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No es ningún misterio que el futbolista argentino se acomoda a cualquier hábitat, pero lo que usualmente reflejan las páginas de los diarios habla de quienes emigran hacia el circuito tradicional: Europa, México, tal vez algún país sudamericano. Ese es sólo un costado de la historia. Existe otro, menos vinculado con el superprofesionalismo y más cerca de las necesidades cotidianas. También, en particular en el caso en cuestión, infinitamente más exótico.
Cuando tenía 27 años –hoy tiene 29–, el recorrido de Mauricio Luis Giganti en el mapa del fútbol ya registraba pasos por Chile y Costa Rica. Gracias a esa incipiente costumbre itinerante, no se asustó, ni mucho menos, cuando alguien le propuso un desafío mucho más lejano: Vietnam. Acostumbrado a evaluar las cosas desde la practicidad a la que lo impulsaban sus necesidades y las de su familia, Mauricio examinó la oferta con toda seriedad. Lo consultó con su esposa, Silvia González, con quien ya tenía dos bebes: Vicente –hoy, de 3 años– y Lorenzo, un año menor. Y a comienzos de septiembre de 2003 tomó una decisión de la que hoy está más que satisfecho: sumarse a LG Hanoi ACB, de la remota liga vietnamita. En la determinación hubo razones de sobra: “Yo estaba en Buenos Aires y las cuentas no me cerraban. Tenía que alquilar, viajar... Y el clima de inseguridad no me gustaba nada, por los chicos. Ganaba 1700 pesos y gastaba 600 sólo en alquiler: la plata no me alcanzaba. Y tenía una familia que mantener. Lo hablé con mi esposa y ahora estoy contento de la decisión que tomé. En la Argentina no había futuro para mí”, le cuenta a LA NACION desde el otro lado de la línea telefónica.
Cuando se embarcó hacia ese destino desconocido, Giganti tenía amasado un currículum de obrero en el fútbol: a los 15 años dejó su General Pico natal rumbo a La Candela, hogar de las inferiores de Boca. En 1996, Carlos Bilardo lo promovió al plantel de primera, pero nunca llegó a jugar; del club xeneize iba y volvía en sucesivos préstamos: Almagro, Atlanta; Unión Española, Provincial Osorno, Deportes Melipilla (Chile), Municipal Liberia (Costa Rica). Tal vez nunca pensó que su carrera se iba a estabilizar en un país tan extraño. “En el torneo que terminó a mitad de este año, salimos terceros, y yo terminé con diez goles. Ahora vamos sextos y llevo siete. El presidente me quiere renovar por dos años más”, comenta.
Pero ¿cómo se adaptó un joven que creció en la tranquilidad pampeana a una sociedad tan diferente? Con más facilidad que la que podría suponerse. “La ciudad donde vivimos [Hanoi, la capital] es segura. Tenemos una linda casa, con patio, cosa muy difícil de conseguir porque acá el terreno es carísimo. Los chicos están cómodos. Y yo hablo un poquito de vietnamita, que es bien complicado.” ¿Suena increíble? Tal vez. Más lo son algunas pinceladas de la sociedad vietnamita que traza Giganti. “Este es un país socialista, con una cultura y costumbres muy diferentes de las nuestras. Vas a comer y ves que la gente consume carne de mono, perro o serpiente. Nosotros comemos mucho pollo, pero además vamos al único supermercado extranjero que hay en Hanoi, donde hay que pasar con una tarjeta especial que entrega el embajador. Ahí conseguimos carne argentina y otros productos de nuestro país. La carne es cara: el kilo cuesta 20 dólares, pero vale la pena.”
En su equipo juegan otros dos argentinos, Diego Moreno y Damián Andermatten. Había otro, Sebastián Balbi, que hace poco se marchó a Indonesia. “Aquí podés perder cinco partidos y no pasa nada: ganás al siguiente y te dan 400 dólares de premio, como mínimo. Tené en cuenta que un sueldo básico es de 30 dólares. Eso sí, a nadie le falta el celular o la moto de 700 dólares. Los jugadores somos privilegiados, especialmente los extranjeros. Yo gano en promedio unos 3500 dólares al mes, pero a eso hay que sumarle las primas”, dice Giganti.
Cuando se le pregunta por el fútbol vietnamita, lo que cuenta no tiene nada que ver con cuestiones técnicas o tácticas. Con naturalidad, Giganti explica que la corrupción es moneda corriente en las canchas. “Acá empieza el torneo y ya todos saben quién será el campeón. Se arreglan árbitros, se compran jugadores... El año pasado, otro equipo compró al arquero y a tres defensores nuestros. En un partido íbamos ganando y de golpe pasamos a perder con dos goles rarísimos: un defensor nuestro hizo un penalazo a propósito y en el otro, el arquero salió regalado. Era muy obvio... Yo me quejé; junto con un compañero uruguayo, fuimos a hablar con el presidente, y ahí nos explicaron todo. Igual, a la semana echaron a los jugadores involucrados.” Insólito. ¿Y cómo juegan? “Corren mucho, pero atacan nueve y defienden dos... De los diez goles que hice en el torneo pasado, ocho fueron de cabeza: si les va la pelota, cabecean, pero si no...”
Más allá de tanta rareza, por ahora Giganti no piensa moverse de Vietnam. “La gente me trata bien y ahora me dieron la cinta de capitán. Cambiar de país significaría volver a empezar. Aquí tengo un nombre, ya me conocen, y en la Argentina era un desconocido. Así que me tira bastante quedarme”, señala. Aunque parezca mentira.
Las costumbres vietnamitas que pueden parecer una rareza en el mundo occidental son innumerables. La imagen muestra una de ellas. “Aquí nadie tiene auto: todos van en moto o en bicicleta. Hay embotellamientos de motos”, relata Giganti. Hay otras: “En la calle se ve gente comiendo por 50 centavos nuestros un plato de arroz, una cabeza de pollo... No usan colchón, duermen en el piso. No es pobreza: el gobierno maneja la economía y la gente está habituada a eso”, agregó.



