La imagen y los récords, las pesadillas de Ramón

Alberto Cantore
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26 de noviembre de 2013  

En diecisiete partidos destruyó el blindaje, desdibujó su imagen. Justo él, el técnico más exitoso de la historia del club, que esperó casi 11 años para volver a River, está desorientado, perdido en su propia casa. Ramón Díaz se desgastó en tantas polémicas que olvidó que su rol es ensamblar las piezas, conformar un equipo y que esa estructura sea protagonista. El riojano, que encendió ilusiones a partir del discurso más que desde la acción, hace un tiempo que se dedica a admitir errores, responsabilizarse por el desastroso presente futbolístico. Reconocer las falencias es un síntoma de madurez, pero insuficiente si los errores no se corrigen, si la caída no se detiene, si se apela a los cambios compulsivos de nombres y de esquema, si no se exhibe un plan, si no se vislumbra un estilo...

Acostumbrado a ganar, a enseñarse sonriente, a divertir con su ironía, la realidad expuso a Ramón frente a un enredo del que no sabe escapar. Aquel segundo puesto en el torneo Final 2013 resultó un peligroso engaño, porque desde aquel falseamiento germinó la actual confusión. Los números dejaron a River en un lugar que no se ajustaba a la verdad, porque un equipo con pretensiones tiene la obligación de salir victorioso de exámenes puntuales y los millonarios nunca impusieron su sello en esas pruebas de carácter. Esa inexistente plataforma también aturdió al riojano, que se envalentonó con la formación de un equipo supercompetitivo con las incorporaciones de Teo Gutiérrez y Jonathan Fabbro como figuras estelares, con el retorno de Rodrigo Mora... Nada de esa profecía se cumplió y el Pelado es culpable del desbarajuste.

La pequeña base que se intuía a partir de los destacados desempeños de Vangioni, Álvarez Balanta, Ledesma y Lanzini desapareció, porque el nivel de las individualidades decayó, a excepción del arquero Barovero. Al no existir una estructura sólida, los refuerzos y los juveniles salieron al rescate cuando las habilitaciones de Teo y Fabbro se dilataban sin contención, a la deriva.

Como si no tuviera suficiente con la debacle futbolística, razón por la que River nunca estuvo en la consideración en la pelea por el título, Ramón se enfrascó en polémicas que le servían como distracción y le posibilitaban esquivar la cuestión de fondo: la ausencia de funcionamiento. Los árbitros –que con sus decisiones perjudicaron a River– fueron el blanco inicial; el contrapunto por la posición en la cancha de Teo poco aportó; la renovación del contrato por dos temporadas, con un suculento aumento para Emiliano, su hijo y ayudante de campo, fue controvertida y precisó de una conferencia de prensa en la que se pusieron a consideración de las nuevas autoridades del club las sumas de los vínculos, ya que según sus declaraciones el Pelado asumió "por el prestigio del club y no por lo económico". La desmentida de la confección de una lista de jugadores prescindibles, en la que se mencionaba a Fabbro, Ledesma, Bottinelli y Mora, el último acto que causó debate.

Muy lejos de las metas –torneo y Copa Sudamericana– y cerca de redondear sus peores marcas como técnico de River, Ramón desespera para que esta pesadilla se termine.

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