La gente, la única ganadora

Por Sebastián Torok De la Redacción de LA NACION
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27 de agosto de 2001  

¡Qué satisfacción genera observar una fiesta como la que se vivió ayer en Avellaneda!

Con un estadio colmado por unos 40.000 hinchas de Independiente y Racing que palpitaron, sufrieron y gozaron, en un partido donde el resultado no estuvo definido hasta el final. Fuera del campo de juego, donde personas de distintas costumbres y niveles económicos se entremezclaron en un abrazo interminable luego de cada gol, estuvo el único y real vencedor.

Antes se vieron hinchas apretujados en varios puntos cercanos a la cancha, por los filtros que impuso la policía. La aglomeración que se quiso evitar allí se produjo cuando entraron las barras bravas, de golpe y en grupo. Algo habitual.

Un cielo plomizo acompañó la salida de Independiente. En ese mismo instante, una humareda rojiza que partía desde la popular local, semitapada por cintas rojas y blancas, lentamente trepaba el alambrado y se expandía hacia el césped, donde formaba una nube. Del otro lado, la Academia se hizo esperar un poco más.

Pero esa demora valió la pena, porque cuando los jugadores asomaron sus cuerpos por la manga, la tribuna que da a espaldas de las vías del ferrocarril pareció explotar en un fogonazo celeste y blanco.

En el primer tiempo las sensaciones variaron. En el comienzo, los de Independiente tomaron la delantera en el aliento, mientras que con el correr de los minutos los de Racing retomaron la confianza y no escatimaron en cánticos hasta el pitazo parcial del árbitro Baldassi. "¡Amargos! ¡No tengan vergüenza, pueden cantar!" , gritaban los visitantes. "¡Racing no existe más: ahora son una empresa!" , retrucaban los Rojos...

Una tenue llovizna escoltó la entrada de Ricardo Bochini en la platea local. El tradicional himno "¡Chupe, chupe, no deje de chupar, el Bocha es lo más grande del fútbol nacional!" , no tardó en llegar.

Las luces del estadio no se encendían y la oscuridad era cada vez mayor. En la popular de Racing, las avalanchas eran una constante. La fiesta se preparaba para la segunda etapa.

El encuentro no aflojó en ansiedad; los hinchas de Independiente se impacientaban pidiendo la entrada de Prieto, hasta que Forlán hizo estallar sus gargantas con la apertura del marcador. La euforia parecía ser toda roja, pero sobre el filo del partido la tristeza cambió de paradero con el empate de Loeschbor.

El final llegó sin victoria para los jugadores; quedó la sensación de que los ganadores estuvieron en las tribunas.

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