Fiesta Monumental: la conquista de la Copa Libertadores que River celebrará toda la vida

La fiesta de River campeón
La fiesta de River campeón Fuente: Reuters
Sebastián Torok
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23 de diciembre de 2018  • 23:59

No existe mayor alegría que la alcanzada después de haber padecido el infierno. No hay reconstrucción más valiosa que la conseguida después del derrumbe. No hay satisfacción más emotiva que recuperar la identidad luego de haberse mirado al espejo sin reconocerse durante un tiempo –exiguo, durante el paso por la B Nacional–. Tampoco hay desahogo más trascendente que el logrado después de ganar el trofeo soñado miles de veces, mucho más si la batalla final es contra el enemigo máximo. River logró la cuarta Copa Libertadores de su rica historia hace un puñado de días, el 9 de diciembre, en Madrid. Y lo hizo frente a Boca, en el partido más importante de la historia del fútbol argentino a nivel clubes. Todo lo demás quedará en segundo, tercer plano. Nada se compara con semejante victoria. Nada. Por ello el festejo desde el aeropuerto de Ezeiza a Núñez; por ello la fiesta en el corazón del Monumental. Por más que el paso millonario por el Mundial de Clubes haya sido frustrante. Nada podrá borrar lo sucedido en el Bernabéu.

La tarde más esperada en Núñez: los festejos por la Copa

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El 9 de diciembre de 2018 será un día en el que todos los hinchas de River (también los de Boca) recordarán dónde vieron el partido, a qué santo le rezaron, cómo estaban vestidos, cuántas uñas de la mano les quedaron sanas, de quiénes estaban acompañados. Representa un acontecimiento extraordinario que nadie podrá olvidar. El 3-1 del equipo dirigido por Marcelo Gallardo frente al –por entonces– conducido por Guillermo Barros Schelotto dejó una huella. Por ello la efervescencia de los miles de hinchas que en el penúltimo domingo de 2018 transformaron las calles de Núñez en un hormiguero; por ello la emoción y la euforia de los 60.000 simpatizantes que poblaron el Monumental, el gigante de concreto que el 24 de noviembre, tras los piedrazos al ómnibus xeneize, se quedó sin desquite.

Cinco pantallas gigantes (cuatro dentro de la cancha y la habitual del viejo cartel ubicado en lo alto de la tribuna popular local) descargan imágenes, una tras otra, explosivas, de los goles millonarios durante la inolvidable campaña en la Copa. Los parlantes también expulsan el relato, al borde del llanto, de Atilio Costa Febre, el histórico relator de la campaña de River. En la parte superior de la tribuna Centenario una Copa Libertadores inflable de 10 metros, con la leyenda "El más grande la historia", se balancea al ritmo de la música que arroja un DJ en vivo. Las lágrimas humedecen los ojos de los adultos y de los niños; de los que idolatraron a Ramón Díaz, Francescoli, Ortega, Saviola, Barovero y Funes Mori; de los que admiraron a Ermindo Onega, Funes, Alonso y Alzamendi; y de los que se encandilan con Ponzio, Armani, el Pity Martínez y Gallardo. Toda la historia sobre la mesa en un mismo escenario.

Fuente: LA NACION - Crédito: Jorge Vidal

Es la fiesta del campeón. Hay luces, fuegos artificiales. Hay agitación y cosquilleos. Están, recién llegados desde Dubai, los ganadores de la Libertadores. Hay exjugadores del club. Están todos. "¡Dale campeóóónnn, dale campeóóónnn, dale campeóóónnn!", rugen las tribunas. El público se enrojece las manos aplaudiendo la aparición de cada futbolista, uno por uno, al estilo NBA. "¡Gracias por esta alegría, por ganarle a Booooca, por salir campeóóónnn!", se grita. Se pide, cuando aparece una de las joyas: "¡Palacios es de River, de River no se va…!". Se grita muy fuerte por Scocco, por Enzo Pérez, por Pinola, por Maidana, por el gran capitán (Leo Ponzio). Milton Casco, muchas veces cuestionado, pero ya muy consolidado entre los titulares, se endulza los oídos con una ovación. El exarquero Sergio Goycochea, en funciones de locutor, presenta a Pratto; el delantero de los goles en la final frente a Boca surge entre las luces y sus compañeros le rinden honores. Hay más aplausos, esta vez dirigidos al cuerpo técnico de Gallardo. Y el último en aparecer es, precisamente, el Muñeco, el líder, uno de los mejores entrenadores de la historia del club rojiblanco. Lo hace portando el trofeo. El estadio, literalmente, se viene abajo. No hay palabras. Solo felicidad.

El mejor recuerdo: la ruta de River hacia la Copa

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Gallardo agarra el micrófono y, por primera vez en la tarde/noche, el público enmudece. Solo quiere escuchar a su guía, a su luz. Y Gallardo le da el gusto. Le agradeció a la dirigencia por confiar en él y dijo: "¿Se acuerdan que dije que íbamos por más? No solo fuimos por más, sino que ganamos la final más soñada del mundo". Explosión, otra vez. Y vuelta olímpica arriba de un ómnibus descapotable. Las lágrimas corren por las mejillas.

Es una noche imborrable. ¿Falta algo? Claro que falta algo. Al Pity Martínez, el hombre al que le costó entrar en el corazón del público y se termina marchando en una transferencia millonaria a EE.UU. como ídolo riverplatense, le alcanzan una pelota en el centro de la cancha. Hay una suerte de camino luminoso hacia el arco que da a la tribuna Sívori. Y el número 10, autor del tercer gol frente a Boca en Madrid con una carrera maravillosa, lo reproduce, lo recrea en vivo acompañado por decenas de chicos y por sus compañeros. Y los hinchas vuelven a viajar en el tiempo, a abrazarse. A llorar. Inolvidable. Para toda la vida

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