Los hinchas de San Lorenzo explotaron de bronca por un error de Abal

El árbitro tuvo una grave falla y convalidó el gol de Colón; con el 1 a 1 consumado, algunos simpatizantes protagonizaron enfrentamientos con la policía; hubo balas de goma y gases lacrimógenos.
Alberto Cantore
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19 de marzo de 2012  • 00:45

Otra vez la intolerancia, el salvajismo y la violencia escriben un capítulo nefasto en el fútbol argentino. Un grosero error arbitral encendió la furia, sirvió de combustible para que un numeroso grupo de inadaptados que utilizaron los colores de San Lorenzo convirtieran el estadio del Bajo Flores en un escenario dominado por el miedo y el terror. Estos personajes detestables, más emparentados con los vándalos que con aquellos que sufren con el presente pero alientan hasta la ronquera al Ciclón, desencadenaron el caos, llenaron de espanto la zona de los vestuarios, las plateas, la popular, las calles... Pusieron en peligro a familias, a niños, que se enseñaron aterrados por la brutalidad demostrada por la descontrolada horda, mientras el operativo policial daba muestras de su incapacidad para controlar y prevenir algo que en el ambiente se intuyó previsible apenas Ariel Garcé empujó la pelota a la red y el árbitro Diego Abal marcó, equivocadamente, el empate.

"Se pudre todo; no sale nadie la p... que los parió", entonaron desencajados los hinchas, cuando el empate 1 a 1 era una triste realidad. El griterío, cargado de bronca y desconsuelo, tenía como destinatario a un solo hombre: Abal. El juez, de manera desacertada, desestimó la correcta decisión de su asistente Julio Fernández (ver página 14). Con los planteles en los vestuarios, el cuarteto arbitral recibió un coro de insultos y varios proyectiles, arrojados desde la platea, cuando pretendió emprender la retirada. El ambiente se había enrarecido mucho tiempo antes, aunque la bronca del comienzo le estaba dando paso el escándalo y la barbarie. Apenas un puñado de minutos transcurrieron desde que, escoltados por las fuerzas de seguridad, Abal, los jueces asistentes Yamil Bonfá y Julio Fernández, y el cuarto árbitro Mauro Vigliano entraron en la manga para que la denominada Nave -antesala de los vestuarios- fuera tomada por un nutrido grupo de enardecidos hinchas. En su carrera alocada y salvaje, destruyeron las puertas de vidrio. Superados en números, los pocos efectivos policiales que custodiaban la zona miraban temerosos cómo la situación se había desmadrado.

Una postal de los destrozos
Una postal de los destrozos Fuente: Telam

Mientras la intervención de algunos dirigentes y jugadores, como Pablo Migliore, Germán Voboril y Nicolás Bianchi Arce, desactivaron la locura que se había apoderado de la zona, donde las imágenes del caos se sintetizaban en las vallas tiradas en el suelo y los vidrios rotos, resultó efectiva porque los violentos depusieron la actitud belicosa, otro foco de conflicto -el más grave- surgió en la desconcentración de quienes poblaron la tribuna popular. La retirada se transformó en una feroz batalla entre los hinchas y la policía, que reprimió con disparos de bala de goma y lanzó gases para dispersar a los revoltosos.

Los bastonazos de las fuerzas de seguridad no reconocía entre aquellos que deseaban instalar el caos y los pacíficos simpatizantes que sólo deseaban escapar de la espiral de violencia, que se había iniciado atrás de la popular local pero que continuaba en la calle. El que no resultaba lesionado por los golpes y los tiros fue afectado por los gases, cuyo poder no solo se sintió en la zona de las refriegas. El viento lo trasladó hacia la platea y el campo de juego, donde aquellos que prefirieron esperar para no ser rehenes de la barbarie terminaron como prisioneros del caos. Las cabinas de transmisión de las radios y los canales de televisión sirvieron de refugio para padres, que atormentados querían poner a resguardo a sus hijos.

Mientras, los futbolistas y los integrantes del cuerpo técnico, que estaban en los vestuarios, empezaron a impacientarse por las noticias que llegaban desde el exterior. Algunos pretendían actuar como mediadores para calmar los duros enfrentamientos; otros, aquellos que tenían familiares o amigos en la cancha, llamaban desesperados con sus celulares para interiorizarse de la situación. El médico del plantel, Juan Carlos Rodofile, atendió a algunos simpatizantes que llegaban afectados por los gases y también por los golpes. Jóvenes con la cabeza ensangrentada; otros trasladados en camillas para recuperarse de los gases dieron escalofríos.

La furia de los hinchas

Adentro y afuera, el Bajo Flores fue un lugar donde la locura estuvo a punto de provocar una tragedia. Una zona que en las últimas semanas se constituyó en uno de los sitios donde la violencia que tiene atrapado al fútbol argentino se repite. Hace dos semanas, un colectivo con simpatizantes de San Lorenzo fue atacado, desde el predio La Quemita, de Huracán, el rival del Ciclón, y un niño de cinco años fue herido y perdió el ojo derecho; la respuesta de los violentos que dicen defender al club de Boedo se tradujo en un destructor ataque, cuando regresaron del partido por la Copa Argentina. Ayer, el lugar estuvo fuertemente custodiado por cerca de 50 policías, que más tarde se trasladaron al epicentro de la violencia.

El árbitro Abal debió esperar casi dos horas para retirarse del estadio. La partida, en un patrullero, fue custodiada por alrededor de 50 policías. La tensa situación que se desarrolló será analizada por las autoridades de la AFA y los organismos de seguridad, aunque las versiones indican que el próximo partido en el Bajo Flores, frente a Vélez, que ya estaba estipulado que se disputaría sin público visitante, debido a la rivalidad y hechos de violencia que se repiten entre las dos hinchadas, podría ser a puerta cerradas.

Colaboró: Esteban Lafuente



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