River dio para todo: debió ganar, pudo perder y empató al final

Fue superior a Gimnasia y le creó numerosas situaciones de gol, pero chocó contra Olave y su falta de puntería; el Lobo desniveló con un tanto de Germán Castillo a seis minutos del epílogo; cuatro después igualó Maxi López
Claudio Mauri
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26 de abril de 2004  

A medida que fue resignando cordura y serenidad para definirlo, el partido se hizo cada vez más esquizofrénico para River. Tuvo un excedente de situaciones de gol y de coraje como para ganarle a Gimnasia y al rival siguiente, pero se quedó maldiciendo su falta de puntería para encontrar un rincón del arco que no fuera tapado por el ubicuo e inmenso Olave o por un rechazo providencial de algún defensor. River, en un momento inoportuno del campeonato, se quedó sin su principal virtud y herramienta: el gol. Y cuando lo encontró apenas le sirvió para evitar una derrota increíble y llegar a un mísero empate, que no le alcanzó como consuelo.

El encuentro que River no supo ni pudo ganar por méritos propios, casi lo pierde por desesperación, de puro impotente. La tarde adversa del equipo de Astrada estuvo a un tris de ser definitivamente aciaga y condenatoria con ese contraataque que acertó Germán Castillo a seis minutos del final. Pero ese destino que le daba la espalda pareció apiadarse luego de que el rebote de la enésima tapada de Olave –esta vez frente a Cavenaghi– le quedase a Maxi López para empujarla al gol.

Fue un partido de mucho desgaste para River. Así se lo exigió Gimnasia, cuya postura defensiva y cautelosa pasó por diferentes fases. En el primer tiempo achicó espacios en su campo, pero más cerca del círculo central que de su arco; al menos no se dejaba arrinconar. Cuando River lo sometió a un asedio constante en los primeros 20 minutos de la segunda etapa, se amotinó en su área y aguantó con más padecimientos y angustia que con sólidos recursos, excepto Olave. Hubo momentos en los que el arquero tenía hasta a nueve compañeros a pocos metros delante de él. Daba la impresión de que hasta los suplentes del Lobo estaban metidos en el área.

River interpretó bien lo que demandaba el partido: ante un adversario que se cerraba y era tenaz en la marca, intentó darle vivacidad a la circulación de la pelota y no tuvo hombres estáticos. Lo mejor de su propuesta pasó por Mascherano, de gran segundo tiempo para cortar, ser la salida con el primer pase o encarar al corazón de la defensa platense. Lucho González tuvo apariciones de notable calidad para clarificar una jugada con una habilitación o asociarse al circuito ofensivo; fue uno de los damnificados del arco cerrado con un remate que devolvió el travesaño. Montenegro, que no posee las condiciones naturales de un conductor, compensaba con el cambio de ritmo en los últimos 30 metros. Las imperfecciones de River eran visibles en las dificultades de Nasuti y Rojas para asegurar una salida limpia y en las proyecciones de Garcé y Fernández, más insinuantes que sustanciales.

Gimnasia, cuando aisladamente dejaba su libreto conservador, trataba de llevar peligro con pelotazos cruzados o el juego aéreo. El dominio de River en el primer período, con cuatro situaciones favorables, derivó en aluvión en el comienzo de la etapa final. Olave fue mitad elástico y mitad pulpo para tapar varios remates; cuando él no alcanzó, Olveira rechazó una pelota sobre la línea.

El cansancio empezó a pasar factura en River y Gimnasia se asomó con un par de contraataques que progresaron sobre los espacios libres. Germán Castillo tomó un rebote y parecía ponerle el epitafio a la funesta jornada local. River se despeñaba por el abismo de la injusticia. El empate, que se insinuaba imposible por el rumbo que tomaron los acontecimientos, reparó en parte los daños en un River que terminó a lo loco.

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