Más espera: el silencio se impuso al final de la tarde

Por Andrés Prestileo De la Redacción de LA NACION
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10 de diciembre de 2001  

Se presagiaban estallidos, pero de entre el ajetreo de un domingo caliente se recortaron silencios. Esa legión fervorosa de Racing que tiñó Parque de los Patricios recibió un baño adicional de espera, tensión y sufrimiento. Se fue con la esperanza enhiesta, pero archivó la fiesta por, al menos, otros siete días. Y a kilómetros de allí, en Núñez, la imagen de un domingo menos futbolero que familiar se impuso de punta a punta entre hinchas que ni con los resultados de ayer parecieron recuperar la esperanza. La hora de las grandes estampidas del Apertura aún no ha llegado.

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El fútbol siempre sorprende. "Acá hay olor a título" , decía en la cancha de Huracán un plateísta académico en el aire ansioso de media hora antes del partido de Racing. Giraba la cabeza hacia la izquierda y le inundaba la vista esa masa celeste y blanca lista para detonar. Miraba al frente y la imagen era igual, en esa platea Miravé que casi siempre está vacía y ayer era un hormiguero. Algo esperable si se recorría la ciudad desde el mediodía, cuando la gente de la Academia juntaba procesiones por aquí y por allá, aun cuando la anunciada caravana desde Avellaneda no haya sido tan numerosa como se preveía.

Pero a la multitud la fueron frenando de a poco noticias ajenas. Dos rápidos goles de River retrasaron el enrojecimiento de gargantas, aunque el recibimiento para el puntero, otra vez, fue de esos para los que no alcanzan las descripciones. Era un mar de globos esa tribuna poblada de torsos desnudos y de brazos al viento.

Esas malas noticias que surgían de las portátiles -festejadas socarronamente desde el codo de la popular visitante, donde sonaba fuerte el Dale Boooonfield , así, con "o"- se olvidaron a la hora del juego. No era cuestión de retacear el aliento, claro. Menos ayer, cuando advirtió que su equipo lo requería como nunca en una tarde para el olvido. Al final eran ellos los que necesitaban que se les diera ánimo, cuando en la retirada rumorosa y con caras serias empezaron a aparecer los fantasmas tan temidos.

"¿Será posible que no podamos terminar nada sin sufrimiento?" , le dijo un muchacho a su amigo, alejándose del Tomás Ducó por Colonia. El otro sonrió, pero no respondió nada.

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En el Monumental, los misterios se despejaron tan pronto que no hubo lugar ni para nervios. Pero a la poca gente que fue -no más de 13.000 personas- no le alcanzó lo que hacía el equipo para subirse de nuevo al carro de la ilusión. Como si la expectativa hubiera quedado en Avellaneda, una semana atrás. No ayudaba la gente del rival, confinada al codo de una popular que ni siquiera apareció colmado.

Las constantes no faltaron. El aliento sostenido de la barra brava, los borrachos del tablón , estuvo, como siempre. Pero el apoyo masivo, ese que se espera de una hinchada que todavía espera algo, no se sintió por allí. La retirada fue tranquila, con gente circunstancialmente satisfecha que se detenía en cálculos ( "A ver, si Racing pierde algún punto con Lanús y Vélez, y nosotros..." ) que no insuflaban demasiado optimismo. Como para no darse por entregado de antemano, pero nada más. Más que eso, incluso, pesó el lamento por tantas oportunidades desperdiciadas cuando todavía había tiempo.

Ganaron los silencios. Como una gambeta caprichosa a las previsiones, antes del final. Pero sólo por ayer.

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