La selección argentina despide un año traumático en medio de la incertidumbre

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Maniobra Paulo Dybala en el partido ante México
Maniobra Paulo Dybala en el partido ante México Fuente: FotoBAIRES
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17 de noviembre de 2018  • 21:50

Un doble cruce frente a México cierra en estos días un 2018 especialmente complejo para la selección Argentina, en el que se acumularon demasiadas experiencias negativas que nuestros dirigentes deberían analizar para no repetir.

Son dos partidos que calzan en medio de un ambiente impregnado por la definición de la Copa Libertadores y las últimas jornadas del año del fútbol local, lo que en cierto modo disminuye el interés del público. La gente, además, advierte que todavía no se percibe un rumbo claro. No hay un entrenador de jerarquía que entusiasme porque el desprestigio acumulado en estos años provoca el rechazo de los principales candidatos. Tampoco jugadores que sean referentes. De hecho, el inevitable recambio generacional ha incorporado a muchos que en su día se fueron del país apenas con un puñado de partidos en Primera División, sin que les diera tiempo a establecer vínculos fuertes con sus hinchas.

Sin embargo, la experiencia de la final de la Copa Libertadores debería llamarnos la atención. No para mirarla con el microscopio que solo enfoca a la magnitud del partido, a River y Boca y a la repercusión a nivel mundial, sino como demostración del valor que le damos al fútbol, del significado que encierra para los argentinos. Se trata de un capital que hay que cuidar y que no puede estar en manos de gente que lo maltrata, que carece de perspectiva, conocimientos e idoneidad para tomar determinadas decisiones.

Condicionada por un montón de variables que parten desde el propio negocio –muchas veces juega en lugares que debemos googlear para ver adónde quedan–, la selección vive hoy un proceso de transformación, un período de prueba permanente y con un sistema de entrenamientos que conspira contra el perfeccionamiento de un equipo. Un grupo de futbolistas puede conocerse desde hace mucho tiempo pero si no ensayan juntos parecerán divorciados.

El iniciado después del Mundial no es un proceso cualquiera. Jorge Sampaoli dejó un escenario muy complicado tras su traumático ciclo, y es una circunstancia que debe ser tenida en cuenta a la hora de evaluar lo sucedido en estos meses en los que la dirigencia ha decidido aprovechar la coyuntura para tomarse un respiro demasiado largo.

Que no se malentienda. No me preocupa la inmediatez sino la incapacidad, y no me parece mal ir definiendo el futuro sin agobios. Me inquieta en cambio que se diga que primero está el proyecto y después el entrenador, como si este fuese un fusible. Me parece un error en la concepción del fútbol. La construcción de una base empieza con un entrenador que, con sus ideas indique la dirección a seguir, que delinee el proyecto. La tarea de los dirigentes debe limitarse a buscar cierto perfil, seguir la línea establecida y sostenerla con convicción.

Mientras tanto y en el camino, todas las pruebas sirven. Los chicos que pueblan la actual selección encuentran la posibilidad de enseñar sus habilidades y demostrar que la Argentina cuenta con jugadores para el futuro. No todos tienen que ser Lionel Messi. En esta breve serie de amistosos ya pudo verse que es inadmisible que Giovani Lo Celso no haya disputado ni un solo minuto en Rusia. O este mismo viernes en Córdoba, frente a México, comprobarse que en el pibe Juan Foyth hay una promesa de gran central.

En cuanto a Lionel Scaloni, la sensación es que lo están evaluando, aun sabiendo que es una insensatez valorar a un entrenador por unos pocos partidos y que no llegó a la selección haciendo los méritos necesarios. Argentina ha dejado buenas imágenes en estos meses, y después de lo vivido en Rusia todo lo que signifique orden, paz, claridad y sensaciones de bienestar de los futbolistas juegan a favor del técnico. Pero personalmente no creo en la receta de los atajos, ni entiendo que un entrenador deba ser un gurú, un líder espiritual que convenza a sus jugadores de su filosofía de vida. Su meta es otra: lograr que el equipo juegue bien.

El fútbol posee unas propiedades originales que van más allá de antigüedades y modernidades. Una esencia que establece que deben cumplirse ciertos procesos, que los jugadores deben merecer sus convocatorias a la selección y los directores técnicos, contar con trayectoria y formación suficientes para acceder a ciertos lugares.

La selección despide el año con una lógica incertidumbre. Cabe esperar que en 2019 los dirigentes entiendan la pasión y el sentimiento que este país siente por el fútbol. Ya no queda margen para seguir cometiendo errores.

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