Nadie apaga la mecha

Por Carlos Losauro Jefe de LA NACION deportiva
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28 de enero de 2002  

Ahí está la mecha, impregnada de pólvora; falta encenderla. Siempre la rodea un puñado de delincuentes que está dispuesto a concretarlo: diez, veinte, no más; envueltos en alguna bandera partidaria; sea donde fuere el partido o el color de la divisa; en Mar del Plata, en Córdoba, en Buenos Aires; en cualquier rincón. Siempre están; a la vuelta de nuestras casas, a miles de kilómetros. Para ellos no hay distancias ni crisis económica que los frene. Tienen asegurado su ingreso y un lugar en el centro de la tribuna; el mejor. Y llegan sobre el filo del comienzo del juego. Están incorporados, tristemente, al folklore del fútbol.

Hace unas horas, otra vez los violentos fueron los dueños de la noche futbolera de Mar del Plata. Con mil efectivos afectados al operativo policial; un movimiento de seguridad anunciado, casi como un dato de perfección organizativa, desde hace varios días. Claro que ahora –y no antes– frente al escándalo y como un mecanismo de defensa frente a la barbarie consumada, surge la voz del comisario Carmelo Impari, jefe del operativo de seguridad, con una frase que asombra: “El estadio es para un Francia-Hungría, no para un River-Boca...”; y va más allá: “El operativo no fue un fracaso...”. La noche del escándalo se vio otra cosa. Un puñado de delincuentes, diez, veinte, no más, que saltaron alegremente a las plateas; robaron y pegaron con impunidad. Y en lo alto de las tribunas, con algún trofeo de guerra en sus manos, haciéndole frente a una docena de policías que, en el mejor de los casos, apenas pudo defender su propia integridad física; lo otro, la protección de esos más de 30.000 hinchas que disfrutaban de un partido de fútbol, quedaron desamparados en medio de la trifulca; llorando por los gases lacrimógenos; con padres protegiendo a sus chicos; con gente deambulando como podía en medio de las tribunas; al borde de la tragedia. Ni siquiera se habla de la frustración de un espectáculo inconcluso, que se astilló impunemente y por el cual se paga una entrada. Es que la resignación es moneda corriente en nuestro país; no quedan fuerzas ni ánimos para que cada uno de los hinchas –los genuinos– reclamen por el valor de una localidad de un partido que no terminó. Y no por culpa de ellos.

Todavía quedan algunos partidos de verano. Más adelante, el certamen vernáculo. Ya hay voces que condenan la realización del partido entre Boca y River de pasado mañana en Córdoba; también se escuchan ecos de que la policía había pactado un acuerdo de no agresión entre las hinchadas en la noche de Mar del Plata. Casi como lo que se dijo en los últimos días frente al cacerolazo del viernes último, con versiones sobre un pedido de las fuerzas de seguridad a los barrabravas para que no se entrometiesen en el reclamo por la situación de crisis que vive el país. Creo que la resignación llegó a un límite; un puñado de delincuentes, evidentemente identificados, no puede ser el protagonista del fútbol; ni de nada; mucho menos jugar con la vida de miles de hinchas. Dije que la mecha está ahí. El sentido común y la responsabilidad no deben permitir que se encienda. Viviremos todos sin miedo y en un mundo mejor.

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