Gerardo Martino, el hombre que no necesita de los escándalos para ser noticia

Martino, en pleno festejo tras el título de la MLS
Martino, en pleno festejo tras el título de la MLS Fuente: AFP
Cristian Grosso
(0)
9 de diciembre de 2018  • 15:00

Un día, el 'Gordo' decidió largarse solo. Llevaba un año y medio como ayudante de campo de Carlos Picerni, en Platense, pero al regresar de Francia tras ver el Mundial 98, entendió que era el momento. Lo contrató Almirante Brown, de Arrecifes, que también tenía en carpeta al ‘Patón’ Bauza como entrenador. Junto con su ‘hermano’ Jorge Theiler, Jorge Pautasso y el profe Ariel Palena, compartían una casa de dos plantas en el centro de la ciudad. Todo comenzó un 24 de junio de 1998, como locales en el estadio Municipal, con derrota 1-0 ante Instituto en aquel Nacional B. La ciudad tuerca se revolucionó con el manejo de un hombre que desde siempre se animó a correr riesgos. Ese hombre se despide como leyenda de Atlanta, la capital de Georgia, conmovida desde anoche porque un equipo de soccer devolvió a la ciudad al mapa deportivo, ya que ninguno de sus equipos se coronaba desde los Braves, en la serie mundial de béisbol 1995.

Pudo ser odontólogo, pero le esperaba una distinguida carrera como futbolista de cabotaje. Él elige este término para despojarse de méritos. Después, pudo ser periodista deportivo, si hasta comentó algunos partidos de Central Córdoba para LT8 de Rosario. Pero nacería una sólida trayectoria como director técnico. Aunque no fue fácil. Ser el primer entrenador sudamericano campeón de la historia en la Major Legue Soccer (MLS) no aparecía en la hoja de ruta. Ni conducir a una franquicia que pulverizaría todos los récords. Se marchó hace dos años en búsqueda de silencio, y acaba de hacer más ruido que nadie. Martino es de los que no necesita de los escándalos para convertirse en noticia. Prefiere el refugio del "rinconcito", hasta que su obra habla por él.

En Arrecifes dejó una huella y todavía lo recuerdan con calidez, más allá de que ganó tantos partidos como los que perdió. Siguieron pasos por Platense e Instituto, donde en el diario La Voz del Interior lo bautizaron ‘El pequeño Bielsa’. Recién en el Clausura 2005, siete años después de dedicarse a la dirección técnica, debutó al frente de Colón. Nunca había dirigido en la máxima categoría de la Argentina, aunque se habían interesado en contratarlo Chacarita, Nueva Chicago y Gimnasia. La apuesta no funcionó en Santa Fe y volvió a Paraguay, para reeditar los triunfos con Libertad –en el ciclo anterior también se había coronado con Cerro Porteño– y asumir el desafío de la selección guaraní. Esa aventura resultó tan venturosa que condujo a Paraguay en su viaje mundialista más trascendente, cuando en Sudáfrica 2010 trepó hasta los cuartos de final e, incluso, puso en apremios a España, días después el campeón.

A finales de 2011 el Tata rechazó dirigir a la selección de Colombia y volvió a Rosario porque no toleraba que su Newell’s del corazón cayera al descenso. Lo sacó del pozo y lo llevó al cielo. No pudo decirle que no a Barcelona; íntimamente se traicionó y no se lo perdonará nunca. El derrumbe catalán no fue sólo su culpa, pero eligió autoflagelarse: "Las oportunidades se reclaman cuando es lógico hacerlo. A veces uno siente que no da la talla". Valiente en una atmósfera de discursos que mutan por conveniencia.

Cualquiera que lo trata descubre a alguien amable y cercano, lejos de la percepción de inalcanzables que tienen los personajes del fútbol. Ese es Martino, una persona común que ocupó un lugar extraordinario: entrenador de la selección argentina, la cartera más pasional del país. Incluso entonces eligió acorazarse en las costumbres habituales, las que lo describen discreto y sensible. Ese hombre eligió irse del lugar que todos sueñan porque su dignidad es innegociable. Una AFA colapsada y una generación de jugadores que se creía habilitada a invadir otras áreas fueron su límite.

