De Cubero a Almada: Heinze lidera a un Vélez que unió generaciones y recuperó la identidad

Román Iucht
Román Iucht MEDIO:
Fuente: FotoBAIRES
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29 de diciembre de 2018  • 10:21

Fabián es un hombre maduro de cuarenta años. Si bien sabe que la batalla ante el paso del tiempo está perdida, se resiste con armas nobles. Tiene un físico privilegiado y aunque los tiempos del fútbol actual requieren de una velocidad que lo abandonó hace un tiempo, suple sus carencias con oficio, liderazgo y experiencia. Dentro de un grupo de jóvenes siempre es importante contar con un referente que pueda guiar al resto a partir de sus ejemplos. La voz de Fabián, particular en su timbre por cierto, es escuchada por todos y desde su lugar busca sumar para aportar a la causa. Sabe que el final está cerca pero acompaña y apoya.

Thiago es un "centennial". Desde el desparpajo de sus 17 años juega con la misma frescura con la que vive su adolescencia. Es el primer chico modelo siglo XXI que debutó en el equipo profesional. Lo recomendable en estos casos es sumarle minutos progresivamente y es lo que hace su entrenador, pero su nivel y sus resultados cuando ingresa al campo son tan elocuentes que es imposible no soltarle la rienda. Los hinchas lo adoran y descubren en él un potencial a desarrollar verdaderamente fascinante. Es "el futuro".

Thiago Almada, el chico sensación que asombra en Vélez.
Thiago Almada, el chico sensación que asombra en Vélez. Fuente: FotoBAIRES

Fabián tenía 22 y ya era campeón mundial juvenil y de Primera División cuando nació Thiago. Fabián llegó al mundo pocos meses después de la obtención del Mundial '78. Thiago nació algunos antes de la crisis que hizo estallar a la Argentina a fines de 2001. Un se crió cerca de la arena de la costa de Mar del Plata y al otro le tocó atravesar las calles de Fuerte Apache.

Fabián es Cubero. Thiago es Almada. Juntos convivieron en el plantel de Vélez modelo 2018, en un año que se termina pero que le dejó al Fortín la recuperación de su identidad y sus pilares fundamentales.

Un año atrás, Vélez estaba angustiado con sus números. Su promedio era flaco, sus resultados habían sido desparejos y mediocres y la amenaza de la pérdida de la categoría era palpable. Era necesario renovar, confiar definitivamente en un proyecto serio y no fallar en la elección del entrenador.

Doce meses después, Gabriel Heinze transformó todo. Su equipo tiene identidad, su promedio es más que aceptable, su lugar en la tabla de la Superliga lo invita a soñar con el ingreso a las copas internacionales y lo más significativo es que esa identidad que lo distinguió como institución durante tanto tiempo está absolutamente reestablecida.

Lucas Robertone es uno de los proyectos que consolidó Heinze.
Lucas Robertone es uno de los proyectos que consolidó Heinze. Fuente: FotoBAIRES

El equipo es la fiel representación de la idea futbolística de su entrenador. Presión intensa para recuperar, mucho movimiento para ofrecer alternativas de pase cuando se dispone de la pelota y llegada masiva de laterales y medios. El técnico busca innovar permanentemente y la posición de Gastón Giménez como salida en el inicio de cada acción, o en el centro del campo para distribuir desde una altura distinta, es el mejor ejemplo.

Así y todo no fue un año fácil. La salida de Mauro Zárate trajo aparejados distintos ensayos alrededor de la zona del centrodelantero y la inminente llegada de Leandro Fernández, sin lugar en Independiente, parecería ser la respuesta final que el técnico encontró luego de estos meses de prueba con el personal que tenía dentro del grupo. Las convicciones de Heinze quedaron graficadas en su persistencia para ubicar a Jonathan Ramis y sostenerlo aun a costa de pequeños chispazos con algunos hinchas. Al final el entrenador los convenció desde los resultados, pero lejos de la necedad buscará otras opciones.

Chicos como Brian Cufré, Nicolás Domínguez, Lucas Robertone o Matías Vargas han logrado la consolidación tan necesaria y otros como Guido Mainero y Álvaro Barreal van sumando minutos para darle al club un capital genuino y muy valioso.

Los fantasmas y las angustias parecen haber quedado en el pasado. Por Liniers volvió el orgullo de pertenecer y el pasaporte del deseo para soñar a lo grande. Ese que conoció Fabián y ahora disfruta Thiago. Ese que pueden compartir juntos. Porque la identidad no tiene límites de edad y atraviesa al paso del tiempo.

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