Los grandes campeones deben domar las emociones

Francisco Schiavo
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16 de diciembre de 2009  

ABU DHABI.- Ya proyectado el film del debut de Estudiantes en el Mundial de Clubes se entenderán aquellas palabras de Alejandro Sabella que una vez sonaron agrias. "Ustedes -les dijo a los periodistas- parecen obsesionados con Barcelona, pero no se dan cuenta de que antes tenemos que ganar un partido. Eso lo tenemos muy en cuenta nosotros y parece que nadie más". A fin de cuentas, la corta victoria contra Pohang Steelers por 2-1 parece haberle dado la razón al entrenador. Ni siquiera con tres rivales expulsados el equipo de La Plata pudo estirar la diferencia. Todo le costó demasiado, incluso pese al controvertido arbitraje del italiano Roberto Rosetti.

Al principio hubo diferencias técnicas, pero el transcurso de los minutos endureció los músculos de Estudiantes. Si el mismo Verón, el emblema, no pareció el mismo de siempre, como si en algún ángulo el marco, la ocasión histórica y la emoción a cuestas le hubiesen jugado en contra. Algo parece sentenciado a estas alturas: el favoritismo fue contraproducente, lo maniató. Y apenas la frescura de Benítez sobresalió de la esforzada marcha del resto. Si caía, Estudiantes tenía mucho que perder. Nadie se imagina cuánto. Nadie. El partido, un partido que se jugaba desde hacía seis meses en su mente, no se dio como un sueño desde las formas y la estética, pero sí desde el resultado. El equipo argentino hizo lo que debía: ganó, pero no convenció.

No causó sorpresa la fuerza que hicieron los coreanos ni lo reñido del desarrollo ni el sudor del final. De a ratos, Estudiantes luchó contra el propio Estudiantes. Contra sus ansiedades y nervios, contra sus emociones y temores, que seguramente los tuvo, contra sus imprecisiones y corazones acelerados. Y con ese estado de ánimo las fuerzas se emparejan, incluso contra aquellos adversarios que no deberían hacerle ni cosquillas, como Pohang Steelers.

En definitiva, salió adelante a 13.500 kilómetros de La Plata, con las cámaras del mundo apuntándole y con sus propias familias en las butacas del imponente estadio Mohammed bin Zayed. No es fácil soltarse en los momentos cumbre, en esos que dejan una marca en la piel como un sutil y trabajado tatuaje, en esos en los que la voz se entrecorta, en esos en los que los ojos se vuelven vidriosos. Estudiantes estaba obligado a llegar a la final casi como fuera. Y lo hizo. Está a un paso de la cumbre y habrá que ver quién sostiene mejor su equilibrio. Porque los grandes campeones también controlan sus emociones. Y avanzan, siempre avanzan, por más que les dé vértigo.

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