Inimitables

En un Mundial chato y devaluado, Brasil saca ventaja con algo que el resto no tiene: individualidades que definen partidos; así, con un gol de un inspirado Ronaldo, le ganó 1 a 0 a Turquía
Claudio Mauri
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27 de junio de 2002  

SAITAMA, Japón.- Con la naturalidad del que se siente superior y sabe que 90 minutos son más que suficientes para demostrarlo aunque sufra sus propias intermitencias, Brasil ratificó su condición histórica de jerarca internacional al ganarle por 1 a 0 a Turquía y clasificarse finalista y definir el título el domingo próximo, desde las 8, con Alemania.

En un Mundial bastante gris en materia de grandes individualidades, Brasil es distinto porque cuenta con esos hombres que le dan un salto de calidad, capaces de decidir un partido. El equipo de Scolari, por más que responda a un esquema táctico, exalta los valores universales del fútbol, los que permiten seguir distinguiendo a los buenos equipos: pase, gambeta, decisión y remate.

Dentro del nuevo orden mundial, la genética futbolística de Brasil sigue siendo inimitable. Y, por eso, para muchos rivales se mantiene inalcanzable, como para esta laboriosa y sacrificada Turquía. Así accedió a su tercera final consecutiva -la séptima en su presentismo absoluto en 17 campeonatos-, cabalgando sobre la clase probada que Ronaldo, Rivaldo y Roberto Carlos desplegaron en una semifinal que siempre pareció más cerca de la riqueza individual de los sudamericanos que del esfuerzo colectivo de los turcos.

Hubo mundiales, como los de 1950 y 1982, en los que el destino parecía querer compensar la abundancia de Brasil y lo limitaba con arqueros poco confiables. Ahora ni ese punto flojo exhibe: Marcos, como ya había ocurrido ante Bélgica, tuvo un par de intervenciones clave, con incidencia directa sobre el resultado. Al principio, para tapar un cabezazo de Alpay, y ya más cerca del final, para reaccionar en gran forma en un remate de Sukur dentro del área. Brasil incorporó aspectos de la modernidad. Su control de la pelota no es cadencioso, ni arma una cadena de toques para romperle los nervios al rival. No distrae con el balón, arremete con su profundidad. Lo suyo pasa por la explosión, por el increíble desnivel que anuncian algunas individualidades. Cuando Lucio sale lo hace como un tractor; cuando Roberto Carlos enciende la turbina, da la impresión de que se comerá el mundo; cuando Rivaldo apunta al arco abre grietas; cuando Ronaldo se hamaca a los defensores se les mueve el piso.

No resultó una victoria con todas las luces -distinción que nadie puede arrogarse en este Mundial-, pero sí justa, con el lujo de haberla conseguido a pesar de no contar con el suspendido Ronaldinho (volverá en la final), que ya se había hecho un lugar en la elite de los decisivos de este equipo. Su reemplazante, Edilson, dejó poco más que el detalle de un artístico pase de pecho, de esos que se cultivan en los partidos de fútbol-voley en las playas de Río de Janeiro.

Tiene lagunas y no es arrollador este Brasil; por momentos parece que no le gusta mandar en los partidos, se hace el esnobista conservador y se repliega demasiado para defender una ventaja mínima o peca de egoísmo y displicencia para resolver situaciones favorables. A Turquía le quedó la dignidad, pero no mucho resto para extender una campaña inédita por las energías que le consumió y por la satisfacción que debería quedarle como balance general.

Hubo sólo un gol de diferencia, pero la brecha entre el potencial ofensivo de uno y otro fue mayor. Siempre resultó más insinuante Brasil, que necesitó que Turquía llegara primero para reaccionar enseguida con un estiletazo de Cafú (buena asistencia de Ronaldo) y otro de Rivaldo. El arquero Rüstü se convirtió en el escollo más duro para Brasil, que igual mantuvo intacto ese sexto sentido para marcar en un momento oportuno -el arranque del segundo tiempo, como ante Inglaterra-, antes de que la desesperación fuera ganando terreno.

El tanto vuelve a hablar del estado de gracia por el que atraviesa Ronaldo, que recuperó la confianza y el gusto para imponer su potencia y plasticidad. En el gol hay que darle crédito a la aceleración de Gilberto Silva como actor secundario. Ronaldo recibió el balón y, cuando los zagueros intentaron encerrarlo, se balanceó para un lado, salió para el otro y sacó un puntinazo rústico, pero que lo mostró como un goleador de raza. Después Brasil esperó y despilfarró algunas contras. Licencias de un fútbol que conserva el encanto de la espontaneidad, la cual le será indispensable ante una Alemania que le disputará la gloria con la fuerza de choque de su robusta maquinaria.

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