La deshumanización del fútbol, al desnudo

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
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25 de noviembre de 2018  • 23:59

El jugador de fútbol está educado para la competencia. Tiene incorporado y asimilado lo que significa ir a una cancha y ser insultado, está acostumbrado a desafiar cada domingo las miradas y las críticas. Pero todo tiene sus límites, y a lo que no está habituado es al shock emocional que implica recibir un proyectil en el micro que lo transporta al estadio.

Como futbolista te entregás y dejás que sean otros funcionarios quienes se ocupen de ciertos detalles. Cada uno se sienta en el micro y va, manifestándose de acuerdo a su manera de ser. Algunos cantan, otros escuchan música en silencio; están los que toman mate con un compañero y los que se aíslan; los atentos y los distraídos. Pero no estás mirando lo que pueda pasar. O al menos era así lo que uno sentía en su época, tan diferente a la actual.

Personalmente, el partido de mayor riesgo que me tocó padecer fue el Colo Colo-Boca por la Libertadores de 1991. Fue una experiencia trágica, una barbarie fuera y dentro de la cancha que hoy en día sería inadmisible. En esos casos, las emociones competitivas le dan lugar a otros sentimientos, al miedo, a la impotencia de no saber qué va a pasar, a la sensación de querer que todo se termine cuanto antes.

A partir de ese punto discernir la afectación psicológica de cada protagonista es una tarea casi imposible. ¿Dónde está el aparato para mensurar el impacto emocional que deja un piedrazo cuatro horas más tarde? A cualquiera que haya padecido un hecho agresivo fuera de lo común le recomiendan reposo y serenidad para reponerse. El sábado, en cambio, la Conmebol y la FIFA pretendían que los jugadores de Boca salieran a la cancha sin importarles su estado de salud.

En ese sentido, siempre creí y creo fehacientemente en la honestidad del futbolista, en su origen, en su esencia. Le gusta jugar y entrena para eso. Esto es tan cierto como que durante los últimos años ha habido una pérdida sensible del interés genuino por promover el juego. Por el contrario, diría que el interés existente es por deshumanizarlo y transformarlo en un mero producto de consumo.

El futbolista que participa en la maquinaria se va adaptando a este sistema tan cruel con los valores del juego porque entiende rápidamente que es descartable y siente que si se niega a ser así puede padecer represalias por parte de los dirigentes. Entonces tiende a ser funcional al negocio. Si se le añade la raíz ventajista que nos caracteriza como argentinos se tendrá el cuadro completo.

¿Alcanza para tratar de entender lo ocurrido el sábado? No, porque el entramado es demasiado complejo, pero tengo claro que no estaban dadas las condiciones para jugar y que hacerlo hubiese sido un acto de irresponsabilidad. Para disputar un partido con tanta tensión la cabeza debe estar en el eje perfecto, y no era el caso.

¿Podría haberse jugado ayer? En el demencial estado de nervios que vivimos resulta tan difícil comparar emociones, ponerse en el papel del futbolista actual y saber a ciencia cierta cuáles son sus sentimientos y expectativas que me declaro incapaz de asegurarlo con total certeza.

Solo sé que nuestro fútbol está roto, quebrado en su esencia, contaminado por los mensajes tóxicos que vienen desde su propio interior y crecen con la complicidad de las organizaciones.

Este fin de semana hemos sufrido una tremenda derrota cultural y todos hemos quedado expuestos.

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