La doble conducta de los jugadores

Claudio Mauri
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5 de diciembre de 2001  

Cuando se lo proponen, los jugadores son un ejemplo de cohesión, solidaridad y sentido común para defender sus intereses y derechos. Basta con recordar el granítico movimiento que organizaron hace unos meses para reclamar las abultadas deudas que los clubes mantienen con ellos. Fueron a una huelga que postergó el comienzo del Apertura en dos semanas. A través de Futbolistas Argentinos Agremiados hicieron una demostración de poder. Incluso, en esta ocasión y en otra anterior, en la que fueron al paro por la agresión a un jugador de Comunicaciones, los jugadores de primera se mostraron sensibles a las postergaciones y necesidades de sus colegas del ascenso, quienes se encuentran en una situación de precariedad mucho más manifiesta.

No deja de sorprender cómo fuera de la cancha se ponen de acuerdo, se entienden, son receptivos y tolerantes con un compañero de trabajo. Sobre todo porque dentro del terreno de juego abundan ejemplos en los que sólo se relacionan a través de la falta de respeto, el agravio, la actitud desleal para sacar ventaja, la alcahuetería y el victimismo.

El caso testigo más reciente fue lo ocurrido en Racing-River, partido en el que sobraron provocaciones, injurias y golpes. ¿Eran los mismos jugadores que después estrechan filas en la sede de Agremiados? Así como los une la pretensión económica de cobrar lo que les corresponde, sería bueno que se hermanaran por motivos que, por más que no tengan un trasfondo monetario, encierran importantes valores deportivos. Como la buena intención, el compromiso de no simular para no engañar al árbitro ni perjudicar al rival, la aceptación de la derrota como una de las alternativas de la profesión y no como un estado de ánimo que habilita a la violencia, así como la victoria no da patente para escarnecer al adversario.

Si son preocupantes las actitudes que se advierten dentro de la cancha, no dejan de ser menos alarmistas algunas consideraciones posteriores, cuando supuestamente las pulsaciones y el juicio toman un cauce más reposado. El pedido público de disculpas de Maximiliano Estévez no tapa su grave exabrupto familiar contra Cardetti, pero al menos hizo lo mínimo que se podía esperar.

Fuera de eso, surgen constantes invocaciones a los "códigos que deben respetarse dentro de una cancha", como si lo preocupante no fueran las transgresiones, sino que trasciendan. Por si los jugadores no lo sabían, el fútbol es un espectáculo público en el que la penetración de los medios de comunicación les refleja hasta los jadeos. Y la consigna no debería ser que todo sea tapado por el manto ominoso de los códigos. Se trata de portarse un poco mejor, ser más leal. Puede ser tan buen negocio como cuando se juntan a fumar la pipa de la paz por dinero.

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