Huracán: impuso personalidad para ser el patrón del barrio

El conjunto de Brindisi venció por 1 a 0 a los suplentes de San Lorenzo, con un tanto de Emanuel Villa, y por primera vez ganó el clásico en el Nuevo Gasómetro
Cristian Grosso
(0)
10 de diciembre de 2001  

Hay triunfos pasajeros. Esas alegrías domingueras que el hincha sabe que deberán ser revalidadas en la fecha siguiente para sostener una verdadera ilusión. Y en eso andan este irregular Huracán y su gente. Pero si esa explosión de júbilo justo se produce en el clásico, el goce y el alivio se combinan en mágica complicidad. Entonces la satisfacción es doble. O tal vez triple. Porque el conjunto de Parque de los Patricios tuvo carácter para animarse a ser el patrón del barrio , para extender a más de tres años su racha sin caídas frente a San Lorenzo y, para completar un mediodía ideal en el Bajo Flores, llevarse la primera victoria de su historia en el Nuevo Gasómetro.

Será porque San Lorenzo y Huracán nacieron para dividirse que las alternativas del encuentro se alternaron según la bisagra del entretiempo. San Lorenzo prácticamente presentó su reserva, una formación alternativa que protegió a esos titulares que se debaten entre el sueño del bautismo internacional en la Copa Mercosur y los reclamos por las reiteradas demoras económicas. La atrevida sociedad entre los piques de Roberto Cornejo y la creatividad de Leonardo Di Lorenzo manejó el ritmo de aquella primera etapa. Y con solvencia.

El termómetro del clásico obedecía a la actitud protagónica de los locales. Incluso, rápidamente llegó a un gol de Cornejo que el árbitro Héctor Baldassi anuló por una plancha previa de Leo Rodríguez. El desconcierto mantenía esclavo a Huracán y sus precauciones. Pero los dirigidos por el chileno Manuel Pellegrini empezarían a pagar muy caro la falta de peso ofensivo. Los cuidados recorridos que San Lorenzo ofrecía para el manejo de la pelota nunca se transformaban en una inquietante presencia sobre los dominios de Martín Ríos.

Cuentan que el miedo a perder produce amnesia. Y en la etapa final San Lorenzo se olvidó de la audacia mostrada en aquellos anteriores 45 minutos. Y hubo un gesto extra: Miguel Angel Brindisi se diferenció de los entrenadores represivos de hoy. Le inyectó agresividad a la propuesta del desinflado Globo y con el cambio de Emanuel Villa por Ramón Antonio Ortiz adelantó a todo el equipo, sumó peso ofensivo en el área azulgrana y alimentó el circuito creativo con el retraso de Derlis Soto para que se asociase con Lucho González.

Con diez minutos en la cancha Villa justificó el cambio de Brindisi. Derlis Soto le ganó de cabeza a Leandro Alvarez para bajar un centro de González y el delantero visitante superó el achique de Ramírez. Pero, antes de la apertura, la metamorfosis quemera ya lo había obligado al arquero de San Lorenzo a tapar un mano a mano con Karim Adippe. Es verdad que el enroque de apellidos le dio la razón a Brindisi, pero la apuesta del técnico fue más allá de un circunstancial ingreso salvador. Y esto enseguida se tradujo en un Huracán diferente. Ahora, con el impulso de una renovada apariencia, resuelto a imponer las condiciones del juego.

Es cierto que el gol hace milagros en el estado de ánimo. Y ese equipo que parecía ofrecer sus jirones se volvió dominante. Y la hegemonía de San Lorenzo se esfumó en desprolijidades e impotencia. Las sucesivas sustituciones no acercaron soluciones y tampoco pareció acertada la decisión de Pellegrini de recostar durante todo el cotejo la conducción de su equipo en la lentitud de Leo Rodríguez.

Los locales no supieron asegurar en la red su momento favorable. El control de Huracán sí encontró fidelidad en el arco de enfrente. Incluso, Derlis Soto y Cristian Fernández dilapidaron dos ocasiones para sentenciar el clásico. San Lorenzo se perdió en su anarquía creativa. Y cuando los azarosos imponderables del fútbol -y vale apuntarlo porque detrás no hubo un sustento colectivo que justificase las oportunidades- lo dejaron dos veces en posición de gol a Maximiliano Bevacqua, el delantero resolvió muy mal para posibilitar las atajadas de Ríos.

Cuando Huracán archivó los temores se las ingenió para desnudar que tan alternativo era este San Lorenzo. Asumió riesgos y así se adueñó de su primer clásico en el Nuevo Gasómetro. Con el peso de la personalidad. Con la altanería del que se siente el patrón del barrio.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Deportes

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.