Más que paso a paso, un vía crucis

Daniel Arcucci
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17 de diciembre de 2001  

"¡Sacala segura, estúpido!" El grito, destemplado y con un insulto desusado en los tiempos más recientes, partió desde la misma platea que, en los últimos 35 años de frustración tras frustración, ha sabido acuñar más de un hit, del tipo "¡Vamos la lágrima!" o "¡Racing, me vas a matar pero te quiero!"

Se jugaba tiempo de descuento en Avellaneda, River ya había ganado en Caballito, la definición del campeonato se alargaba una semana más y el plateísta no encontró mejor forma que ésa para expresar su fastidio con el equipo que, de todas maneras, por encima de sus imprecisiones, quedaba por fin al borde de la consagración, con el primer puesto ya asegurado.

El grito rebotaba todavía en medio del murmullo preocupado de la mayoría de los hinchas de Racing cuando la pelota, impulsada con fuerza por Campagnulo (que no era precisamente quien más se merecía un insulto), aterrizó milagrosamente en los pies de un compañero.

Se sabe: la recibió Milito, hizo una jugada de otro partido, hubo un rebote (ese sí, de este partido) y definió Chatruc, para asegurar algo más que el 2 a 0 en el resultado.

Sirvió para provocar un desahogo, desatando esas gargantas anudadas en buena parte de los noventa minutos. Sirvió -o eso debería- para generar un golpe de confianza, una de esas descargas de energía (marca registrada racinguista en 2001) que le permita al equipo -y a la gente- afrontar el último compromiso con la convicción de que esta vez sí, esta vez es verdad, más allá de que el risueño "paso a paso" ha sido reemplazado en los últimos tiempos por un angustiante vía crucis.

No fue el único grito de la tarde, claro. Todavía no había empezado el partido en Avellaneda cuando un "¡Goooooollllll!" inoportuno partió de una garganta ansiosa y recorrió el cilíndrico estadio como si fuera el movimiento de la ola mexicana: falsa señal; Argentinos había concretado una llegada clara contra River, sí, pero no el tanto tan deseado.

En todo caso, sirvió para marcar con claridad cuán pendiente estaba Racing de lo que sucedía allá, en Caballito. Pendiente y condicionado. Como si no le alcanzara con armar su propia fantástica fiesta, con el marco casi inédito de las tribunas plenas de unánime albiceleste, con los tres puntos de ventaja y con un rival tan pobre, tibio y timorato enfrente.

Ahora, cuando una nueva estación del calvario ha quedado atrás, cuando sólo le falta un... paso para concretar el sueño, quizás a Racing le sirva escuchar el anteúltimo ruego del mismo hincha del principio. Seguro de que por algo más que fortuna el equipo llegó hasta allí, sabedor de que con un empate basta pero mejor que todo es creer en sí mismos, le exigió al técnico, que ya tiene preparada la estatua: "¡Mandalos para adelante, Merlo!" Parecía convencido de que ésa era la fórmula para dejar de sufrir. Y para empezar a festejar.

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