Jugar bien al fútbol, el remedio que Boca se resiste a probar

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Fuente: AFP
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26 de octubre de 2019  • 23:59

No soy muy amigo de las revoluciones o destrucciones sistemáticas. Tampoco de los cambios bruscos atados al último partido o la última eliminatoria. Por el contrario, creo que el rumbo institucional y deportivo de un club pasa por tener una orientación clara, un camino definido. A partir de ahí se trata de estrechar la búsqueda para delinear los entrenadores y jugadores que vayan en esa línea, incluso continuar en ella si existe la convicción de que es la más viable para alcanzar las metas propuestas, sin mutar en función de si entra o no la pelota que pega en el palo.

Las opciones deportivas, perder o ganar, no deberían generar grandes traumas, incluso aunque sean tropiezos repetidos ante el mismo adversario. Ningún deportista de verdad se queda diez meses lamentando por lo que sucedió y sin mirar para adelante.

Boca está ante un hecho excepcional: todo lo que ha soñado y diseñado se lo ha llevado su máximo rival. Es la consecuencia final de una serie de hechos -una gestión llena de promesas, técnicos y jugadores que se han ido a mitad de camino, un patológico estado de locura y obsesión.-que ameritan un estudio profundo de las causas que los produjeron. Hacer un diagnóstico certero es la tarea que tienen por delante quienes hoy conducen el club o quienes lo conducirán mañana.

Por mi parte, tengo mis conclusiones personales. Entiendo que las necesidades y la exigencia de un público fanatizado pueden nublar la vista, pero considero que la cautela y el temor no son la receta adecuada para iniciar una reconstrucción después de un golpe duro como lo fue la derrota en Madrid. Muy por el contrario, la más confiable para alcanzar los objetivos siempre será jugar mejor al fútbol. Para eso se debe intentar que en las estructuras que influyen en lo que pueda ocurrir en la cancha -dirigentes, entrenadores, futbolistas- haya gente que sepa cómo hacerlo.

La primera irresponsabilidad, la primera perversión es creer que no jugando se tienen más probabilidades de ganar. Resulta muy fácil contar victorias casuales o por el simple peso específico de tener mejores jugadores. Incluso alienta la demagogia. Pero la comodidad de los triunfos y el pragmatismo de creer que para conseguirlos basta con defender el arco propio puede hacer que no se tenga en cuenta la psique del futbolista, que se olvide qué siente cuando se le dice que es menos, cuando el entrenador no lo incita a jugar y lo llena de especulaciones, alejándolo de la pelota y del protagonismo.

Fuente: AFP

Saber y conocer profundamente la mente del deportista, fundamentalmente la del futbolista que cumple determinados roles pasa entonces a ser trascendente, y dudo que haya tanta gente que conozca su verdadera naturaleza, lo que necesita para sentirse feliz y rendir más.

No es lo mismo para Tevez, Zárate o Mac Allister recibir 25 pelotas por partido a espaldas del lateral o el 5 rival que recibir tres. Este tipo de jugadores precisan que su creatividad se vea estimulada con el juego. Más aún en un equipo con responsabilidades mayores. La conciencia de que en cada partido solo le van a llegar tres pelotas en condiciones hará que se la juegue aunque no sea lo más apropiado o, al revés, que no arriesgue por miedo a perderlas y se vuelva un funcionario.

El martes, Wanchope Ábila recibió un muy buen centro en el arranque del segundo tiempo y perdió la opción de quedar mano a mano con Armani porque falló en el control. Se tiende a suponer que alguien que juega en Boca tiene que aprovechar la que le llega, y no, no es así, sino todo lo contrario. El equipo debe generar las condiciones para que ese jugador sepa que incluso puede equivocarse porque le llegarán otras. Será ahí cuando adquiera la calma para resolver con soltura y tranquilidad.

Entrenar jugadores de un equipo grande no es para cualquiera. Es difícil de entender que para llegar a ser técnico de Boca basta solo con defender acumulando gente, contraatacar y tirarle pelotazos al 9. Eso está al alcance del director técnico mundano. A favor de Gustavo Alfaro cabe decir que en diez meses de trabajo y con la urgencia desmesurada de conseguir resultados es entendible que haya intentado tomar atajos. Pero esos atajos tienen que contemplar que la gran obra de un entrenador se ve en el enriquecimiento de sus jugadores, y durante su etapa solo se han enriquecido los de atrás: el arquero, los centrales y si acaso Marcone. Nadie más.

El fútbol ha evolucionado, y hoy más que nunca debe ser jugado. Eliminar capas del juego sosteniendo que la eficacia la darán la entrega y el fervor que tanto admira el público xeneize o que se encontrará en un par de acciones sueltas es tentar a la suerte. Obligado por el escenario, Boca fue hacia adelante el martes. Lo hizo a los ponchazos, sin ingenio, sin pautas de juego, sin nada que indique que el equipo tenía ensayado algo para distraer y sorprender, que son las claves para atacar.

Comprender que las causas de las recientes frustraciones de Boca se esconden en los valores del juego sería un gran paso para empezar a sacudirse la ansiedad y las obsesiones. En el fútbol, nada garantiza la victoria. Sin ninguna duda, jugar bien aumenta mucho las posibilidades de lograrla.

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