Racing: de los nervios de punta al estallido final

Por Andrés Prestileo De la Redacción de LA NACION
(0)
17 de diciembre de 2001  

No hay hinchada que conozca más que la de Racing esto de vivir entre extremos emocionales. De entregar la más desbordante muestra de pasión, su gente puede pasar, súbitamente, a la angustia ilimitada. Y continuar en ese vaivén en forma indefinida hasta el estallido final, el desahogo colectivo que ya les deja como costumbre este Apertura, a cuenta de la fiesta completa que se sigue haciendo esperar.

En la olla a presión que ayer fue el Cilindro de Avellaneda se respiró el aire ansioso propio de las grandes vigilias, se agitaron los corazones calientes de hinchas que gozaron, sufrieron y volvieron a gozar al final de la tarde. Más de cuarenta mil fueron las almas que tapizaron las cuatro tribunas, en otro capítulo de la peregrinación de fieles hacia ese objeto del deseo, el título. El éxtasis que imaginan y que ya parece estar al alcance de la mano.

Era cuestión de arrojar allí adentro pequeñas bombas emotivas y ver cómo esa masa visceral las procesaba con los ingredientes que conoce: incertidumbre, temor, euforia... Vivió con la mirada puesta en lo que pasaba en el césped y con los oídos atentos a lo que llegaba desde Caballito, y esa dualidad de expectativas le disparó mil sacudones, de punta a punta de la tarde.

Se preparó todo como siempre. Se recibió al plantel, que llegó al estadio a las 15.40, con todas las muestras de devoción y apoyo imaginables. A esa hora, por ese playón, que también fue escenario de algunos desmanes deambularon personajes de la ficción mezclados entre los de la realidad: con atavío en versión racinguista aparecieron por allí el rey mago Baltasar, Batman, el Hombre Araña.... Era cuestión de inyectarle a la espera un toque del realismo mágico que parece encontrar entre la gente de Racing a sus más cabales personajes.

Ellos ya se animan- permiso de Merlo de por medio- a incluir la palabra "campeón" en los cantos, los gritos y las banderas. Salvo los más cautos, como el que colocó en lo alto del estadio una bandera con el dibujo del DT y sus cuernitos, y la leyenda "Paso a paso nos hiciste camp...".

Comenzó a correr la pelota, empezaron a acelerarse los latidos y todo quedó servido para los que quisieron testear la capacidad de la gente para sufrir sofocones. Como lo hizo el que tradujo como gol un avance peligroso de Argentinos. Ocurrió lo previsible: en la marea de sentimientos y gritos nadie quiso corroborar el dato. Todos lo tomaron por fidedigno. La emoción hizo el resto y el alarido se propagó, cuando apenas empezaba el partido. Falsa alarma.

Tanto fuego necesitaba mucha agua para apagarse. Quizá por eso los bomberos bañaron una y otra vez los torsos desnudos apiñados en las populares, especialmente la... ¿visitante? La que da a la calle Colón, hay que decir, porque ayer, salvo el pequeño sector en el que se ubicaron unos 500 simpatizantes de Lanús, todo el estadio fue patrimonio de los hinchas de Racing.

El gol de Maceratesi, uno de los grandes estampidos de la tarde, alivió a los más temerosos y relajó los corazones. Los aceleró el empate de Argentinos y por un rato la fiesta pareció definitiva. Pero después River volvió a mandar el mensaje indeseado y los nervios se pusieron de punta, para los que miraban y para los que jugaban. Fue la hora de la impaciencia, de las quejas que no perdonaron ni a niños mimados como Bastía o Estévez: un pase malo, un leve error y el fastidio se hacía reproche inmediato. ¿Quién los iba a convencer de que el tibio Lanús no podía poner en peligro la victoria ni jugando hasta la medianoche? En la desesperación se buscó ahuyentar los fantasmas con silbidos cuando la pelota la tenían los de enfrente.

Por eso después de tanto sufrimiento llegó el desahogo, la descarga, cuando la amenaza granate se disolvió en sí misma y llegó el gol de Chatruc. Sólo entonces se instaló la seguridad de que nada estropearía la tarde. Otra vez fue hora de bailar y de cantar. Y de soñar con un atardecer de gloria en Liniers.

Campeón por 50 minutos

Eran las 17.52 y el gol de Yaqué para Argentinos ante River, en Caballito, se festejaba como propio entre los hinchas de Racing: ese tanto convertía provisionalmente a la Academia en el campeón del Apertura. El título estuvo en las manos de Racing durante unos 50 minutos, hasta que River se puso 2-1.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Deportes

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.