Mucho más que un homenaje

Daniel Arcucci
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31 de diciembre de 2001  

No podía ser de otra manera. Si el partido homenaje –o como haya querido llamarlo– lo tenía a él como protagonista, no podía pasar de largo así, como uno más.

Se sabe, los partidos homenaje, cuando tienen a futbolistas argentinos de por medio, suelen diluirse sin pena ni gloria, quizá por aquello de estar jugando por nada.

Sin embargo, en el centro de la escena estaba, esta vez, Diego Armando Maradona, nada menos. Y no podía ser que la imagen fuera aquella que estaban dejando los primeros minutos, más tristes que emotivos, más lastimosos que apasionantes.

Lento y rengo, Diego se movía por la cancha como si no la conociera, y eso que estaba pisando el césped de la Bombonera. Sus compañeros de la selección le prestaban la pelota con más cuidado que respeto y sus estelares rivales invitados lo dejaban pasar deseando que fuera capaz de acelerar como antes. La gente, alrededor, ponía lo mejor de sí para ver en aquel hombre golpeado la magia del mito.

No podía ser así el partido homenaje a Maradona. Alguien tenía que inventar algo. ¿Y quién iba a ser?

El mismo, claro. Maradona. Inventó la jugada.

Pateó un penal y lo festejó con su arquero vencido, y con sus rivales, y con todos. Se sacó la camiseta de la selección y siguió jugando con la de Boca, que llevaba abajo. Así vestido, distinto absolutamente de todos los demás veintiún jugadores que poblaban la cancha (vaya imagen simbólica) se reencontró al fin con la pelota. Y, finalmente, se plantó debajo del arco, de frente a esa tribuna que no dejaba de despachar bengalas de agradecimiento y de cantar el himno “Maradó, Maradó” y se puso a llorar.

No era díficil imaginar lo que él estaba pensando en ese momento: que más allá de denominaciones o palabras prohibidas, aquello tenía más de despedida y de retiro que de homenaje o tributo; que era la última vez.

Entonces, ya no lloró solo.

Después, como si hiciera falta, habló, que en su caso implica jugar con las palabras. Y dijo aquello que quedará grabado a fuego, como sus goles: “Esto es demasiado, es mucho más de lo que uno puede esperar”. Y siguió: “El fútbol es el deporte más lindo del mundo y todos no pueden pagar por uno; yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. Ya era imparable: “Esperé tanto este partido y ya se me terminó... Yo quería que no se terminara nunca”. ¿Faltaba algo, era necesario agregar otras palabras? Sí, por supuesto: “Les pido por favor: que este amor no se termine nunca. Les debo mucho. Los quiero muchísimo”.

¿Qué más? Sólo que lo firme: Diego Armando Maradona, diez. Unico, eterno.

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