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YOKOHAMA, Japón.– La felicidad fue para el que jugó con más alegría. El baile triunfal quedó para el que dio los mejores pasos en la cancha. El trofeo lo levantó el equipo que transmitió una superioridad incontestable. Los goles volvieron al hombre que ya no se siente prisionero de su rodilla. La magia fue propiedad de los prestidigitadores más reconocidos. La gloria acampa nuevamente en el lugar que más conoce. El fútbol puede ser así de lógico, de lineal y de disfrutable cuando Brasil se convierte en lo que suele ser a menudo: un equipo irresistible, un conjunto que desborda a cualquier rival por condiciones y presencia. Un seleccionado que cuando empieza a sentirse campeón completa la obra sin concesiones, dando lo mejor de sí y aprovechando todo lo que los adversarios le dejan en el camino.
El pentacampeonato, esa quimera para el resto del planeta, llegó adornado de números insuperables y con un Ronaldo que se transformó en el gran personaje del Mundial, en la figura que debe tener todo campeonato. Cada cosa positiva que hace Ronaldo se mide por lo que vale en el presente y porque clausura un pasado suyo cargado de dudas y angustias por las lesiones, a punto tal que estuvo en un tris de ser un ex jugador con toda una carrera por delante.
Sus dos goles de ayer, que estiraron su cuenta personal a ocho –más de un tanto por partido de promedio–, hablan mucho de otro componente esencial en este Brasil arrasador: la clase individual.
Mucho se dijo y se especuló sobre la recuperación de Ronaldo y su estado actual; quienes lo dirigieron y jugaron con él coinciden en que no conserva la potencia de antes y de que está en un 70 u 80 por ciento de su mejor versión.
Si esto es estrictamente así, no hace más que exaltar la categoría de Ronaldo, que sigue haciendo diferencia en un fútbol en el que supuestamente la condición física es esencial, en el que nadie puede dar un gramo de ventaja en lo atlético. Lo de Ronaldo viene a confirmar que la calidad se mantiene a la cabeza de los factores desequilibrantes. Para atestiguarlo está a mano Alemania, cuyo tesón, energía y fuerza se desbarrancaron cuando Brasil les dio vuelo a las individualidades.
Fue una final bastante diáfana y previsible en cuanto a lo que se podía esperar de uno y otro equipo. Brasil tenía el favoritismo por su fútbol y Alemania la obstinación de un estilo áspero y vertical.
Lo único que se salió de libreto fue el control de la pelota que ejercieron los germanos en el arranque. La movieron sin caer en la tentación del pelotazo y con la imaginación de Schneider y Neuville, los únicos capaces de sacarse una marca de encima con una gambeta. Pero Lucio y Edmilson, impasables por arriba y por abajo, desanimaron las intenciones europeas.
Brasil parecía displicente, con esa suficiencia del que sabe que el partido acabará siendo suyo. Y le regaló el balón a una Alemania que no disimuló sus limitaciones en los últimos 25 metros, pero se reservó la demostración de poderío ofensivo al crearle cinco situaciones en el primer tiempo (tres en los pies de Ronaldo –dos veces tapó Kahn– y dos en los de Kleberson).
Intrascendente Rivaldo –luego levantó–, Ronaldinho creaba y habilitaba. Sobre la derecha, Kleberson salía de su bajo perfil con despliegue y sorpresa para aparecer en el ataque. Marcos volvía a ser una garantía al desviar un tiro libre de Neuville, mientras que Kahn se empezaba a bajar del pedestal al que había subido en los seis encuentros anteriores. Así como el fútbol fue benévolo con Ronaldo, desató su crueldad con Kahn, que de ser el gran arquero del Mundial se convirtió en el primer facilitador del triunfo brasileño.
El remate de Rivaldo –sus tiros tienen algo de venenoso, porque el turco Rüstü, otro notable guardavallas, tampoco pudo retenerlo– parecía controlable. Kahn apeló al manual: puso el cuerpo detrás de las manos, pero el tiro le rebotó y Ronaldo apareció para tocar al gol.
Brasil pasó a dominar desde lo psicológico. Y ya se sabe que si a Alemania se la quiebra mentalmente, poco más le queda. Un Brasil seguro y agrandado puede regalar un gol como el segundo, notable por precisión y por dos movimientos distractivos –Cafú para llevarse la marca de Ramelow, y Rivaldo, al dejar pasar la pelota entre las piernas, la de Linke– para que el centro de Kleberson tuviera la impecable definición de Ronaldo.
En cuanto a autoridad y convencimiento, Brasil ganó a lo grande . Se trataba del primer Mundial organizado fuera de Europa y de América. Del Mundial que inauguró el siglo XXI. Del Mundial que iba a desempatar la paridad de títulos (ocho europeos y otros tantos sudamericanos). Para grandes empresas de este tipo, nadie más confiable que Brasil, hecho a medida para ganar como lo hace históricamente y para gustar más que ningún otro en Oriente.


