Fútbol moderno, ese que se juega con los pies y no con los abdominales

El entrenador alemán Jürgen Klopp, campeón de Europa dirigiendo a Liverpool.
El entrenador alemán Jürgen Klopp, campeón de Europa dirigiendo a Liverpool. Crédito: DPA
Ezequiel Fernández Moores
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5 de junio de 2019  • 00:41

Once días antes de la final, Mauricio Pochettino hizo caminar a los jugadores de Tottenham descalzos sobre las brasas, mientras partían una flecha con la fuerza de la garganta. Pisaron con fuerza. Sin arrastrar los pies para evitar heridas. Sabiendo que el primer paso era el más difícil. La mente como fuente principal de energía. Las crónicas desde Londres cuentan que su colega Jürgen Klopp , contratado en 2015 por Liverpool por el informe de un doctor en física que no vio imágenes de sus partidos sino que analizó números, entrenó a su vez, entre otras, una jugada de fútbol americano. Salida del medio hacia atrás y jugadores que parten como rayos al campo rival para recoger el pelotazo. Volvió a hacerlo el sábado. Hubo rebotes. Y a los 23 segundos el penal tonto. A partir de allí, el partido más esperado del año fue un plomo. La vitalidad de Liverpool y Tottenham había brillado semanas antes en las semifinales más extraordinarias de la Champions League . Por contraste, la final fue un bodrio. Un show atlético sin gambetas, amagues ni engaños. Sin fútbol.

En pleno partido, un comentarista recordó una viejísima frase del expremier laborista Harold Wilson sobre la gran expectativa y ansiedad ante una noche de bodas. "Si falla la magia -decía Wilson- hay que regresar a lo básico". Otro recordó al Arsenal de los setentas, cuando, influenciado por la Holanda de Johan Cruyff, abandonó su estilo rocoso y experimentó el "fútbol total". Hasta que los rivales, ya alertados, comenzaron a sorprenderlo de contragolpe. Los alentadores 4-0 a favor pasaron a ser 0-4. Y Arsenal dejó de jugar entonces al "fútbol total". Volvió a jugar al fútbol. Algo parecido sucedió el sábado en el Wanda Metropolitano. Tras el penal precoz, la gran final europea pasó a ser un clásico partido del viejo y combativo fútbol inglés. En las semifinales, el fútbol físico y veloz de Liverpool y Tottenham había brillado favorecido porque sus rivales, Barcelona y Ajax, salieron a jugar. Pero en la final, más parecidos entre sí, Liverpool y Tottenham chocaron sin hacerse daño. "Puro pelotazo, parece rugby", me observó furioso un colega. Pero ya ni siquiera el rugby se juega así.

Fue la final más limpia desde que la Champions inició su formato actual, en 1992/93. Hubo apenas 11 fouls. Y el árbitro no sacó una sola tarjeta en todo el partido. Tanta limpieza, VAR incluido, no tiene por qué garantizar el buen juego. Como tampoco garantiza nada tirar más veces al arco, tener más la pelota, pasarla más y ganar los duelos. Todo eso hizo Tottenham, seguramente apremiado por el rápido 0-1. Pero perdió. Liverpool fue el campeón con menos posesión desde el Inter de José Mourinho en 2010. Su número de pases acertados fue más bajo que cualquier otro equipo de la Champions. Cansado de perder finales, Klopp postergó parcialmente su fútbol de heavy metal. Sus jugadores no dejaron de correr ("He will never run alone", se burló un hincha), pero Liverpool durmió el partido. Dejó todo en manos de Pochettino, que atacó demasiado tarde. Incumplió acaso una frase de Frank Underwood que él mismo cita en su libro biográfico (Un mundo nuevo): "Perdió, pero jugó para ganar".

La final más limpia de la Champions en su formato actual, con 11 fouls y sin tarjetas, no garantizó el buen juego: fue un bodrio

Klopp -¿qué duda caber?- es uno de los DT más fascinantes de estos años. Asombró el lunes pasado, cuando dijo a Channel 4 que detesta a los políticos que "trabajan para que la gente tenga miedo del futuro". En febrero pasado, después de algunos resultados adversos, avisó que bajaría una marcha. "Algo cambió en el mundo del fútbol y tenemos que adaptarnos", dijo. El fútbol es cíclico e impredecible. Bien lo sabemos en Argentina. El Gráfico recordó días atrás su centenario. La portada de su último número de enero de 2018 que celebraba a Ariel Holan, el DT de los drones. Holan acaba de ser despedido y Néstor Gorosito, nuevo DT campeón (campeón y descendido, esto es Argentina), se ríe de la modernidad y gana con toque y pelota al piso (no en la final). El fútbol moderno impone que todos corren y todos juegan. Todos defienden y, supuestamente, todos atacan. No hay manta corta. Uno decide hacia dónde la corre. El pase vale más que una gambeta. "Es que ya no hay potreros, ahora hay escuelitas", me avisa Fernando Signorini. Hay menos engaño. Como el de aquella vieja instrucción de boxeo: "Hacé que vas, no vayas y andá".

Sin tiempos, obligados a ganar rápido, los equipos privilegian propuestas físicas al entendimiento del juego. Gana la presión a la técnica. El músculo al talento. Correr a jugar. "Un fútbol más reactivo -me dice Ignacio Benedetti, de la gran revista digital "The Tactical Room"- que proactivo". Todo, eso sí, es más intenso. Uniformizado y sin espacio para el arte individual, que es siempre más inestable. El sábado, en la previa del partido, la UEFA homenajeó a José Antonio "La Perla" Reyes, el crack que se mató horas antes, manejando a más de 200km/h. Lo describían los técnicos que lo tuvieron de pibe y lo hicieron debutar con 16 años en Sevilla: "Tenía el color moreno de los artistas hechos en la calle". Y un diario recordó una vieja entrevista. "Al fútbol -decía La Perla Reyes- se juega con los pies, no con los abdominales".

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