Las dos caras de Pablo Pérez, del autodestructivo al valiente

Román Iucht
Román Iucht MEDIO:
Crédito: Reuters
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22 de diciembre de 2018  • 13:45

En tiempos en los que despedidas virtuales comienzan a aclarar el panorama en la vida de Boca y a acercar a Gustavo Alfaro a la dirección técnica xeneize, el trauma post caída frente a River perdura como una herida profunda, de esas difíciles de pronosticar a la hora de evaluar plazos de cicatrización. El polvo de la explosión aún complica la visión y en microclimas donde la derrota no es considerada como una opción y mucho menos ante el clásico rival, los daños se van verificando con el transcurrir de los días.

Son horas en las que muchos apelan al silencio. Ponerle palabras a la decepción puede sonar a excusa, a demagogia, o incluso en estas horas inflamables, una involuntaria contribución para reavivar el fuego del morbo, ese que siempre encuentra especialistas capaces de armar una fogata con un puñado de maderas. Solo la lucidez de un buen diagnóstico puede ser aceptado, en el particular mundo del fútbol en el que la palabra "fracaso" se maneja con total liviandad e impunidad.

En el marco del análisis y la autocrítica, bien alejada del contexto del juego, las reflexiones de Pablo Pérez resultaron un ejercicio tan lúcido como infrecuente. Ese Pablo Pérez que adentro del campo camina con tendencia autodestructiva por los límites del reglamento, olvidando sus buenos dotes como futbolista, el que es capaz de convertir un bonito gol o dar un pase exquisito con la misma facilidad con la que acumula tarjetas a partir de algunos desbordes en su disciplina, entendió que para decir algo, lo primero que debía hacer era aceptar la superioridad del rival.

Su protagonismo en la final ante River tuvo muchos matices: uno fue la agresión directa que sufrió antes de la fallida revancha en el Monumental.
Su protagonismo en la final ante River tuvo muchos matices: uno fue la agresión directa que sufrió antes de la fallida revancha en el Monumental.

Los caprichos del calendario pusieron frente a frente a los dos clásicos rivales del fútbol argentino en tres instancias a lo largo de 2018. Todas mostraron la foto final con idéntico desenlace y se llevaron las sonrisas para Nuñez. Desde esa repetición en el resultado, Pérez acepta la superioridad de su adversario y se rinde ante la evidencia con enorme sabiduría. Sus palabras exponen valentía y al mismo tiempo deseos de superación. Solo a partir del momento en que el hombre es capaz de aceptar y reconocer sus falencias, puede comenzar el camino de la recuperación. Pablo Pérez se animó a decir lo que muchos piensan pero prefirieron callar. Desde el juego como plataforma de despegue, pero también desde el plano táctico y pscicológico, los jugadores de Boca fueron superados por sus pares de River.

La final de la Copa Libertadores con River fue la más dolorosa de mi carrera. Nos ganan porque futbolisticamente son mejores que nosotros
Pablo Pérez

Víctima directa del ataque al micro que los llevaría al estadio Monumental, Pérez sufrió como nadie la irracionalidad de los hinchas. Su mejoría le permitió estar presente en el juego decisivo, pero al ser reemplazado por evidentes problemas físicos, no pudo ocultar su bronca reaccionando con un gesto descomedido. Soñó con ser el "chico de la tapa" levantando la Copa y la moneda le mostró la otra cara, la nunca deseada.

Poniendo a Guilermo Barros Schelotto en otro plano de análisis, como capitán de su equipo muchos seguirán marcando a Pablo Pérez como el emblema dentro del campo de la debacle azul y oro. Nada nuevo. Las victorias encuentran miles de padres con facilidad, pero la derrota necesita al menos un responsable. En el ordenamiento de una caída, en la composición de cada decepción, el ser humano necesita siempre ponerle un nombre a sus frustraciones. Lo tranquiliza y lo libera de responsabilidades.

Pablo Pérez asumió las suyas. El tiempo se encargará de mostrar el precio que deba pagar por sus palabras. Su lugar dentro de la reconstrucción será un primer indicio.

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