Las cosas en su lugar

Daniel Arcucci
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22 de junio de 2002  

SHIZUOKA, Japón.– Me había convencido de que éste era el Mundial para Inglaterra, pero está visto que ésta no es una Copa del Mundo para andar pronosticando nada. No me resultaba del todo agradable que Brasil siguiera avanzando gracias a aquellos fallos arbitrales, pero está claro que Rivaldo y compañía están por encima de eso. Enfocadas desde ese punto de vista –personal, si se quiere–, las cosas se dieron al revés de lo pensado. Pero comprobado lo que sucedió en la cancha, no quedan dudas de que todo está cómo y dónde debe estar.

Este encuentro entre Inglaterra y Brasil era un duelo por donde se lo mirara. De un lado, la mejor defensa del campeonato y una capacidad ofensiva por demostrarse; del otro, la última línea como punto más endeble de un equipo y toda la potencia de una fórmula de ataque que puede ser denominada con cualquier letra que tenga que ver con la efectividad; con una camiseta, Beckham y Owen; con otra, Rivaldo y Ronaldo; de allá, Campbell y Ferdinand; de acá, Cafú y Roberto Carlos. ¿Más oposiciones para demostrar que lo que se vería era una confrontación de estilos, de identidades? No, sólo esperar a que rodara la pelota y la verdad tomara forma de resultado.

No lo ganó Inglaterra porque le faltó audacia. Y casi podría haberse firmado su derrota en el mismo momento en el que Ronaldinho hizo caer del cielo –con la anuencia de Seaman– el gol que desequilibró el resultado. Porque a los ingleses, por primera vez en todo el campeonato, se les presentaba el dilema más complejo para su idiosincrasia de equipo: salir a buscar el partido, a matar o morir, porque aquí sí que no había otro resultado posible y la especulación ya no tenía espacio. Y no supieron resolverlo: ni por juego –siguió plantado de la misma manera– ni por cambios –peor: Eriksson decidió sacar a Owen y sólo faltando 10 minutos mandó a un delantero por un defensor–. Cayó en la suya.

Lo ganó Brasil porque le sobran alternativas con las cuales definir. Recurrió a sus individualidades desequilibrantes cuando las necesitó y después fue inteligente para aprovecharse de las carencias de su rival –aunque lo respetó también cuando se las descubrió–, y fue capaz de asimilar el golpe de la salida de Ronaldinho. No dio todo lo que tiene pero, ¿quién daba algo por ellos hace sólo un mes? Por delante ya ve el último codo, antes de la llegada: quizás es un indicio de que en este Mundial las cosas empiezan a normalizarse.

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