Mundial ´78: el té con la princesa Máxima

Ezequiel Fernández Moores
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3 de diciembre de 2008  

Cómo hay que llamarla, ?señorita, señora Máxima, señora princesa´", pregunta Leopoldo Luque.

"Decile Máxima", responde Nora Cortiñas.

El campeón del Mundo ´78 y la Madre de Plaza de Mayo viajan por las afueras de La Haya en un automóvil Volvo de la corona para reunirse con Máxima Zorreguieta, princesa de Holanda. Le llevan un ejemplar del libro Voetbal in een vuile oorlog (Fútbol en una guerra sucia), una visión holandesa sobre el polémico Mundial ´78. No hay prensa. Luque, con su esposa, y Máxima, con una secretaria. La princesa y la Madre de Plaza de Mayo conversan entre ellas, me cuenta Cortiñas.

"¿Vos viniste forzada?", pregunta la princesa.

"No, no me conocés. Como a vos, a mí también me costó estar aquí", responde la Madre de Plaza de Mayo, con su pañuelo tradicional en la cabeza y la foto de Gustavo, su hijo desaparecido, colgada en el cuello. "Me costó porque tuve que separar tu historia de la de tu padre. Nosotras no perdonamos, no olvidamos y no nos reconciliamos con los genocidas ni con sus cómplices, y quiero que este libro sirva para que se lo leas a tus hijos y sepan la realidad que vivimos."

No se habla más del padre de Máxima, Jorge Zorreguieta, subsecretario, primero, y secretario, luego, de Agricultura y Ganadería de 1976 a 1981, en tiempos de Videla. Rodeada por doce kilómetros de bosques, Villa Eikenhorst, residencia actual de los futuros reyes de Holanda, es una mansión de 600 metros cuadrados, tres pisos y un lago. Allí, mientras se toma el té, se habla sobre la Argentina de 1978, el fútbol y la dictadura. Cortiñas recuerda "el dolor de las Madres en medio de la fiesta". Luque cuenta de su desconocimiento sobre "la dimensión real del horror". Le confía a Máxima que su compañero de selección, Alberto Tarantini, mintió cuando alguna vez contó que saludó al general Jorge Videla en los vestuarios tras un partido, pero luego de tocarse los genitales. "Lo dice para tener un poco de prensa, pero, en ese momento, teníamos como único objetivo ganar el Mundial y no sabíamos lo que realmente estaba pasando", dice Luque a Máxima.

La princesa acepta un pedido de Cortiñas para ver si el gobierno holandés puede apoyar la Convención de Desaparición Forzada de Personas. Luque habla de su escuelita de fútbol en Mendoza. La reunión, que dura dos horas y media, termina con el príncipe Guillermo Alejandro. El esposo de Máxima será rey de Holanda cuando muera o abdique la reina Beatriz, quien en 1966 se casó con el hoy fallecido príncipe Claus, ex soldado alemán del ejército nazi, lo que suscitó debates similares al casamiento de 2002 de Guillermo con Máxima. Es sabido que el padre de Máxima finalmente no pudo asistir a la boda. Cuando el príncipe se suma a la reunión, sólo se habla de fútbol. Que él es de Feyenoord y de River. Y ella del Ajax y de Boca. Se toman fotografías, pero Máxima pide como única condición que no se difundan en los medios. Ese mismo día, lunes 24 de noviembre de 2008, el campeón y la Madre de Plaza de Mayo atienden a la prensa, desesperada por conocer el contenido de la reunión. Ambos se manifiestan encantados con "la sencillez y la calidez" de Máxima. Pero son reservados. En rigor, hoy ya de vuelta en la Argentina, me cuentan muchos más detalles para este artículo de LA NACION.

