La gloria jamás tendrá un precio

Cristian Grosso
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29 de noviembre de 2002  

Vale pararse desde otro mirador para esperar la definición del torneo Apertura. Casi que conviene. ¿Por qué darles entidad a los sombríos comentarios de la incentivación que ofrecería Boca, o al irrespetuoso soborno que intentaría Independiente, o simplemente invocar a la folklórica devolución de favores por el gol de Javier Mazzoni que en 1995 le facilitó el título a San Lorenzo? Y no se trata de ser ingenuo o iluso, sino de creer que las sospechas no lo han invadido todo. De pensar que el campeonato aún está abierto porque los inimaginables caprichos del fútbol son a prueba de la previsibilidad. ¿O acaso San Lorenzo no puede vencer a Independiente? ¿Y quién asegura que Boca sólo deberá cumplir con un trámite para sacarse de encima a Rosario Central?

Los ataques y las acusaciones sin pruebas sólo embarran la cancha. Dudas y mentiras que presumen culpabilidad. ¿Qué mejor estímulo puede empujar a San Lorenzo que su fantástico momento? Un grupo que está a un paso de perpetuarse en la historia del club azulgrana como el que se rebeló, y por dos veces en la temporada, contra el maleficio de los títulos internacionales. ¿Por qué no suponer que el dinero se desvanece en su tramposa tentación cuando se topa con el hambre de gloria? Que el contagioso coraje de Pablo Michelini, el joven apetito que no reconoce almanaques del Beto Acosta y el ánimo en alza del resto de sus compañeros no querrán ensuciarse con esa usina de suposiciones. Y en cambio sí, después de alzar la Copa Mercosur, encadenar la Copa Sudamericana y vestirse de verdugos en el final del Apertura para agigantar su protagonismo en 2002.

Los hinchas de San Lorenzo advirtieron que quieren que el equipo que dirige Rubén Insua gane. Los jugadores, también. Es un clásico y la grandeza también estará en juego. Valores innegociables. Como el sentimiento, ese que jamás se alquila. Se trata de creer. De confiar. De soñar con un domingo de emociones infartantes. Podrá salir campeón Independiente, claro. O prolongarse la incógnita con un desempate. Pero nunca dar por descontado lo que aún se tiene que jugar. De lo contrario, la desconfianza se habrá instalado. Se burlará con la complicidad de la impunidad. Y la sensación de que todo se digita nos transformará en presos, contra la pared, de ese dedo acusador.

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