Explosión

Brasil pasó de la tensión inicial a una algarabía generalizada a partir del gol de Ronaldo; hasta el presidente, Fernando Cardoso, salió a hablar con los hinchas
Brasil pasó de la tensión inicial a una algarabía generalizada a partir del gol de Ronaldo; hasta el presidente, Fernando Cardoso, salió a hablar con los hinchas
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27 de junio de 2002  

SAN PABLO.- Fue como una explosión. Los fuegos artificiales, las bocinas, los gritos, se habían mantenido en un silencio tenso durante todo el primer tiempo. Con el gol, en los primeros minutos de la segunda etapa, estalló Brasil y no paró durante el resto del día.

Para los brasileños, el corte de pelo de Ronaldo se volvió lindo, y el equipo criticado hasta el cansancio por su falta de garra se convirtió en "héroe y guerrero" para los medios de comunicación. La terquedad de Felipão se volvió sabiduría, y el sueño del pentacampeonato -frustrado por Francia en 1998-, nuevamente alcanzable. Brasil acababa de convertirse en finalista por segunda vez consecutiva.

"Dios escribe recto a través de líneas torcidas", le dijo a este cronista una vecina, explicando la alegría brasileña: en 1998, cuando parecía que estaba todo listo para ganar el título, la derrota cayó como un balde de agua fría. Esta vez, cuando todos los brasileños preveían un bochorno como el de las eliminatorias, la selección verdeamarela llegó a la final.

"Brasil ganó, hay fiesta en Brasil", gritaba el comentarista, que había perdido hacía tiempo toda imparcialidad. Los festejos se multiplicaron.

En Rio Grande do Sul los gaúchos salieron a las calles mate en mano, aguantando un frío de 5 grados. En Pernambuco, al nordeste del país, la gente salió en ropa de playa a bailar forró , el ritmo de la región. En la urbana San Pablo los brasileños colgaron banderas de las ventanas, lanzaron fuegos artificiales y tocaron bocinas, mientras dejaban los bares y restaurantes en los que habían visto el partido.

En Bahía, los bloques de samba de Olodum hicieron vibrar sus tambores, mientras los bahianos aseguraban que la selección había ganado gracias a la ayuda de los orixás , los santos africanos. En Río de Janeiro, la fiesta fue en Copacabana, Ipanema, Botafogo, Leblón y en la Barra da Tijuca, donde se juntaron 1500 personas frente a una pantalla gigante. En Maranhao, en el lejano norte, salieron a las calles los carros alegóricos del carnaval. En el Chuy y Livramento, en la frontera sur con Uruguay, todos festejaron en las calles, hasta los propios uruguayos, que cruzan para trabajar desde Chuy y Rivera.

Los embotellamientos se multiplicaron por todas las ciudades del país. Eran los que salían a festejar, cruzándose con los que iban a trabajar, en este día mitad laborable-mitad feriado. Pero era imposible saber quién era quién. Ir a trabajar con la camiseta de la selección y témpera amarilla y verde en la cara estaba permitido ayer hasta en los bancos. No se podía diferenciar: eran todos hinchas fanáticos.

Tras la tensión, los brasileños querían festejar. Querían comentar la imagen de Denilson siendo rodeado y perseguido por cuatro camisetas rojas, que se convirtió en una de las más repetidas por la televisión. O hablar de Ronaldo, que hizo entrar la pelota en el arco turco con un puntazo afortunado y de rastrón. O imitar al 9, colocando los dientes para afuera como un conejo.

Querían hacer planes para el domingo o imaginar cómo será enfrentar por primera vez a Alemania en toda la historia de los mundiales.

Hasta el presidente, Fernando Henrique Cardoso, dejó de lado su estilo de profesor y salió del Palacio de la Alvorada (la Casa de Gobierno) para conversar con los hinchas, que le entregaron una camiseta de la selección.

"Tenemos raza, pero por ahora no podemos colocarnos tacos altos. " Ponerse tacos altos es una expresión brasileña que podría traducirse con otra argentina: agrandarse . Porque si no, después a tristeza nao tem fim . Y el recuerdo francés aún está fresco.

En la Argentina también se gritó

Garotas. Samba. Caipirinha. Como si se tratara de un bar en pleno centro de Río de Janeiro, pero en Buenos Aires. Ayer, cientos de brasileños festejaron la clasificación de su seleccionado para la final del Mundial de Corea- Japón en varios puntos de Buenos Aires.

Desde temprano, en la disco Maluco Beleza, en Rodríguez Peña y Sarmiento, alrededor de 300 brasileños con camisetas del equipo verdeamarelo , gorros y bombos se juntaron para seguir el encuentro frente a una pantalla gigante. Esta vez no hubo café ni medialunas. Sólo cerveza y tragos con alcohol.

En Recoleta, en el bar Locos por el Fútbol, unos 150 hinchas también vibraron con las jugadas de Ronaldo y Rivaldo.

Allí, hubo algunos roces con un grupo de simpatizantes turcos que se había acercado al lugar para seguir el encuentro. Pero después, según explicaron, los hinchas de ambos países se calmaron y volvieron a la tranquilidad.

"Parecía que se iban a pelear. Un turco le dijo a un brasileño: «Soy turco y te voy a matar«, pero después no pasó nada más y se calmaron", dijo Marcela, encargada del lugar.

También hubo fiesta en el local del mismo nombre situado en Caballito, donde se juntaron 50 hinchas con camisetas verdes y amarillas.

En World Sport Café, de Junín y Vicente López, la torcida brasileña fue llegando de a poco. Gustavo Castañeda, encargado de las relaciones públicas del bar, comentó que "al principio había 50 personas, pero en el entretiempo se sumaron muchas más. En total hubo 120". Y agregó: "Me llamó la atención que pidieran cerveza en lugar de café".

A las diez y media comenzó el carnaval de los brasileños. En Japón, a miles de kilómetros, el seleccionado de Luiz Felipe Scolari derrotaba a su similar de Turquía por 1 a 0 y generaba gritos y festejos en distintas partes. En las calles de Saitama, en Japón, en Río de Janeiro y otras ciudad de Brasil y en Buenos Aires.

Entonces, el samba y la música carioca ocuparon la escena. Aquí y allá. En la porteña Maluco, Jorge Augusto, moreno, de 33 años e hincha de Flamengo, apostaba: "Vamos a salir campeones".

La mayoría, pese al frío que se sentía afuera, festejaba el triunfo con el torso desnudo. "Beleza", gritaba Geremías, que se había pintado la cara con los colores de la bandera de Brasil.

Sobre el escenario bailaba Kelly, que no se preocupaba por ocultar su cuerpo (casi) y sonreía mientras festejaba con sus amigos.

Entonces, todos gritaron "Pen-ta-cam-pi-on", mientras abrían y cerraban los brazos como si estuviesen en el Maracaná. "Voçé no entiende, Brasil es pasión", decía Roque, al tiempo que agitaba una bandera y bailaba.

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