La selección, digna representante

Por Andrés Prestileo De la Redacción de LA NACION
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27 de diciembre de 2009  

No es del todo justo reprobar al seleccionado en su condición representativa del país. Están muy dichos y repasados su año doloroso, su cadena de actuaciones olvidables, su sufrimiento que se volvió crónico y su inagotable siembra de dudas para el futuro. Pero a la selección también hay que reconocerle su aptitud para haberse convertido en un arquetipo nacional bastante exacto en otros órdenes.

El grupo que conforma su cuerpo técnico es reducido, pero siempre se las arregló bien para reproducir las conductas preponderantes del ámbito social que lo contiene. Entre Grondona, Maradona, Bilardo, Mancuso y quienes completan la nómina, abundan los piquetes personales y se multiplican y profundizan las señales de una manifiesta incapacidad para convivir en armonía, una escenificación muy verídica de lo que se ve en la calle todos los días. Se turnan con gran puntualidad y precisión para imitar en su pequeño universo la exasperación que es cosa común en el clima general.

Incluso esa obsesión copista sofistica sus métodos: así como en el plano cotidiano los cortes de caminos se extendieron hasta organizar una agenda diaria, las riñas verbales en el comando de la selección también empiezan a programarse, como acaba de hacerlo Bilardo al anunciar para mañana otra batería de acusaciones. En estos sentidos, la selección no deja de ser un representante digno, aunque no precisamente de la tradición futbolística argentina.

También lo es en el criterio que a veces se deja ver detrás de esas conductas. En sus repetidos tropiezos consigo misma rumbo al Mundial, la selección alimenta la idea de que un buen rendimiento futbolístico o un probable éxito les den sentido a todo lo que pasa ahora. Que los presuntos goles y triunfos -posibles porque el juego siempre lo contempla y porque potencial futbolístico hay bastante en sus jugadores- le permitan disfrazar todas estas muestras de resentimiento, enojos y de confusión y venderlas como una especie de método secreto, un plan astutamente preelaborado. O tal vez interpretar que el destino, por sí solo, tenía previsto reproducir ejemplos anteriores. Como sea, equivaldría a justificar los medios por el fin.

Más que hacia una muestra en escala de la sociedad que lo contiene, al seleccionado le haría bien reencauzarse hacia un producto excepcional, una especie de oasis. Salvo que Maradona y su equipo hayan entendido que desde su condición de "argentina" la selección tiene que ser un representativo global, absoluto y a toda costa.

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