Oro y plata: poca cosa para un filósofo

Hugo Caligaris
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26 de junio de 2002  

KIOTO, Japón.– ¿Qué son el oro y la plata para un filósofo? Poca cosa. Una flor, un pececillo moviéndose en el agua pueden valer más que eso. Diciéndonos obsesivamente estas palabras cada vez que nos suben de la base del estómago a la garganta esa angustia de haber sido y ese dolor de ya no ser, llegamos a Kioto, el mejor lugar de Japón para esperar otra final de campeonato que la Argentina, ya es tiempo de sacarse la venda de los ojos, no habrá de jugar.

Kioto es el lugar ideal porque aquí no hay fútbol, porque mira el Mundial desde lejos, con ese aristocrático desdén de quien supo ser número uno desde tiempos inmemoriales y ahora lo es sólo en el fondo de su alma, y porque, como veremos enseguida, Kioto tiene su propio oro, su plata y su escenario particular para que discurra soberanamente por él la filosofía.

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¿Tiempos inmemoriales, decimos? Por un lapso equivalente al que mediará entre el día de la segunda fundación de Buenos Aires, con el célebre ayuno de Garay, y el año 2578, Kioto fue la capital del imperio japonés. Todavía la FIFA no sabe en qué país, continente, planeta o galaxia se jugará el campeonato del 2578, porque falta demasiado tiempo. Pero ese año (hicimos las cuentas) se jugará un campeonato. Pasarán muchas cosas hasta entonces. También pasaron muchas cosas desde que el malhadado Garay sacó la espada y alteró el orden natural de las cosas en la tranquila llanura pampeana.

El Garay de Kioto fue el emperador Kammu, quien en 794, harto de los constantes problemas que desfilaban por la vieja sede del imperio, Nara, declaró que aquí estaría el centro del mundo para siempre. Y lo llamó Heiankio, que significa “la capital de la paz”. Tuvo más suerte que el pionero ibérico, pero la era de Kioto, que duró hasta 1868, no estuvo exenta de inconvenientes. Entre el siglo XI y el siglo XII los incendios y los terremotos obligaron a reconstruirla por entero catorce veces. Entre 1467 y 1477 sus calles fueron escenario de la guerra civil entre los señores feudales Yamana y Hosokawa, en la que se vivieron escenas duras.

Pero no todas fueron malas noticias. Kioto fue la cuna de todo lo que conocemos como cultura japonesa, por un lado. Y por el otro, se salvó de los bombardeos aliados en la Segunda Guerra Mundial, y por eso conserva todavía hoy barrios encantadores, como Gion, con sus casitas de madera y su perfume de cuento de muñecas.

Cuando cae la tarde, Shijo, la avenida principal de Gion, se enciende desde sus aleros. La lluvia no molesta al caminar. Cuadras y cuadras dura la calle techada: mirarla, para abajo, para arriba o para los costados, es un placer multiplicado.

Lástima: Gion conviven con otros barrios modernos. Los hicieron para ganarle a Tokio y volver a encabezar la tabla de posiciones, deseo imposible de los lugareños, pero sirven para lastimar la visión y para obligar, por ejemplo, a quien llegue a la estación de tren a caminar media hora si quiere cruzar de la entrada del Este a la salida del Oeste: según el concepto japonés de la modernidad, si uno demora un minuto menos en el trayecto es porque el arquitecto no hizo las cosas con la contundencia debida.

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Kioto tiene 1600 maravillosos templos budistas, todos muy diferentes y de los cuales este cronista habrá visto diez, además de ese complejo palaciego-espiritual que es el palacio Nijo. El cronista necesitaría otros 159 viajes para tener un panorama más completo, pero sólo dos de estos templos resultan de interés para esta nota: el de oro y el de plata, naturalmente.

El templo de oro es el Kinkakuji, y cualquiera que se quede mirando durante un rato sus pisos segundo y tercero y el ave fénix que parece a punto de echar a volar desde el techo corre peligro de perder la razón, por los reflejos de sus láminas de oro puro y por su belleza incomparable. Seguramente uno de estos insanos repentinos le prendió fuego en 1950, dando lugar a su reconstrucción y a la novela de Mishima “El pabellón dorado”. La mención del shogún que lo erigió en el siglo XIV, Yoshimitsu Ashikaga, no provocaba risa entre sus contemporáneos, sino hondo respeto.

Su nieto, Yoshimasa Ashikaga, no fue tomado tan en serio. En el costado opuesto de la ciudad, levantó el Ginkakuji y ordenó cubrirlo íntegramente con hojas de plata. Nunca, pero nunca hasta hoy, Yoshimasa fue obedecido, lo que demuestra cuán rápidamente caen en el descrédito los segundos. De todos modos, el Ginkakuji sigue siendo llamado “El pabellón de plata”, no tal vez sin cierto sesgo irónico.

Que estas residencias particulares para personas afortunadas, como lo fueron en su origen, hayan sido donadas a los monjes budistas tras la muerte de sus señores muestra hasta qué punto poder y religión se complementaron y se influyeron uno a otra.

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El filósofo de esta historia es Nishida Kitaro (1870-1945), a quien le gustaba caminar solo mirando los cerezos florecidos y siguiendo el curso sinuoso de un canal en la base de las montañas Higashiyama, que le ponen límite a Kioto por el Este. De espaldas a los templos imponentes que asoman por todos lados, recorrimos los dos kilómetros y medio que Kitaro andaba cada día, pensando en las vanidades en las que por renta escasa empeñan su vida los que escriben las reglas del mundo.

Su sendero se hizo muy popular: es el así llamado Paseo del Filósofo, y a su vera han surgido pequeños restaurantes y cafés, para el momento en que el estómago impone sus condiciones a la cabeza, talleres de pintores y locales de artesanía. Caminando por allí se olvidan los pesares, y una sensación de calma y de alegría serena reemplaza al vértigo y al ruido.

Dentro del millón de personas de la actual Kioto, hay muchos que se parecen a Kitaro. Aristócratas del corazón. Tal vez, visto de cierto modo, perdedores. Pero ricos, como lo somos nosotros a pesar de la eliminación y del crac bancario.

En Kioto hay muchos artistas, intelectuales o ... gente con sus tradiciones. Muchos kimonos, mucha ikebana, mucha ceremonia del té, muchos museos, mucha danza gagaku y mucha comedia kiogen. El prefijo “kio” aplicado a cualquier género u objeto es marca de calidad superior. Aunque, en la carrera de la modernidad, Kioto también haya quedado fuera de la Copa, Japón acude a ella para recordar por qué es Japón. Y en tanto estas periódicas visitas se repiten, el oro y la plata siguen pasando de mano en mano, por lo general sin pena y sin gloria.

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