Paso en falso: un Racing vacío frenó su camino al título

Igualó sin goles con Banfield y se acortó a tres puntos la ventaja que le lleva a River; dejó una imagen tibia y titubeante
Claudio Mauri
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10 de diciembre de 2001  

El suceso de Racing puntero, con aura de campeón, siempre fue más sencillo de explicar desde la rotundidad de los resultados que justificar desde las argumentaciones futbolísticas. A la Academia siempre lo acompañaron más los números que los conceptos del juego. Varios triunfos y algunos empates clave forjaron la confianza del equipo, enseguida vino la efervescencia de su gente y el fenómeno pasó por encima de limitaciones e imperfecciones.

Esta dinámica envolvente sufrió ayer un frenazo, no sólo porque se desvaneció la posibilidad de festejar el título –para lo cual bastaba el triunfo que obtuvo River–, sino porque la ventaja ya no es tan cómoda. Un aplicado y prolijo Banfield, que empezó convencido de su mejor fútbol y finalizó metido en su trinchera, dejó al descubierto la escasez de recursos del líder.

Este repertorio acotado no es ninguna novedad en la formación de Merlo. Está habituada a volcar partidos en su favor por el aprovechamiento de detalles, de menudencias, sea a través de una acción con la pelota detenida, de un rebote o de un descuido rival. Bueno ayer no hubo nada de eso, con el agravante de que el margen de error del árbitro le jugó en contra, cuando Sequeira, por indicación de su asistente Sergio Cagni, anuló equivocadamente por offside una definición de Estévez –bien habilitado por Viveros– por encima de Lucchetti. A esto hay que sumarle un primer tiempo que dejó pasar de largo con una actitud paralizante, inusualmente desganada para el torrente de energía que suele desplegar. Ya en la segunda etapa, a medida que Banfield se iba aquerenciando cerca de su área, la tenencia de la iniciativa lo retrató con algún empuje aislado y un vacío de ideas ininterrumpido.

La multitud que ocupó tres cuartas partes del estadio de Huracán se fue con una resignada indiferencia. El resultado, esta vez, no compensaba el acostumbramiento a la modestia del equipo. Tampoco había quedado margen para la condena porque ahí se habría rozado la ingratitud.

Tendrá una semana Racing para reconsiderar si la víspera de la consagración resultó una presión inhibitoria. Porque el que entró suelto y dominante fue Banfield, con el buen manejo que desde el medio nacía en los pies de Leiva y Cervera, más el carácter de Sinisterra para hacerse fuerte en un sector que Racing frecuentó con Vitali y Chatruc. Y de entrada estampó un cabezazo de Sanguinetti en el travesaño.

El resto de los locales se asociaba en el toque pulcro y organizado. Banfield hacía de la pelota y el pase al pie una fuente de comunicación, lo cual contrastaba con el desprecio de Racing para asegurar el cuero. Los pelotazos a dividir o sin destino, con Ubeda como principal generador, fueron agigantando la labor defensiva y la seguridad de Lucchetti en los centros.

La exasperante tibieza de Torres, lo mucho que le costó a Chatruc meterse en el encuentro y la poca participación de los dos delanteros dejaron a Racing muy descosido entre sus líneas. Hubo largos pasajes en los que el puntero no se hacía notar ni con llegadas ni con remates al arco. Quizá porque el corazón nunca deja de hervirle, Bastía fue más allá de su contribución habitual –marca, cobertura a los costados, nervio competitivo– y a los 33 minutos, tras un doble quite, lo dejó solo a Estévez, que definió con la timidez que venía mostrando: al cuerpo del arquero.

Banfield no pudo disimular que su andar más armonioso carecía de conclusión picante; su límite fue el área de Racing, donde no pesaron ni la veteranía de Lujambio ni la juventud de Bueno.

Las variantes que introdujo Merlo (Maceratesi y Viveros) no sacaron a Racing de su fútbol plano y espeso. Claro que Banfield se retrasó y apostó por el contraataque (Campagnuolo tapó una entrada franca de Cervera). Y el hecho de empujar sobre un rival replegado siempre deja alguna ocasión abierta, aun en medio del tumulto, de una excesiva tendencia a buscar siempre por la derecha (Bedoya no se proyectó nunca por el otro sector) y de la repetición del centro como fórmula.

Así no se movió el 0-0, que dejó preocupación como se advirtió en las palabras posteriores de Merlo. Por algo abandonó el credo de la mesura para comprometer a los suyos con la grandeza ayer ausente.

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