Luque y Cortiñas van juntos a programas de radio y de TV. La Madre de Plaza de Mayo recuerda que a sólo 700 metros de donde la Argentina y Holanda jugaron la final del Mundial, en la ESMA, se torturaban personas y nacían niños cuyas madres eran asesinadas. "Si se hubiera sabido eso, el Mundial no tendría que haberse jugado", afirma Luque. El diario De Volksrant publica esa declaración en la portada. "Sí, lo dije, como también dije que el Mundial se jugó y que yo estoy orgulloso de haberlo ganado y que es una falta de respeto decir que fue un Mundial comprado porque si el tiro que pegó en el palo de [Rob] Rensenbrink en la final era gol, el campeón hubiera sido Holanda", me dice Luque. Jan Mulder, ex futbolista, actual comentarista, felicita a Luque en De Volksrant, pero dice que su cambio "es tardío" y congratula a Máxima, que realmente es muy querida en Holanda, "porque con este gesto toma distancia de su padre y marca pautas correctas sobre los derechos humanos y la política". El debate ocupa durante días espacios importantes en la prensa. Algunos mensajes del público consideran "una vergüenza" que Holanda haya jugado el Mundial y califican al gobierno de "hipócrita". Recuerdan que Holanda fue segundo socio comercial de la Junta, que el embajador Honere van de Brandeler defendía a Videla y que el gobierno vendía aviones Fokker al régimen. El artista Freek de Jonge dice que su campaña proboicot al Mundial fue un buen intento de protesta, pero "terminó siendo una discusión entre comunistas y trotskistas. Hoy no sé qué haría, porque ahora, con muchos medios manejados por poderosas multinacionales, es más difícil saber realmente qué pasa". Otros destacan el nombre ignorado de Hans Jorritma, DT de la selección masculina de hockey sobre césped que fue segunda en el Mundial jugado en 1978, en Buenos Aires, y que se negó a recibir la medalla de manos de Videla, gesto por el cual fue criticado al volver a Holanda. "Aunque sean fríos y distantes, los calvinistas tienen memoria", me dice desde Holanda el colega Mariano Slutzky.

A la presentación del libro asiste también Wim Rijsbergen, el único jugador holandés que visitó a las Madres durante el Mundial. Dice que se indignó cuando le contaron sobre "secuestros y robos de bebes". Y que el plantel decidió no ir a la cena final del Mundial con Videla, en el hotel Plaza. "Para no sentarnos al lado de asesinos", explicaron. Cortiñas destaca el gesto, pero Luque matiza: "No fueron porque perdieron, si nosotros perdíamos, tal vez, tampoco hubiéramos ido". Sí, fue a la cena, con una invitación que le dio uno de los jugadores, el periodista holandés Frits Barend. Se acercó a Videla (hay una foto de ese momento en el libro) y le preguntó sobre la ausencia de la selección holandesa. "Es un insulto", responde el dictador. Barend le dijo que estuvo en la Plaza de Mayo y le preguntó sobre los niños desaparecidos. "Estamos en guerra", dijo Videla, calmo, y le pide que le permita "disfrutar de la cena". A Barend le robaron el pasaporte esa misma noche y al volver, en una escala en Mendoza, lo sacaron del avión y lo mantuvieron incomunicado una hora. El libro de los periodistas Marcel Rozer e Iwan van Duren tiene también un capítulo hilarante sobre la concentración de Holanda en Mendoza, sin teléfono, una TV que no andaba casi nunca y las cartas como única distracción. Las charlas del DT austríaco Ernst Happel eran esencialmente breves. "Vos tenés que marcar al de pelo largo", ordena Happel al mellizo Willy van de Kerkhof antes de la final. "¿A Kempes?", pregunta desorientado el jugador. "Sí, Kempes, a ése". Van de Kerkhof quiere más precisiones: "¿Marca personal o en zona?" Happel tarda un minuto eterno y grita: "¡Willy, respeto, respeto Willy!" Peor fue lo de Wim Suurbier que la mañana de la final, creyéndose fuera del partido, bebió numerosas cervezas con el periodista Jack van Gelder. Casi se muere cuando en la charla técnica Happel le dice que va al banco. Suurbier se la tuvo que pasar tomando leche hasta una hora antes de partir hacia el Monumental.

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