La estética está en coma

Cristian Grosso
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23 de junio de 2002  • 11:26

SAITAMA, Japón.- Aun antes de que terminase de escuchar al periodista, Luiz Felipe Scolari hacía movimientos cortos con la cabeza hacia los costados y así ya anticipaba que iba a decir que no. Le habían comentado que tal vez el torcedor de un club se podía conformar sólo con ganar, pero que el torcedor de la selección también necesitaba un poco de espectáculo. “Eso no es cierto, siempre primero estará el resultado. Puedo contestar por el ciento por ciento de los hinchas de Brasil y también para ellos lo primero es el resultado”, replicó. Y si estas palabras provienen de quien posiblemente administre el patrimonio técnico más rico del planeta-fútbol... el problema es de proporciones.

El fútbol de hoy relativiza la belleza. Que casi nadie se atreve a salirse del libreto, tampoco es una novedad. Pero lo alarmante es que como los mundiales siempre han marcado tendencias porque ya se ha asumido que el éxito legitima, esta Copa promete arrojar señales alarmantes. Condicionantes para el futuro. La estética del juego corre serio riesgo de ser definitivamente despreciada. Es más, después de la victoria frente a Inglaterra, Felipão elogió que el suyo era el equipo con más espíritu de lucha en toda la historia de la selección brasileña. Y agregó que igualaba en un idéntico plano de importancia al talento con la entrega de sus jugadores. Si también Brasil cae ante esta emboscada, estará todo perdido.

¿Quién es la figura del Mundial? No existe un nombre definido. Ni siquiera uno que se perfile. Y esto es grave. Porque si dicen que gambetear es algo así como soñar con los pies, hace alrededor de un mes que casi todos los jugadores que han pasado por este torneo vivieron sumergidos en una pesadilla. Uno se resiste a pensar que esta Copa decrete que un turco o un coreano es el mejor jugador del mundo. No, imposible. Será aquel que determine el destino de una semifinal. O de la final misma. La lógica invita a confiar en Ronaldo, Rivaldo o Ronaldinho. Los únicos que sobreviven al terremoto de vulgaridad. Los únicos que intentan que al menos Brasil se siga pareciendo a Brasil. Pero la lógica acá ya demostró que es traicionera y se vende al mejor postor.

Nadie se anima a perder la cordura táctica que lo oprime. Máximo de orden y mínimo de libertad es la consigna. O la orden. Y como están de moda los jugadores dóciles que se conforman con obedecer... ¡Pero el talento necesita de la rebeldía! Si lo único útil es ganar, con desenfado es más rentable. Ya ninguno se atreve a probar esta receta. Ni los que más tienen. Entonces, hasta Felipão enarbola la bandera del exitismo. El fútbol definitivamente se ha saturado de apologistas de la mediocridad.

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