La cambiante suerte de los DT

Por Andrés Prestileo De Nuestra Redacción
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4 de mayo de 2003  

Parece que están equivocados los que creían que en el fútbol quedan algunos pocos personajes intocables. Da la sensación de que, en realidad, no hay ninguno. Me reí para mis adentros en estos días cuando escuché por la radio una vieja grabación en la que don Angel Labruna, sin pelos en la lengua, reprendía a los plateístas de River que habían hostilizado a sus jugadores y a él mismo en una mala tarde. A Labruna, nada menos. Un prócer riverplatense, si los próceres existen en el fútbol.

Suponía que Carlos Bianchi estaba a salvo de por vida de los cuestionamientos. De los hechos por los hinchas de Boca, claro está, que lo elevaron a la categoría de ídolo. También me equivoqué; ni el Virrey, por lo visto, se salva de ser puesto bajo la lupa de la noche a la mañana. Un par de malos resultados, un puñado de actuaciones por debajo de lo esperado y ya hay voces condenatorias, aunque suenen insólitas. Al menos, uno escuchó unas cuantas últimamente. Y cabría imaginar qué sucedería si Boca quedara fuera de la Copa Libertadores, una posibilidad no muy lejana por cómo quedaron las cosas con Paysandú.

Manuel Pellegrini también debe estar sonriendo interiormente. ¿Alguien se animaría a hablar mal hoy del DT chileno? Pocos, o tal vez ninguno. Pero a no apurarse, ingeniero: todavía no tiene títulos para exhibir. Y pronto llega el superclásico, que, como sabemos, es un medicamento con dos propiedades: elevar las consideraciones al infinito o enterrarlas en el pozo más profundo. Así que, estimado Pellegrini, tenga en cuenta que los sonidos que hoy halagan sus oídos pueden extinguirse en el acto. Y revertirse, otra vez.

Más allá de esos nombres, el de los DT es un mundo que se mueve permanentemente sobre la cuerda floja. Lo sabe Rubén Insua, que después de un resuello en San Lorenzo gracias a un par de victorias ahora debe estar preparándose para nuevos sacudones.

Y no se vaya a entender en esto una postura contraria a la crítica. Desde sus posibilidades –y su intención– de construir, toda revisión y observación es sana. Ocurre que entre ellas las hay de todo tipo; las que fastidian, las que no se comprenden, son las que esconden una descalificación. Livianamente, como se suele dejar caer en el mundo del fútbol.

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