La calma desorganizada: el curioso operativo de seguridad en el estadio de Huracán

El operativo policial durante la inspección del estadio
El operativo policial durante la inspección del estadio Fuente: Telam
Rodolfo Chisleanschi
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28 de enero de 2018  • 20:33

¿Tiene alguna lógica que cientos de personas queden estacionadas a las puertas de un estadio adonde supuestamente se esconde una bomba? Dicho así parece claro que no, pero esto es lo que sucedió durante más de dos horas sobre la avenida Amancio Alcorta, frente a la cancha de Huracán.

La amenaza que sacudió la tarde futbolera demostró que no existen protocolos claros de actuación ni conciencia cívica para afrontar este tipo de situaciones.

Cuando una hora y media antes del momento previsto para el comienzo del partido entre el Globo y River se conoció la posibilidad de la colocación de un explosivo en el Palacio Tomás A. Ducó, la policía procedió a evacuar a buena parte del personal que ya se encontraba dentro del estadio, y a cortar el paso a quienes iban llegando, pero fueron las únicas medidas coherentes, porque a partir de ese punto se vivió una crónica con momentos grotescos.

La amenaza que sacudió la tarde futbolera demostró que no existen protocolos claros de actuación ni conciencia cívica para afrontar este tipo de situaciones

Por un lado, las autoridades se limitaron a evitar el acceso más allá de las vallas sobre Amancio Alcorta, pero en ningún caso se procedió a alejar a las miles de personas que ya se agolpaban frente a las mismas. Y por otro lado, en ningún momento existió la más mínima sensación de temor entre la gente. Casi podría decirse que todo lo contrario.

Personas mayores que pedían los dejaran pasar al estadio "para poder sentarse", señoras y señores con bebés, niños pequeños y cochecitos intentando acceder "para ir al baño", dirigentes tratando de hacer valer sus carnets, vendedores de choripán que no se preocuparon de apagar las brasas ni levantar sus puestos. Todo siguió como si nada pasara y no fuera una amenaza de bomba lo que alterara el normal de la desarrollo de la tarde.

Es cierto que tampoco hubo nervios ni estados de ánimos alterados, más allá de algunos insultos a Rodolfo D'Onofrio cuando salió del estadio rumbo al micro con la delegación de River -"¡Jueguen, cagones!", fue el grito más escuchado- y silbidos cada vez que por los altavoces se anunciaba que se estaba realizando la revisión, sin más concreciones.

Todo tranquilo, con calma, sin alteraciones, con los pibes jugando en la calle y la gente charlando de sus cosas. Sería admirable, si no fuese porque detrás de las paredes, supuestamente, podía haber una bomba.

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