Mundial Sub 20. El derrumbe argentino: un desencanto continuo que ya acumula diez años de frustraciones

El comienzo del fin: la derrota ante Corea del Sur
El comienzo del fin: la derrota ante Corea del Sur Fuente: AP
No se encuentra la riqueza que abundaba en otras épocas y los dirigentes de la AFA no supieron acompañar procesos juveniles que resultan decisivos para el futuro de la mayor
Alberto Cantore
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28 de mayo de 2017  • 08:00

JEJU, Corea del Sur.- Una nueva desilusión, otra frustración que se acumula. El recorrido de la Argentina por el Mundial Sub 20 de Corea del Sur resultó corto y agigantó una problemática que acumula diez años de desencantos. Un tropiezo que es otra marca dolorosa, que viaja más allá de la eliminación en la etapa de grupos de la Copa del Mundo. Las alarmas suenan desde hace tiempo, pero nadie las escucha. Los juveniles son el futuro de la selección Mayor y corregir el rumbo debe ser una urgencia para la nueva dirigencia del fútbol nacional. Los resultados son el producto de los procesos y ahí es donde se tienen que buscar las razones del extravío. El ciclo actual es un ejemplo de la ausencia de un proyecto, hundirle el cuchillo a quienes tomaron el desafío o castigar a los futbolistas sería enseñar una mirada miope, evadirse, distorsionar la realidad para encontrar una excusa. Muy lejos quedaron los días de gloria, en las que los títulos se encadenaban y la Sub 20 era el equipo que movilizaba a todos, el que invitaba a poner despertadores para levantarse a media madrugada, como en Malasia 1997, o llenar estadios, cuando el país organizó el Mundial, en 2001. No hay recetas ni pócimas mágicas: para reencontrarse con ese pasado hay que planificar a conciencia el futuro.

La Argentina ya no se mueve con soltura entre los juveniles. Todo le cuesta demasiado. Vive con angustia, sin soportes. Aunque no gustan, las comparaciones se vuelven inevitables. Tal vez hay que observarlas como método de aprendizaje y no como una evaluación de resultados, logros, conquistas. Tal vez ejecutar ese ejercicio sirva como reflexión, como un punto de partida para explicar el presente. Al ensayar la retrospectiva, saltará a la luz con crudeza que ya no es lo que se era. No se ve el sello distinto de aquellos juveniles que dejaron una estela bajo la tutela de José Pekerman. Seguramente, se tratará de una mezcla de varios factores, algunos ineludibles.

Surge una coincidencia: cambiaron las camadas. No se encuentra la riqueza que abundaba en otras épocas. Esos jugadores desequilibrantes que, por más que no desembarcaban en los juveniles con un nombre hecho, mostraban condiciones de diamantes en bruto. ¿Unos pocos casos? Ariel Ibagaza, Esteban Cambiasso, Juan Román Riquelme, Pablo Aimar, Juan Pablo Sorin, Javier Saviola, Carlos Tevez, Sergio Agüero, Maximiliano Moralez y Lionel Messi, acaso como la irrepetible última gran joya del fútbol argentino. Sin los considerados distintos, que pueden romper el molde por sí solos, queda el trabajo, consolidar un plan. Nada de eso sucedió en la última década, en la que un desfile de directores técnicos, con ideas diferentes de juego y hasta de cómo desarrollar las tareas, fueron sucediéndose en las selecciones juveniles.

Desde hace un tiempo, los juveniles importan en las palabras y los discursos floridos, poco en los hechos. Muchos se llenan la boca, pero al momento de actuar le dan la espalda. El ciclo Úbeda empezó enrarecido y el periplo fue una carrera de obstáculos. Después de 20 años se volvió a elegir una conducción, tras la presentación de carpetas, proyectos. Pero la selección sufrió una modificación que generó revuelo, sospechas, miradas desconfiadas y acusaciones mediáticas. La desprolijidad ensució el programa. El campeonato sudamericano de Ecuador enseñó las distancias y un puñado de acontecimientos reflejaron que se viajaba a la deriva. La ausencia del acompañamiento de dirigentes explotó con una expulsión (Tomás Belmonte), que recibió tres partidos de suspensión y la Argentina no tenía quién defendiera una reducción de la pena, apelara, tuviera cargo para discutir la sanción que saltó de una fecha –de manera provisoria- a las tres jornadas de cumplimiento efectivo. Una señal contundente también de que la AFA dejó de tener peso en la Conmebol.

La negativa de Independiente para ceder a Ezequiel Barcos fue el reflejo de las miserias de quienes conducen los clubes, que al saber que el actual ciclo tenía fecha de caducidad ejercían presión para beneficiar a sus equipos en detrimento de la selección. Mientras acusaban con falsedades al cuerpo técnico, exponían al juvenil, a quien le “comían” la cabeza con malicia. Egoísmo en estado puro. Otros clubes ofrecían palabras dulces, pero puertas adentro estudiaban las formas para demorar la salida de los chicos. No es nuevo el procedimiento. Dos años atrás, camino a la Copa del Mundo de Nueva Zelanda, River cedió con demora a Mammana y Vega, quienes llegaron el día del debut, porque el técnico Gallardo los quería para el partido decisivo por los cuartos de final de la Copa Libertadores 2015, ante Cruzeiro, en Belo Horizonte, donde los millonarios debían revertir una derrota. Ninguno de los dos defensores firmó la planilla en Brasil y al borde del sueño estuvieron sentados en el banco de suplentes en el debut con Panamá.

Los títulos sudamericanos Sub 17, en San Luis 2013, y Sub 20, en Uruguay 2015, son una isla. Quizás la última pequeña muestra de una continuidad, porque ese grupo que eligió Humberto Grondona empezó a proyectarse en 2011, con edad de Sub 15, en un torneo en Fray Bentos. El resto fue lo que apura esta realidad. La Argentina, el país que más coronas mundiales (seis) entre los Sub 20, en los últimos 10 años ofrece números que hacen pensar cómo hizo en el pasado para ser campeón. Porque en 2009 y 2013 –el Sudamericano se jugó en el país y no superó el corte de grupos- no se clasificó a los mundiales; en 2015 y ahora fue eliminada en primera rueda. La derrota en los cuartos de final en Colombia 2011 queda como la mejor actuación dentro de una estadística preocupante y como ejemplo irrefutable del derrumbe.

Hoy la Argentina tiene la mirada clavada en el mundial de Rusia 2018 de Mayores. El futuro técnico de la selección arribó al país y ya anda recorriendo estadios, el presidente de la AFA, Claudio Chiqui Tapia, junto con el vicepresidente Daniel Angelici, sellaron la salida de Jorge Sampaoli de Sevilla... El siguiente paso debería ser una rápida elección, con presentación de proyectos y de carpetas, de quién conducirá a los juveniles y no la imposición de nombres, algunos sin ninguna experiencia en divisiones formativas. Sería una sana decisión de la denominada nueva AFA, un paso adelante para empezar a reconstruir desde las ruinas, recuperar el prestigio, porque los juveniles son el futuro del fútbol argentino.

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