Mucho más que una figura

Daniel Arcucci
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3 de diciembre de 2001  

Si es que se había apagado, la esperanza de los hinchas de Racing volvió a encenderse junto con las luces de la placa que, desde la línea del centro del campo, elevaba el cuarto árbitro, marcando el cambio en River: "11", leyeron fugazmente, en números rojos, y se les iluminó la cara, se les aceleró el corazón.

La posibilidad de que dejara la cancha ese pibe de pisada endiablada, que ya había provocado un festival de amarillas y amenazaba convertirlas en rojas, y encima fuera reemplazado por un defensor, era una puerta abierta hacia el equilibrio, en el juego y en el resultado, hasta allí -cuarto de hora del segundo tiempo- sólo posible gracias a la oposición de la voluntad contra el talento.

¿Era necesario el enfrentamiento directo con su perseguidor para comprobar que este Racing puntero no contaba en su plantel con una individualidad que marcara diferencias como lo hace D´Alessandro? Posiblemente, no. Pero lo cierto es que, a esa altura del encuentro, cara a cara, la cuestión estaba quedando al descubierto.

Y aunque después la placa se corrigió -y el reemplazado fue Zapata, el 22, un ejemplar que tal vez podría encontrarse hurgando en el plantel de Merlo- ya la sensación estaba de todas maneras instalada, en los de afuera y en los de adentro, tan acostumbrados a jugar juntos: el líder provocaba que el segundo tomara sus recaudos, más allá de poderíos supuestos o evidentes, y allí estaba la oportunidad para demostrar el porqué de su condición; entonces, volvió a la carga, a su manera y con sus armas. A buscar lo suyo, lo que ya se merece tras 35 años de sufrimientos.

El grito del colombiano Bedoya y de todos -rabia, desahogo, explosión- fue, simplemente, una consecuencia de la nueva lógica: lo que antes siempre terminaba en frustración inevitable ahora siempre culmina en fiesta repetida. Y como si hicieran falta más señales de los guiños del destino, allí estuvo -como dos semanas atrás el poste ante un pelotazo de Leo Ramos- el remate de Cardetti, solitario ante Campagnuolo, tirando afuera la pelota y los fantasmas, a sólo 14 segundos del final.

A esa altura el estadio era, igual que al principio, un festival de humo blanquiceleste y de bengalas multicolores, una caja de resonancia de la palabra que ya todos se animan a pronunciar.

Porque así como este Racing equipo no tiene una individualidad que le sirva para desequilibrar y nos sirva para definirlo, sí cuenta con una suma de razones que sirven para entender el Racing fenómeno. Convicción, voluntad, humildad, hambre. A eso le temen hasta los que más tienen. Quedó demostrado, una vez más, cuando unos y otros estuvieron cara a cara.

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