Los desayunos en el bar Pan y Manteca, en la céntrica esquina rosarina de Córdoba e Italia. Los asados con los amigos de toda la vida en la peña de los miércoles por la noche. La casa de siempre sobre la avenida Jorge Cura, en la zona sur rosarina. La incondicional compañía de su esposa María Angélica (novios desde el 1° grado de la escuela República del Líbano), y el fervor futbolero que está en el adn de sus hijos, María Noel (30), María Celeste (28) y Gerardo Andrés (24). Y siempre Rosario, su lugar en el mundo. Socio del club Provincial y amante de los deportes en general, pero particularmente de la NBA y la Fórmula 1. Ferviente católico, devoto de la Virgen de San Nicolás. Disfruta los asados, pero no tanto de la parrilla. Fanático de los libros de suspenso de Michael Connedly y John Grisham, de las películas del mismo género (El Silencio de los inocentes es su favorita) y de las series de TV como Prison Break y Criminal Minds.

Nunca trabajó de pibe. Tuvo por compañero a Fito Páez en el primer año del secundario, en la escuela Dante Alighieri del tradicional boulevard Oroño rosarino. Intentó hasta en turnos nocturnos completar el colegio, pero la carrera como jugador se le vino encima. Se vendaba los tobillos por arriba de las medias, y no por cábala, sino porque de otro modo le molestaba. No recuerda quién lo bautizó "Tata", aunque quizá haya sido la querible abuela "Gringa". Cuando desde las inferiores leprosas espiaba hacia arriba, admiraba al ‘Tolo’ Gallego, aunque estéticamente nada los emparentaba en una cancha. Por eso, Bochini y Maradona también eran sus debilidades.

Volante elegante y de gran visión, pero vago, tres veces Martino se consagró como futbolista de Newell´s en 511 partidos. Nadie jugó más que él con la casaca leprosa ni nadie fue expulsado más veces: 12. Debutó en el invierno de 1980 en la primera rojinegra, un 15 de junio en un 0-2 con Platense, cuando sólo era un pibe de 17 años y lo bajaron del viaje de egresados para que se concentrara con el plantel. El debut como titular llegaría el 27 de julio, contra River, en el Parque de la Independencia. Había llegado a los 11 años al club y desde ahí creció hasta convertirse en leyenda.

Rechazó ser transferido a Mónaco y a Suiza, y ensayó una breve experiencia (primer semestre de 1991) en Tenerife. Es que su lugar siempre estuvo en Rosario, pero terminó despidiéndose del fútbol con escalas en Lanús –disfrutó convertirle a Rosario Central–, O’Higgins (Chile) y finalmente Barcelona, de Ecuador, en 1996, porque ya no podía volver al Parque por incompatibilidades éticas con el entonces presidente rojinegro Eduardo López. Regresó con la administración de Guillermo Lorente, que en diciembre de 2009 había bautizado con su nombre la vieja visera del estadio. Aunque prefiera escaparse de los homenajes, es el máximo héroe leproso de todos los tiempos, sí, por delante de Juan Carlos Montes, Zanabria, Gallego, el Piojo Yudica, Bielsa, Maradona y… Messi. Una tarde de 1995, porque sabía que ya no volvería al Parque como jugador de Newell´s, disfrutó de un partido homenaje. Un nene de 8 años deleitó a todos haciendo jueguitos en el entretiempo… Sí, Messi.

Pudo jugar en River, en 1992. Si hasta llegó a conversar con el presidente Davicce y con Passarella, que ya se había lanzado a la dirección técnica. Estuvo cerca de dirigir a Boca, lo llamaron en 2007 antes de contratar a La Volpe, pero estaba con contrato en Paraguay y respetó ese vínculo. Martino no esconde la sonrisa, pero sabe administrarla. Didáctico, obsesivo, con un discurso prolijo, Pero también visceral. Todavía hoy lo traicionan algunos exabruptos en las canchas que tendría que espantar. Lo asume, lo avergüenza. Pero no asegura poder controlarlo. La mancha de un caballero.

Martino es contracultural: no tiene representante, prefiere manejar personalmente sus contratos con la ayuda de un contador o de su hija abogada para ajustar los números. Dirá que no cree en los reconocimientos. Se descolgará medallas y se quitará los laureles. Repetirá que no ha hecho nada que lo lleve a pensar que ha tenido una gran incidencia en este título del Atlanta United. Mentira: le entregaron una franquicia nueva y construyó un equipo mirándose al espejo, tan intenso como noble. Perdió mucho más de lo que ganó, como todos, pero se coronó en cada lugar que pisó, desde Paraguay y España, hasta Estados Unidos y su Newell’s. México otra vez lo obligará a armar la guardia ante un ambiente más voraz. Martino siguió los festejos desde un costado secundario, no cambia. A los 56 años es el mismo hombre que mira desde el póster principal en la cantina de Brown de Arrecifes.

ADEMÁS

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.