La felicidad de la gloria recuperada

Por Andrés Prestileo De la Redacción de LA NACION
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30 de diciembre de 2001  

"En el fútbol, entre el llanto y la gloria hay un paso", dice Mostaza Merlo. Acostumbrados a soportar emociones extremas en plazos asombrosamente breves, los hinchas de Racing encarnan como nadie ese axioma del hombre que por estos días acapara las portadas de suplementos deportivos. Es que, ¿cuánto si no un paso significa un año en medio de tres décadas y media? Y un año -en rigor, apenas unos días más- pasó entre el duro momento de mirar la tabla desde el fondo al final de un certamen y el disfrute ya relajado y despojado de tensiones que vivieron ayer y seguirán estirando durante semanas.

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A muchos se les debe haber hecho cuento imaginar el día de Racing campeón. El tiempo desgastó la credulidad de los menos persistentes y fue convirtiendo las esperanzas del resto en el mejor sustento para la sorna o la conmiseración -según las intenciones de cada uno- ajenas. De tanto reciclar malos tragos, el imaginario conjunto asoció a la Academia con la patentización del sufrimiento sempiterno, la lucha detrás de una utopía inalcanzable.

Pero se alcanzó. Un jueves sofocante y tormentoso, el sueño abandonó para siempre el plano de lo utópico. Entonces llegó el momento de darle vida al festejo que cada uno proyectó alguna vez. Todo un desafío para los que guardaron entre sus secretos las formas de celebración más alocadas o creativas, porque la primera reacción fue la de no saber cómo reaccionar.

Ahora disponen de suficiente cancha libre por delante para extender a gusto y placer las muestras de felicidad. Una alegría tan profunda y genuina que consigue hacerse lugar, incluso, en medio de padecimientos económicos y de una crisis que golpea como nunca. Que los neutrales pongan reparos en el estilo del equipo o en razones específicamente futboleras es tan comprensible como que ellos no se detengan en detalles como ésos para valorar algo que está mucho más allá de cuestiones técnicas.

Esperaban algo así desde días en los que el hombre aún no había conquistado la Luna ni había caído el Muro de Berlín, y la historia, que insistía en dar a luz cíclicamente hechos inimaginables en pasados no tan lejanos, se encaprichaba en no concederles el que más anhelaban. La paciencia se transmitió entre generaciones, y aun quienes no habían gozado con el Chueco García, Tucho Méndez o el Chango Cárdenas hicieron suya la sensación de extrañar la gloria.

Se la devolvieron los Campagnuolo, los Estévez, los Chatruc, los Mostaza Merlo. Y se demostraron a sí mismos que siempre vale la pena insistir y buscar.

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