositivo de contención del equipo europeo.

Los vaivenes de la lucha, que también tuvo momentos favorables a los coreanos en medio de tanta tensión y tanta incertidumbre, se mantuvieron hasta el final. Pero al epílogo se llegó después de pasar por un par de situaciones que pudieron haber volcado el festejo del lado español.

Pero la ingrata dinámica de los Mundiales convierte todo esto en historia antigua. España ya piensa en Barajas, y Corea, en Alemania, el martes próximo, en Seúl. Aunque sea injusto.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Deportes

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.